Wednesday, November 11, 2009

Arte, fe, análisis


Algunos críticos –cito el ejemplo del argentino Daniel Pérez, opinan que la dimensión estética carece de vínculos positivos con la sociedad, la historia o la técnica: es meramente una cuestión de fe. Así, Pérez establece que las personas “crédulas” (según la dureza de su juicio casi podríamos llamarlas supersticiosas) avalan como arte cosas inverosímiles y ridículas: un pozo, la escultura sonora y, en fin, “la constante aparición de nuevas creencias, que se multiplican como enjambres de abejas en los prestigiosos panales del arte conceptual”… La idea tiene un trasfondo eminentemente platónico, y más específicamente romántico: aquello que Coleridge describió como “el suficiente interés humano como para lograr momentáneamente la voluntaria suspensión de la incredulidad que constituye la fe poética.”
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Hasta aquí todo bien, salvo que Coleridge presentó esta noción como un rasgo compositivo antes que crítico, y lo juzgaba un elemento de su poética, no una panacea que resumía todo criterio artístico. Para Daniel Pérez, en cambio, el apotegma encarna una subjetividad en cuyo enclave no tiene cabida el análisis lógico y/o material. Confieso mi incapacidad para avalar semejante idea del arte. No sólo me resulta anacrónica: la considero, ante todo, perezosa. Evidentemente, el crítico argentino obvia el meollo del asunto que con elocuencia expresa Coleridge: cuando una obra artística genera credulidad es precisamente por su valía. Históricamente, el arte más sólido es aquel que nos ha permitido creer en él. A despecho del cínico darwinismo social que nos rodea, hay una opinión de Sol Lewitt que se mantiene vigente: “ninguna forma es intrínsecamente superior a otra”. En este sentido, todo arte ha demandado siempre, a lo largo de la historia, nuestra fe poética. No tendría por qué ser de otro modo hoy. Rechazar esta dinámica equivale a abandonar los terrenos de la crítica y erigirse en una suerte de teólogo del arte.

Lo diré de otro modo: yo puedo negar en mi fuero interno la existencia espiritual de Dios, lo que no puedo hacer bajo ninguna circunstancia es negar la existencia cultural de Dios; estaría obviando siglos de tradición, conocimiento e historia. Análogamente, cualquiera puede enfadarse frente al arte conceptual. Lo que me parece autoritario es negar la existencia positiva del mismo arguyendo que es mera cosa de “crédulos”: el arte conceptual es una metonimia cultural vigente en nuestro tiempo, y cualquier crítico con ética –esté a favor o en contra del mismo– lo reconoce y procura analizarlo, no anatemizarlo. Al menos desde mi perspectiva, el trabajo de un crítico consiste en reflexionar acerca de la poética, la retórica, la coherencia interna de obras específicas; no dictar índices eclesiásticos de censura. Claro que mi formación es aristotélica. Para mí el arte no es una religión: es una práctica laica que corteja lo sagrado. Lo cual me resulta infinitamente más interesante.

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Julián Herbert
Mexico, Noviembre 2009
Publicado originalmente en LL
foto: "Art" - Joseph Kosuth

Monday, November 9, 2009

El Muro de Berlín y el fin del comunismo


Cada siglo imagina sus metáforas: el muro de Berlín, quizá como aquella que recuerda Borges del Emperador chino que hizo erigir la muralla a la vez que incendiaba todos los libros del Imperio para borrar la memoria del pasado, es una de estas metáforas de doble rigor semántico de nuestros días. Por una parte, el muro es la confrontación de dos utopías (King Kong y la Torre Internacionalista de Tatlín, el Partido Comunista y la PC – personal computer), mientras que por otra, el muro fue el fin de una etapa, y la consolidación de un único sistema posible bajo el paradigma del capitalismo mundial.

