Sunday, August 3, 2014

David Viñas en cinco claves


David Viñas, además de intelectual comprometido a la manera sartreana y autor de una obra que abarca narrativa y crítica literaria, fue un invertor de gestos. Para ello diseminó a lo largo de su obra una serie de figuras: codeo, ademán, serie, sudor, cuerpo, mancha. Viñas, al decir de Flusser, pensaba a partir de estos gestos. Su capacidad para leer microscópicamente también lo acercaba a la gestualidad de Morelli. Leer es una forma de devolver en secreto.

Literatura y Realidad Política (Jorge Álvarez, 1964) es prueba de esa forma, si bien sus modelos fueron Lucian Goldmann, y según me contó personalmente German García, los ensayos de imaginación de Gastón Bachelard. Viñas es más que un autor, por lo que su obra se abre para nosotros a la manera de una máquina, en el sentido que Ludmer habla de la máquina del siglo XIX en donde lectura y pensamiento van zanjando los modos de imaginar la Historia, e inscribiendo los síntomas que allí donde aparecen. La pregunta por Viñas, entonces no se ubica en el horizonte de la pregunta por la obra del autor, sino por una infrapolitica constitutiva de los modos de la lectura y la política de la mirada. Su mayor empresa inédita - que lleva de título Lucio V. Mansilla: entre Rosa y París - más que el cierre de un proyecto crítico, vendría a elaborar la una impolítica de la literatura, esto es, la apertura de la institución de la literatura como potencia que actúa. Si me preguntaran sobre varias claves de los efectos de la lectura viñesca estas serían.

I. Dieu caché- Indios Ejercito y Frontera es un libro excepcional en más de un sentido. Es la escritura del documento de la barbarie en tiempos atravesados por la barbarie; es también un comentario sobre el presente a partir de la imagen dialéctica del pasado tan solo accesible en el ahora de la apariencia. Es un tratado sobre "los principios": el principio del Estado, de la soberanía, de la territorialidad como segmento y propiedad, el principio del principio de lo político como destrucción. 

Pero ese principio no puede ser nombrado ni territorializado en un sentido de la narativizacion de la historia. De ahí que se cita el Dieu Cache de Lucien Goldmann como clave de lectura. Indios Ejercito y Frontera es un tratado sobre la soberanía de la misma manera en que la "gauchesca" es un tratado sobre la patria. Indios Ejercito y Frontera no es el dios cotidiano de quien ha perdido la fe, sino el Dios secularizado que consta de su fuerza en el estado de excepción y que encuentra en la forma del derecho su continuación como golpe de Estado. La extensión territorial, la marca sobre los cuerpos, la iconografía de Roca (en la pintura de Blanes hay algo de medievalista de Kantorowicz) sobre el desierto es la trinidad del origen de la fuerza militar del Estado latinoamericano: no aquella que aparece bajo el signo de la expansión del capital sin límites, sino la de un gobierno que encuentra legitimidad en la destrucción del otro como acto de gracia (Alberdi había sintetizado: "gobernar es poblar"). 

Como Arguedas y Rulfo, Da Cunha y Roa Bastos, Revueltas o Melville; Viñas es un escritor territorial. Su escritura se mueve en territorios, piensa a traves de cuerpos en el espacio. Y la soberanía es, ante todo, ocupación y usurpación de la tierra. Indios es un archivo de cómo hemos devenido en tierra de ocupación, así como en tierra de nadie. La textura postcolonial radica en el principio de la soberanía sobre la materia y el espacio. Todo Viñas es la imaginación de un materialismo que pueda desterritorializar y hacer sensible estar primera enorme violación sobre la tierra.

II. Gestos- Desde Los dueños en la tierra hasta Tartabul, la imaginación de Viñas se ocupa de asumir la fuerza del gesto allí donde coincide con el cuerpo. El cuerpo venido a menos, a resto, a finitud, a humillación. Como Arlt, para quien la humillación es el efecto necesario de la subjetivización de la división del trabajo del capital, Viñas toma la pregunta arltiana por el humillado y la transforma en la resistencia de lo corpóreo. 

"Escribo para resistir el ser humillado" - escribía en una de las famosas tapas de Las malas costumbres. Los gestos en la prosa de Viñas aparecen en el representación, sino en el exceso de la materialidad de la palabra, en el momento en que estos se corporeizan y caen en la dimensión de lo sensible. De ahí las sensaciones de la escritura de Viñas - sudor, un cuerpo en un baño, un rostro sangriento, la respiración - como huellas del acontecimiento  como tachadura. En "Sábado de Gloria en la capital (socialista) de América Latina", Viñas entiende que toda revolución es siempre un devenir del cuerpo. Más allá de las palabras encontramos la imaginación transformada en gesto. De ahí que los personajes en Viñas no hablen, sino hagan gestos ("La señora muerta", "El jefe", Lisandro, Tartabul). Solo así se es que se inscribe Viñas en la política: sus imágenes arrastran el poder de signar allí donde el lengua encontraría un limite. El gran gesto de humillación: la violencia. Clave con la cual Viñas leyó el arche (principio y mando) literario en el El Matadero. Formalmente Viñas descubría el problema de la infrapolitica literaria: la violencia es a la literatura, lo que la excepción es a la política.  

III. Equivalencias - Viñas es un pensador equivalencial. Todas sus arsenal de conceptos apuntan hacia esa armadura: la serie, la mancha temática, el 'entre', o la terrible sentencia de Indios Ejército y Frontera: los indios son los desaparecidos del siglo XIX. Viñas solo ve entidades equivalentes en una temporalidad de la diferencia. Su pensamiento surge de la equivalencia como oposición. Fue en esa clave que leyó a Borges/Perón, como el monstruo bicéfalo de la hegemonía de lo nacional-popular. Indios Ejercito Frontera es su escritura de la historia que, en su intento de subalternizacion, termina por encarnar eso que Gayatri Spivak llamó el esencialismo estratégico. No era que Viñas aun estuviera en una matriz humanista del crítico (existencialista o no), sino que las condiciones de posibilidad de sus lecturas irreduciblemente no dejan de pensar la diferencia más allá de la lógica de la equivalencial en el tiempo de la Historia. Viñas ciertamente no es Laclau - refutó el peronismo, con más pasión con que refutaba la oligarquía - pero compartía con el autor de Hegemonía y estrategia socialista la opción por el cálculo, por el cierre perfecto, por la elipsis. 

La literatura sería lo opuesto de esta órbita: la ruina de la lógica de la equivalencia, el fin del determinismo histórico, constantes mutaciones. La equivalencia encontraba su fin en el principio de la literatura como traición y redistribución desigual de la sustancia de la imaginación.

IV. Mansilla - De Literatura y Realidad Política (1964) a su póstumo Mansilla: entre Rosas y Paris (Santiago Arcos, 2015?), el sello infrapolitico en Viñas es la figura de Mansilla. Lo que Baudelaire fue para Benjamin desde la década del veinte, Mansilla es para Viñas durante más de medio siglo. Dandy, militar, viajero, burgués aburrido, hombre de letras, sobrino de Rosas. Mansilla abre en Viñas lo que en otra parte hemos conceptualizado como la subalternizacion del poder: el abismo de la literatura en su propio pliegue interno. Si bien comienza por simbolizar un tipo de literatura del poder, ya en Indios Ejercito y Frontera, Mansilla es la figura trágica (eso que Schmitt llamó la gestalt al referirse a Holderlin en Glossarium) de la mediación entre literatura y política. Mansilla no es un personaje de carne y hueso; es además el puente quemado de toda politización calculada de lo literario. Mansilla es el traidor, y quien mejor entiende al subalterno en el momento en que se somete a la intraducibilidad, disolviendo la hegemonía de la letra sobre la oralidad. Mansilla trabaja los límites desde la literatura sin la renuncia a ella. Es por esto que Mansilla es la figuración de Walsh en un espejo. Y como en la fotografía donde Mansilla se reproduce ante tres espejos, el autor de Excursión a los indios ranqueles tampoco es uno sino muchos. El traidor es quien le devuelve a la política su carácter olvidado de la tragedia sobre la línea misma del nihilismo. 

Por eso al lado de Mansilla están Lisandro de la Torre, Tupac Amaru, y Dorrego, tres personajes del nuevo teatro materialista de Viñas. Este materialismo no se define por una concepción vulgar de la dialéctica predicada en las relaciones laborales o en el registro de la contradicción de la Historia, sino sobre la carnosidad de aquellos que han podido renunciar a lo que han sido. Si Tartabul es el "último argentino del siglo", Mansilla es el último nietzscheano de un pensamiento trágico sobre el borde de la Historia.

V. Nombres propios - Viñas no llegó a teorizar hasta sus ultimas consecuencias la función de hombre, sin embargo su obra es ilegible si no nos hacemos cargo del peso del nombre sobre la carne y los cuerpos. Ese fue el intento de Tartabul, desde donde se multiplican los nombres de la historia y se vocalizan sus tragedias. Los nombres en Viñas aparecen en pleno estado de suspensión, entre X y Y, a saber, como instante de la captura de las palabras y como síntoma de una situación. Viñas no imagina el poder sin nombre, porque la autoridad (arche) se establece en el momento en el acto de nombrar. Ahí fijamos un destino y una teoría de la signatura literaria como soberanía de la ficción. 