Se conmemoran dos décadas de la caída del muro de Berlín, con lo cual se sugiere otra metáfora: el fin del comunismo y la victoria del capitalismo. Una alabanza para el segundo. En Alemania, la fecha "9 de Noviembre" suele acuñar otros eventos fatales de la historia nacional (la noche los chuchillos largos – Kristallnatch, o el atentado militar de Hitler contra el congreso de la Republica de Weimar), he ahí la reticencia de algunos a celebrar la caída del 89, aunque para el espíritu carnavalesco del Occidente la caída del Muro simboliza, más que todo, es la consolidación de su propia imagen, buscar su esencia en la diferencia concreta que terminó en el desmoronamiento del Muro y de todo el bloque soviético. Detrás de este otro "muro discursivo", y no menos cierto que la ideología que lo sustenta, la caída del muro significó otra aparente lógica dentro de la globalización: el fin de la política como la habíamos conocido desde entonces. Desde aquí, se me hace imposible no estar de acuerdo con la tesis postcapital del ensayista cubano Iván de la Nuez sobre el muro: éste no solo se derribó de un lado, sino hacia ambos. ¿Qué es hoy el mundo sino una proliferación de muros que se cruzan entre México y Estados Unidos, Colombia y Venezuela, África y España, los territorios ocupados e Israel, Miami y La Habana?

En un artículo publicado en el periódico inglés The Guardian, Mijail Gorbachev aludió a la paradoja de la celebración tras la caída del Muro de Berlín: ¿verdaderamente estamos mejor que antes? Cuesta trabajo aceptarlo, por el simple hecho que hoy, el sufrimiento, el sentido catastrófico de la historia, la marginalización y la exclusión de aquellos que Fanon llamaba los "desposeídos de la tierra", el nomadismo y el exilio global, y la explotación, se mantienen activos, y continúan por otros medios. Mencionar hoy, aun desde el propio espacio enunciativo de la Izquierda; topónimos como: resistencia, capitalismo, imperialismo, o lucha obrera, queda disuelto en esa "modernidad liquida" que habla Baumann, dispuesta a extraer y apropiar discursos en torno a la propia sobrevivencia del sistema.

Una de las formas de entender la corta historia política después de la caída del muro de Berlín es a través de una especie de "utopismo en farsa" o capitalismo con rostro humano. Al declinar el comunismo, el Estado de Bienestar se impuso también como otra muralla discursiva y pragmática. El pensamiento en la era de la Globalización, ya sea Anthony Giddens o Francis Fukuyama, Walter Korpi o Zygmunt Baumann, el sistema actual, llámese "capitalismo con rostro humano" o "lógica posmoderna" (Jameson), es la única opción de juego y toda resistencia se debe desear desde las propias estructuras de esta nueva orden de lo político. Con la caída del Muro de Berlín – no pensemos en el motivo, sino en el efecto – significó también la caída del propio sueño de una sociedad más justa, regulada, imparcial, y donde todos puedan existir, social y políticamente. Un espejismo de los sueños tronchados: del sueño utópico de Lenin, convertido distopía en la Unión Soviética y en campos de concentración, se pasó a otra distopía: la globalización, la guerra en Irak y la culturización de la política en el fin de la Historia.

Si el ensueño utópico "comunista", al decir de Susan Buck-Morss, se dilató por casi todo el siglo XX (1917- 1961-1989), la felicidad utópica bajo la globalización capitalista apenas rebaso la década. El 11 de Septiembre del 2001 viene siendo el segundo fotograma como prólogo de la caída del otro Imperio. Si una vez Jean Cocteau divisó la idea cinematográfica en la cual todo derrumbe acontece en cámara lenta, entonces, entre el espacio de la caída del Muro de Berlín y el ataque a las Torres Gemelas, caemos en ese abismo en donde la catástrofe se vuelve tangible bajo la ideología de la felicidad apócrifa. La crisis económica de finales de la primera década del siglo XXI, del mismo modo, acentúan la inestabilidad del capitalismo como proyecto social, y la precariedad de sus estructuras, alojadas en las postrimerías de la globalización y el multicorporativismo. La caída del muro fue inminente: aquel Totalitarismo tenía que caer, y en efecto terminó desplomándose. Hoy, a solo dos décadas de aquel derrumbe de Noviembre, es poco visible la integración de un mejor mundo tal y como se trató de vislumbrar en 1989; un nuevo mundo en el cual, la separación de otros muros hacen del hombre un duplicado de los antiguos totalitarismos del siglo XX: un nómada ligero de equipaje en constante travesía global.
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El hombre otra vez ha quedado solo, porque todo lo que existió detrás de ese Muro era el abismo de la nada que una vez evocó Heinrich Boll.
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Gerardo Munoz
Noviembre 9, 2009
UF, Gainesville Fl.

"Inactual" – espacio literario de Pablo de Cuba


La recomendación es siempre un gesto dadivoso hacia el otro. Imposible de olvidar los primeros libros de poesía que alguien te recomienda, o un autor "menor", con el cual te sientes que nadie conoce, y que solo tú posees. Aprovecho este espacio para recomendar una recomendación que me ha producido esa sensación. El amigo ensayista y crítico literario, Duanel Díaz (autor de Límites del Origenismo - además de un nuevo y polémico libro sobre la intelectualidad cubana revolucionaria publicado por Colibrí), me comenta sobre el nuevo blog/espacio creativo del poeta cubano Pablo de Cuba Soria, un amigo invisible, a quien no conozco, pero que he leído en el pasado con esos beneplácitos de la felicidad que se sienten hacia el contemporáneo. Hoy revisando y leyendo algunos de sus textos publicados en "Inactual", título paródico de este escritor cubano, pienso que los lectores de este blog les agradaría hacer una grata visita por esa actualidad inactual.

Su forma no se ciñe sobre la poesía exclusivamente, pues encontramos fragmentos, aforismos, reseñas, y crítica que, por su parte, y desligadas de su totalidad, cumplen con esa ecfrasis de nuestro presente fragmentario. Le damos la bienvenida a "Inactual" y a sus redactores, y le agradecemos, desde temprano, las placenteras lecturas cibernéticas.

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Gerardo Munoz
Noviembre 2009
Gainesville, UF.

Saturday, November 7, 2009

Artist's Atelier (XVII): John Cage y la radio


Friday, November 6, 2009

Cuba en su coloquio de la experiencia


"No pienses en el encanto de la infancia, en el paraíso aromado, en las glorietas"
- Anton Arrufat, "La casa del porvenir".
I.

Las conferencias, los coloquios, los meetings, las reuniones, los cenáculos, en fin, todo tipo de secta secreta, docta de los saberes claustrofóbicos que ocurren en el espacio Académico – ya lo sabemos, pero es recomendable recordarlo – no solo son fútiles, sino estéticamente aburridos.

La arista del aburrimiento tiene al menos, un sentimiento existencial (o atroz, verzweifelt, como diría Heidegger) que es más sincero y pesimista que los altiplanos de una resistencia evocada, o un trazo de plan sin ejecución. La exaltación que algunos académicos muchas veces siente hacia Cuba es digno de admiración, pero también digno de la musa del aburrimiento: uno, como cubano se resigna a aguantar todo tipo de arengas: desde lujurias al régimen de Castro, a elogios a la medicina, justificaciones al pasado, y entendimiento multicultural entre los polos del exilio y el insilio. Más que aburridos, algunos de estos eventos académicos suelen ser abrumadores, ya que percibimos que están hechos desde la simulada posición de cambiar la política cubana (esa idea de estar siempre "haciendo historia", nada mas incierto), de tomar lugares comunes para fortificar una muralla epistemica, o simplemente especular sobre el futuro. Me pregunto si Cuba no es, para estos académicos una especie de juego de abolorios, un tiro hacia un blanco desconocido, navegar sobre las cercanías desde la distancia, es decir, un navío que nunca toca tierra, ya que, como es sabido desde los tiempos de Coleridge, el mar es el lugar donde se respira la pasión exaltada, y donde se puede aludir a todo un pasado, y evadir la realidad. No importa el destinatario. El ser-cubano hoy es homónimo del dialoguerismo, si se me permite el vocablo; en todas las esferas comunicativas (la de la isla, la de los blogs, las reuniones en el exilio en recintos académicos), se intenta llegar a un entendimiento de las "partes", a comprender esos "años duros" (título de Jesús Díaz) que han simbolizado el medio siglo pasado.