Todo tiene nombre propio menos Tartabul, quien encarna, como en la memoria panteistica de Spinoza, todos los nombres de la Naturaleza y todos los que serán.



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Gerardo Muñoz
Julio de 2014

Filadelfia, PN.

Tuesday, October 22, 2013

Viñas y la escritura del eva-peronismo



La relación de David Viñas con Eva Perón pudiéramos situarla bajo una serie de desencuentros y tensiones a partir de una escritura que articuló un espacio intermedio entre el “anti-peronismo” humanista de los intelectuales agrupados bajo la revista Sur, y de las posiciones intelectuales del populismo peronista. Leído desde Contorno, el vínculo entre Viñas y el Peronismo pudiera entenderse como una simple repetición de una programática definición ideológico-literaria de la nueva izquierda, bajo el lema que siempre repitió: "gorila no, contrera". Pero también es cierto que leído desde el interior de su obra, el peronismo para Viñas significó, si bien un límite en el imaginario de la radicalización política nacional, una zona de fascinación que atraviesa buena parte de sus “manchas temáticas” y estrategias literarias.

Frente al Yrigoyenismo de Viñas, el peronismo representaba, parafraseando a Marx, una especie de repetición de aquella primera instancia en clave de farsa. En la medida que se establece esta operación, la escritura de Viñas sobre el peronismo se ubica en una larga serie de textos que codifican, actualizan, y reapropian el negativamente el peronismo, y en particular la figura de Eva Perón.


Como lo han estudiado Andrés Avellaneda en su clásico El habla de la ideología (1983), el anti-peronismo en lugar expresar su crítica de manera explícita o referencial en el interior de la narración, tuvo que construir códigos negativos, articular hipérboles, e instalar modos del habla que pudieran generar modelos de lectura ante un público lector que luego del golpe militar de la Revolución Libertadora fue proscrito a enunciar el nombre de “Perón”. La literatura peronista y anti-peronista se definía, entonces, a partir de esa “falta” en el sistema de estructuración de los códigos literarios y políticos.


Integrado al discurso y a las formas literarias mismas, una de las estrategias de esta construcción literaria pasa por la figura de Eva Perón, cuya vacuidad o fisura logra organizar el relato a partir de su doble suplemento entre una ausencia que, por el propio efecto de vacío, hace posible la re-imaginación fantasmática de un peronismo en la construcción de ciertas poéticas. John Kraniauskas ha llamado la atención sobre el hecho que el efecto “eva-peronista” de lo literario no es meramente una construcción a posteriori en el plano de la producción cultural, sino que es posible gracias a la figura misma que ya se constituía como suplemento melodramático de la política populista [1]. El “eva-peronismo” en  tanto lógica suplementaria funcionaba como compensación de un origen-dual. Como ha ntoado Beatriz Sarlo en La pasión y la excepción, la "falta" de Eva para ser buena actriz en el mundo del espectáculo, lo traduce como "exceso" en el mundo de la política. Esa compensación es lo que define el fetichismo eva-peronista. En cambio, en tanto fetiche sublime de la narración, el eva-peronismo se disemina como una estrategia literaria misma que puede generar efectos disímiles: la irrealidad o el espectáculo (Borges o Martínez Estrada), la imposibilidad del nombre (Walsh, Viñas), o porno-delirios (en los casos de Perlongher, Copi, o luego Lamborghini).


Viñas repitió en varios lugares y momentos que su primer contacto con el eva-peronismo fue cuando, de muy joven, se le asignó recoger el voto de la propia Eva en el policlínico de Lanus. Aquella memoria, que opera también como un “emblema” de la relación intelectual-peronismo, es descrita como escena litúrgica que continua el tópico de la escenificación eva-peronista como espectáculo de una historia que ha pasado de la referencialidad de un evento a ser uno de los topos de la literatura nacional. Bajo el seudónimo de Antonio J. Cairo, y publicado en el conocido número de Les Temps Modernes. Argentine entre populisme et militarisme, Viñas recogía aquel momento en forma cuasi-fotográfico:


« Alrededor de su cama y de su habitación había una especie de friso compuesto por todos los altos dignatarios del peronismo oficial; muy graves, como de cera. Afuera, cuando salimos por los jardines del hospital para transportar la urna que contenía el voto de Eva Perón avanzábamos –como en una suerte de travelling– en medio de una multitud de mujeres, bajo la lluvia, arrodilladas en el piso, los brazos extendidos para tratar de tocar la urna ».[2]


En otra remembranza de aquel momento de juventud, Viñas incluso agrega que aquella escena "parecía un friso de alguna película de Eisenstein, esas mujeres dibujaban alguna escena del viejo Tolstoi". La escenificación de Viñas, sin embargo, difiere en sus contenidos de las codificaciones del peronismo por parte de escritores como Borges, Wilcock, o Lamborghini. Si para aquellos el exceso producía una carnavalización en el orden de la realidad, la escena que construye Viñas sobre Eva puede leerse tanto como liturgia religiosa, así como momento del duelo que, en lugar de subvertir de la realidad, la esclarece, la convierte en « evento  narratológico » y la traduce en un realismo afectivo, entre la objetividad fenomenológica y materialidad de los cuerpos. El « flash » eva-peronista de Viñas estaría más cerca de una noción benjaminiana de la interrupción del devenir de la Historia, que de un relato que asume que esa « historicidad » que la signa a través de un espejismo irreal o ilusorio. El eva-peronismo dentro del universo politico de Viñas no es propiamente la carnavalización, sino la propia de una « reconocibilidad » de un presente histórico (quizás es ahí donde el realismo y la Historia convergen desde sus respectivos registros).


El relato «La señora muerta » (Las Malas Costumbres, 1963), cuya periodización se ubica entre de « El simulacro » (1956) de Borges y « Esa Mujer » (1966) de Rodolfo Walsh, se instala en esta serie de inscripciones anti-peronistas pero encierra también un momento de opacidad dentro de la propia serie a partir del quiebre que ocurre hacia el final del relato. Si al comienzo del cuento, pareciera que la narración nos conduce hacia la perversión del « levante » de Moure quien asiste a una procesión del cadáver embalsamado con intenciones muy claras, el final del relato dialectiza lo que pudiéramos llamar una lógica « afectiva  del nombre », como efecto del peronismo en el interior de las masas populares. Al igual que los relatos de Borges o Walsh, el relato de Viñas se construye a partir de un nombre propio que codifica y sostiene la “trama” del relato. En este sentido, la literatura repite la estructura de la política populista, entendida como vacío capaz de operar en el tejido de lo simbólico. La potencia del no-nombrar articula de esta manera no solo el deseo, sino las relaciones afectivas mismas entre los personajes que esperan en la cola para ver el cadáver. El pacto simbólico entre Moure y “esa mujer” constituye no solo el mundo de la narración, sino la posibilidad misma de una relación afectiva o amorosa.


De ahí que el final aparezca como una fisura que desplaza el cadáver como lugar central del afecto, y cuya explicitación se hace igualmente desde la negatividad, es decir, desde la injuria. Ese momento de la “negación de la negación” – el no poder decir Eva y negarla a través de un epíteto – constituye el segundo grado del quiebre. El momento en que Moure emite: « Es demasiado por la yegua esa! » luego de que el taxi encontrara que todos los moteles de la ciudad se encuentran cerrados (justamente por el velorio de Eva Perón), trastoca y fisura el pacto simbólico de “levante”, produciendo agujeros en el sujeto atravesado por los afectos. Si « Esa mujer » en el relato de Walsh es la fijación del deseo como fantasma, en Viñas es el afecto en tanto fidelidad momento de desequilibrio y cierre del relato: « Ah, no…Eso sí que no – murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta -. Eso sí que se lo permito – y se bajó ».


José Pablo Feinmann ha argumentado que es en ese momento de intercambio – entre ofensa y negación, entre irrupción del pacto y figura de adoración – donde Viñas logra capturar el momento de la fidelidad popular del eva-peronismo. Se podría agregar también que la ofensa más allá de quebrar un pacto tácito sobre la figura de Eva, agencia a « esa mujer » sin el supuesto de una pureza militante o ideológica. En otras palabras, la mujer se pudiera haber acostado con Moure si tan solo se hubiese mantenido la complicidad del nombre. La enunciación del nombre, incluso en su registro antipopular (« la yegua »), desde la negatividad, desactiva no solo el pacto, sino el consenso en tanto deseo se trazaba desde un inicio entre ambos personajes. Por eso la tesis de “La señora muerta” como reproducción del eva-peronismo como metáfora del prostíbulo no se sostiene en ese final. Así, Eva Perón ha pasado de entenderse como elemento central de la constelación política del peronismo, como entelequia personalista, para encarnar una subjetividad, un cuerpo, una mediación de afecto que escapa el lugar del consenso ficcional de la hegemonía. Viñas no rompe con la escritura del eva-peronismo,  pero si muestra la negatividad de su fisura, situando en el centro de su relato una contradicción elemental: por una parte la figura de Eva Perón es la condición de posibilidad de la narración, mientras que por otra, deshace el referente del « cuerpo simbólico » del líder y elabora de esta manera una teoría de la política populista a nivel de afectos en la relación entre sus sujetos.  


Otra intervención con el eva-peronismo por parte de Viñas ocurre durante la década de los sesenta, cuando el autor de Los dueños de la tierra intentó esbozar una biografía política de Eva Perón que nunca llegó a realizarse – en parte por la publicación de Eva Perón : ¿aventurera o militante ? (1966) de Juan José Sebreli – pero cuyas tesis preliminares podemos leer en « 14 hipótesis de trabajo en torno a Eva Perón », publicadas en el periódico uruguayo Marcha un año antes, que rápidamente dio lugar a una breve polémica con algunos periodistas de la CGT, entre los estaban incluidos un joven Osvaldo Lamborghini. Si en el relato « La señora muerta » Viñas construye un mundo mediado por el afecto desde abajo o “infrapolítico”, en la prosa política de las « 14 hipótesis », la posición de una izquierda crítica del populismo, tomaría la figura de Eva como lugar límite del proceso de radicalización, y como signo de una “revolución inconclusa”.


Viñas, en este sentido repite, las antinomias entre populismo e izquierda de los sesenta, estudiadas por Oscar Terán en Nuestros Años Sesenta. Es solo en aquel relato sobre Eva, donde Viñas pareciera también responder a sus hipótesis biográficas, las cuales aún condensaban el fuerte referente del personaje político sin entender las diseminaciones afectivas de un afterlive nacional-popular:


« Así es como si en el marco de ese proceso Eva Duarte de Perón contribuyó a que los obreros asumieran su descamisitud, en ningún momento propuso  que disolvieran ese valor tradicionalmente negativo en una categoría superior. Es decir, si contribuyó a asimilaron como descamisados, no propuse que se convirtieran en proletarios… […] Nada tiene de raro, pues, que lo más positivo del peronismo sea su negatividad: el haber dicho « no » a muchos valores de la oligarquía a ciertas pautas tradiciones. Pero sin superarlos ni proponer otros. De ahí que el peronismo resulte hoy una revolución inconclusa y Eva Duarte su símbolo más visible » (« 14 hipótesis de trabajo en torno a Eva Perón », 1965).





Notas



1. Tiempos Modernos. Argentina entre populismo y militarismo. Buenos Aires: Ediciones Biblioteca Nacional, 2011.


2. John Kraniauskas. “Porno-Revolution: El fiord and the eva-peronist state”. Angelaki, Vol.6, 2001.



3. David Viñas. “14 Hipótesis de trabajo en torno a Eva Perón”. El rio sin orillas, No.5, Octubre 2011.




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Gerardo Muñoz
Octubre de 2013
Princeton, NJ.

Tuesday, October 8, 2013

Operación Masacre en traducción



Tan solo el mes pasado acaba de ser publicado por primera vez al inglés, el clásico Operación Masacre (1957) de Rodolfo Walsh, en excelente traducción de Daniela Gitlin para la editorial neoyorquina Seven Stories. Resulta alarmante, y a la vez no deja de sorprender que un libro usualmente considerado como fundacional del género de la non-fiction, adelantándose a las escrituras de Truman Capote o Norman Mailer, aparezca en los Estados Unidos luego de más de cuatro décadas. Aunque la traducción y la edición ha sido elogiada tanto en las publicaciones argentinas (Revista Ñ), o Los Angeles Review of Books, lo cierto es que la traducción se debe más a un trabajo de pasión individual que a un proyecto concreto de introducir de una manera programática la escritura de Walsh a la audiencia lectora norteamericana.(No tenemos noticias que otro Walsh vuelva a ser traducido en los Estados Unidos).

Los que asistimos hace unos días a la charla de la joven traductora Daniela Gitlin y el profesor Michael Wood, escuchamos atentos a la azarosa circunstancia en que fue traducido el libro por una joven brillante ex-estudiante de escritura de la Universidad de Columbia quien, luego de recibir un ejemplar del libro de Walsh como talismán de manos de uno de sus amigos, termina siendo la traducción que acotamos. Menos apegada a la politización de la figura del escritor militante que encierra el imaginario de Walsh en la Argentina de esta década kirchnerista, en los Estados Unidos se presenta al autor de Operación Masacre como uno de los pioneros del género policial, así como uno de los artífices del non-fiction.

Mientras que en la Argentina, la figura de Walsh ha sido reivindicada como uno de los íconos centrales de la militancia letrada de los años setenta, en Estados Unidos esa lectura política de la última época del escritor queda relegada a un momento de mayor levedad, condensando un aura fundacional de un tipo de escritor que encuentra una forma de narrar bajo condiciones puramente contingentes. Sin embargo, la edición de Operación Masacre, curiosamente incluye una traducción de la « Carta Abierta  a la Junta Militar », con lo que se pretende establecer un arco entre el momento fundacional de lo político en Walsh y la radicalización última de un escritor que llega a firmar con su propio nombre una valiente carta contra la dictadura militar.

Operación Masacre, en efecto, podría leerse tanto como la construcción del origen de todo escritor que, en la escritura de Walsh, pasa del anti-peronismo a la lucha armada de Montoneros, del ejercicio del letrado burgues al militante en armas. Aunque Operación Masacre no es propiamente el « testimonio » de una conversión política, es algo así como como la puesta en escena en donde un evento dramático, azaroso, y violento, descoloca el orden simbólico del escritor y lo lleva a pensar la escritura de otra forma. O más importante aún: un evento o forma que, al no ser premeditada por el escritor, justamente le permite a Walsh reescribir ese momento retroactivamente. En otras palabras, no estamos frente al canje inmediato de las letras por las armas, pero si ante un primer signo de lo que vendría luego.

Aunque como lo demuestran las primeras páginas del prólogo del libro, la masacre que le llega al escritor y jugador de ajedrez en un bar, es un tema que parece signar un destino que entrecruza vida y compromiso, formas de pensar la ficción frente a una realidad que fluye en lo concreto de la historia del presente. Hay un instante en que Walsh vacila entre volver a terminar un cuento policial o seguir jugando ajedrez, pero rápidamente interioriza que en la eventualidad de un momento de violencia se esconde la potencia misma de la ficción. Pensar y escribir sobre la violencia se transforma en el elemento que aparece como el desasosiego inicial en Operación Masacre y que continuará hasta sus informes periodistas una vez que ya pasa a la clandestinidad.

Según Michael Wood, sin embargo, Operación Masacre es un texto que va más allá de la ya casi impuesta etiqueta del non-fiction narrative, equivocadamente colocado como antecedente de una novela como In Cold Blood. Tomando como punto de partida una observación de Piglia en el epílogo que da cierre a la traducción, Wood sugirió que para Walsh no se trataba de explicitar la « realidad objetiva » de un acontecimiento, sino más bien de narrar la ficción dentro de una forma que tuviera la verosimilitud de un reporte del periodismo político no desatendido de las intrigas que ya aparecían en los relatos de Variaciones en Rojo.

En Walsh, al igual que en Borges, la escritura no es un reflejo de lo social, sino que lo social mismo pasa a estar contaminado por las fisuras, grafías, signos de una ficción que trama el poder. El poder de la escritura no es ficcionalizar aquello que acontece en lo social, sino más bien mostrar como la totalidad misma que opera como soporte se encuentra bajo las condiciones de ciertos relatos ficticios (eso que Piglia explicar
ía en lugares varios, como la "teoría del complot"). En ese sentido, el propósito de Operación Masacre no era propiamente literario ni periodístico, sino un juego de espejos entre la mediación misma de ambos género: un umbral imposible que compensaba una la equivalencia entre la realidad y su representación.

Operación Masacre también se sostiene ante una proximidad con la ley: escribir en Walsh no es solo mantenerse en los límites de la autonomía de lo literario, sino generar efectos políticos concretos sobre la realidad. A diferencia de Kafka, para quien el "proceso" del derecho constituye una siniestra burocracia de orden litúrgico, Walsh escribe aun pensando en el de la esfera jurídica como instrumento racional de los hombres. El segundo grado de esta escritura, entonces, no solo se instancia dentro del mundo cerrado de la representación, sino desde una potencia de un imaginario-afuera; de querer unir, a la manera de la vanguardia, la ficción a lo real.

El libro de Walsh, como sabemos, no logró hacer « justicia » a los masacrados de 1956, ni llevar muy lejos un proceso judicial sobre las víctimas. (¿Y si se hubiese llevado a cabo un proceso, se podría decir que un proceso jurídico es compensatorio con la culpa o el duelo de éstas?). Sus efectos póstumos han sido meramente literarios y formales. Pero decir “forma” en literaria no es decir poco, si acaso entendemos una mediación integral con el campo de lo político en su transformación. La forma no como reflejo, sino como como nueva instancia de una totalidad que nunca es dada tal cual. En el gesto dialéctico mismo que se repliega formalmente la derrota de Walsh, que ha pasado a ser una victoria póstuma, en la cual la literatura ha podido estar más cercana que nunca de una realidad entendida como simbolización o como artificio.


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Gerardo Muñoz
Octubre de 2013
Princeton, NJ.

Wednesday, August 7, 2013

Laclau, kirchnerismo, e intelectuales


Los que hace unos días asistimos a la presentación del cuarto número de la revista Debates & Combates que dirige el filósofo Ernesto Laclau, pudimos percibir un cierto tono de la discusión intelectual argentina. Decimos un « cierto tono » y desde ya eso abre una franja para una explicación. Debates & Combates se presenta como una « revista teórica » pero en realidad es otra cosa. Podríamos definirla como un espacio de convergencia de peronistas y populistas, pero también como núcleo de lo que representa hoy el espacio de mayor radicalización del intelectual comprometido con el modelo kirchnerista. Esto abre fisuras en el interior mismo del campo intelectual argentino. Si tradicionalmente se ha leído al grupo Carta Abierta como “núcleo fuerte” del intelectual orgánico, con Debates y Combates se abre un tercer espacio que desplaza al grupo de González a un plano mucho más trenzado en distintos recuadros de la tradición nacional-popular.   

Debates & Combates discute desde dos registros: una jerga propia de los avances teóricos del populismo de Laclau, y por otro, desde una comitiva intelectual que, junto a Ricardo Forster que hoy ha devenido en intelectual-candidato del Frente Para la Victoria, asume una posición claramente verticalista en cuanto al kirchnerismo entendido bajo el signo del « cristinismo de Estado», parafraseando al latinoamericanista John Kraniauskas.

Uno pudiera decir que Carta Abierta ha sido y sigue siendo un grupo « orgánico » del kirchnerismo, sin embargo el contraste no pasa meramente por el lugar de la filiación. Tanto los lenguajes como los modos discursivos suelen ser distintos. Si para González y algunos otros de Carta Abierta, el kirchnerismo es una « palabra provisoria » para un frente político futuro, en Debates & Combates, el análisis del discurso teórico, sacado a pinceladas de Hegemonía y Estrategia Socialista, pone en práctica el binario de populismo sobre kirchnerismo como modo irresoluble y único de la condición política nacional. 

La única distancia de Laclau frente al kirchnerismo se da en momentos cuando - como es posible de constatar en varias de sus entrevistas en los últimos años - explica que el Kirchnerismo aún no ha logrado articular una identidad política propia que divida la sociedad en un frente de interpelaciones contra el poder. Bajo esa tesis mecanicista, Laclau acompaña el kirchnerismo con su presencia de Filósofo-Rey, más al estilo platónico de La República que del maquiavelismo de El Príncipe.

El contenido de la revista verifica esta impresión. Debates & Combates, a diferencia de Carta Abierta que aglutina singularidades intelectuales de distinta índole, es una revista abiertamente escrita sobre y desde Laclau. Los artículos teóricos, así como las reseñas de libros nuevos, son principalmente estudios sobre Laclau o incorporan las « enseñanzas del Maestro » como discurso único para el análisis del tema en cuestión. En la sección de entrevistas, también, es Ernesto Laclau quien ocupa el lugar del entrevistador a un personaje latinoamericano (en este último número al Presidente Rafael Correa, pero en la serie televisiva, Laclau estuvo a cargo de entrevistar a varios pensadores de la izquierda como Toni Negri, Etienne Balibar, o su propia esposa Chantal Mouffe). Monotemático y repetitivo, Debates & Combates, más que una revista de análisis de las contradicciones que atraviesan la compleja realidad latinoamericana, funciona como base operativa que tiene de un lado la teoría populista de Laclau y por otro, varios actores que se intentan acomodar dentro de esa rúbrica. Su objetivo no es "investigar", sino "comprobar". Recortar la realidad y solo luego pensar. Dificil recordar otro caso en donde el contenido de revista refleje tan claramente los signos y desos de su director.

Aunque si bien empleando un puñado de términos teóricos que seguramente son ajenos a muchos, Debates & Combates parece también funcionar, dentro de la constelación intelectual argentina, como una zona mucho más accesible que el intrincado lenguaje de Carta Abierta. En los últimos meses, en efecto, varios intelectuales y personalidades el mundo televisivo, han acusado al director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, de portar una prosa oscura y barroca. González, quien en su momento salió a enfrentar el relato en gestión de un "papado-peronista" defendido por el gobierno, discute desde una lengua que recoge no solo las tradiciones del nacionalismo-popular (Jauretche, Scalabrini Ortiz, Arregui), sino que también ha subrayado en varios momentos las importancia de una expansión de la tradición teórica y política hacia zonas del socialismo y las izquierdas continentales. 

La amplitud de ese proyecto se explicita en las reediciones que ha avanzado la editorial de la Biblioteca Nacional, o en el espacio cultural Museo de la Lengua que dirige Maria Pía López. Allí pareciera que la intelectualidad más sólida del kirchnerismo comienza a marchar a destiempo del robusto personalismo de Estado. Es decir, si el kirchnerismo hoy parece consolidarse exclusivamente sobre la figura de Cristina Kirchner sin horizonte hacia ningún candidato posible para las elecciones del 2015, los intelectuales de la Biblioteca han podido construir un espacio de mucha más complejidad y densidad en sus modos de intervención. De ahí que tal vez el impacto de Carta Abierta sea menor que lo que Debates & Combates pueda llegar a hacer en los próximos números.

El regreso de Laclau a la Argentina – como me han confirmado varios intelectuales y conocidos – no ha causado mayor transformación, aunque si pudieran leerse desplazamientos en el campo intelectual. Por una parte, el lugar de Carta Abierta, para bien o para mal, queda corrido hacia otra parte. Mientras que figuras públicas que en un primer momento ocuparon el trono del Filósofo-Rey, como José Pablo Feinmann, han quedado relegados a segunda división. Laclau es sin lugar a dudas, el pensador argentino de mayor prestigio, y su apoyo al kirchnerismo le da una visibilidad más allá del espacio nacional. La frase que se repite en varias ocasiones: “Hay que latinoamericanizar a Europa” – da la medida del puente que Laclau busca construir entre la política nacional y el espacio más amplio de su interlocución europea o en los estudios culturales académicos.

En los últimos dos años han sido publicados varios libros sobre la dimensión cultural del kirchnerismo. La audacia y el cálculo de Beatriz Sarlo, Kirchnerismo: una controversia cultural de Horacio González,  El Estado Posnacional: kirchnerismo y anti-kirchnerismo de Pablo Hupert, y más recientemente La anomalía kirchnerista de Ricardo Forster. Aunque cada uno de estos libros interviene en la discusión de diversos modos, con mayor o menor entonación, lo que ha quedado claro es que el kirchnerismo es quizás hoy el proceso político latinoamericano que ha despertado mayor interés en sus consolidaciones simbólicas y construcciones culturales. 

Ni en Bolivia, Venezuela, o Ecuador, cultura y política juegan un papel tan central como lo que puede seguirse hoy en la Argentina (tal vez solo México es comparable). Esto quizás no responda a una especificidad kirchnerista – aunque sin duda, Néstor Kirchner y ahora Cristina han sido influyentes en la construcción de símbolos culturales – sino más bien que la esencia peronista es, como ha mostrado Jon Beasley-Murray, una efectiva máquina para la sustitución de Estado por cultura.

Dentro de este nuevo populismo peronista es difícil articular un “tercer espacio”, en cuanto al campo intelectual se refiere. Lo popular, en efecto divide hoy a la intelectualidad, más allá de la ideología o de sus tradiciones políticas. Viñas y Rozitchner quizás fomentaron una fina línea entre una crítica de insubordinación a los aparatos culturales oficialistas, sin del todo abandonar una zona del campo de lo popular. Pero fallecidos ambos, ese espacio ha entrado en crisis. La nueva revista Ideas de Izquierda, dirigida por Christian Castillo y Eduardo Gruner entre otros, pasan por el espacio de una recuperación de una izquierda cuya ruta política es bastante incierta y fragmentada. Otras, como Políticas de la Memoria, que dirige Horacio Tarcus del CeDinCi, tienen un interés principalmente filológico.

Otras propuestas visibles sea dan desde el lado de militantes que acompañaron la revuelta del 2001 y que hoy, desde una zona micropolítica, buscan articular un espacio crítico que dé cuenta de la asimetría entre un poder constituido desde arriba, y formas moleculares, participativas, e informales que habitan abajo como se proponen los espacios LoboSuelto y Clinamen que dirige Diego Sztulwark. Lo que si es bastante visible es que en este resurgimiento de lo que sería un "quinto peronismo" (expandiendo sobre la conocida tipología de Alejandro Horowicz), se desborda un espacio intelectual articulado en buena parte por el debate intelectual, que ha encontrado cierta formula para acortar la distancia entre las palabras y la política.


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Gerardo Munoz
Agosto de 2013
Buenos Aires, AR.