II.

Charlar sobre Cuba hoy presupone que existen diferencias sobre la visión histórica (pasado y futuro) de la nación. El diálogo tiende a dibujarse como aquel juego sofista, criticado por Sócrates, ante el elenco: incluye diferentes locutores que merecen ser oídos, comprendidos, y hasta aceptados. Se acepta, moralmente, la subjetivización de la catástrofe, ya que cada uno de nosotros es, en potencia, un biógrafo desconocido, ese "story-teller" secreto, oculto, repleto experiencias que todos desconocemos (la historias muchas veces se repiten: tuve que abandonar la casa de mis abuelos cuando me fui, o que me quitaron la posición de maestro en la Universidad una vez pedido el visado). El panel, al cual asistí el pasado lunes en la noche, en el community-Santa Fe College en Gainesville, buscaba seguir estas pautas del dialectismo cubano a la vez que trazaba rupturas inéditas sobre el modo operandi de los eventos coloquiales cubanos. Si en otras ocasiones hemos podido ver la exaltación pseudo-revolucionario por la "Revolución Cubana", ahora podemos ver la otra cara de esa exaltación: la historia contrafactual de la nostalgia. Así entra aquello que Emilio Ichikawa llama el "tuteo epistémico", una especie de fascinación kitsch del tono personal, pero de rasgos auténticos. De modo que todo cubano es una historia encarnizada, y la democracia actualiza esa potencialidad: cada uno puede contar su historia personal, amparándose así de las premoniciones de un colectivo, de la memoria del pasado y de sus diferencias.

III.

La nostalgia desentona una conversación: desmedido uso del pathos, y elevación del pasado sobre la realidad, aunque digna de sinceridad afectiva. Muchos de los profesores que dicen estudiar a Cuba en la Academia se dejan llevar por ese "fetichismo de la negación", al decir de Freud, cuyo molde opera en reconocer las fallas del régimen castrista revolucionario, para después realzarlo en justificaciones. Algo por el estilo siempre se intenta: "Sí, Cuba es un país que carece de libertades cívicas y públicas, lo sé, pero hay que reconocer que tiene unos de los sistemas de salud publica mejores del mundo". innoble justificaciones de esta índole tienen una larga etcétera. La nostalgia, en cambio, tiene la fuerza de haberse nutrido por la experiencia destructiva de una vida personal, algo que, los ciegos estudiosos de la Universidad, se niegan a ver en las frías casillas de las estadísticas. Para estos, la nostalgia es un síntoma psiquiátrico de la condición del cubano de Miami, fotograma trillado del exiliado cubano. Los nostálgicos, sin embargo, carecen de una dimensión crucial del analista: la histórica. Para el nostálgico – ya sea en una novela de Cristina García, de Daina Chaviana, o de Fabiola Santiago – el pasado es un espacio memorioso que flota en la distancia, una utopia en la niebla, una abstracción total sin sedimento histórico (de conflicto de clases, de violencia, de miserias humanas). No es, sin embargo, una contradicción que se recuerdo lo dulce del pasado: la memoria también funciona bajo el precepto de olvidar las calamidades (he ahí asimismo de las recientes reivindicaciones de Fulgencio Batista, por ejemplo.)

IV.

En Memorias del Subdesarrollo vemos una temprana crítica del coloquio revolucionario cubano cuando, en medio de la ponencia en la que participa el propio Edmundo Desnoes, un norteamericano intervine para cuestionar la forma de aquella conversación que giraba sobre la revolución, el subdesarrollo, y el materialismo dialéctico. ¿No parodian hoy, los mismos cubanos en la oposición, desde estas aburridas y nostálgicas mesas, púlpitos, y micrófonos de salón aluminado, el espacio de la "mesa redonda" insular? ¿Volver hablar de los exotismos de la buena vida, el placer, y la felicidad bajo Batista, no es por su parte una incursión violenta sobre el olvido haciéndose pasar por reflexión repetitiva de la nostalgia?

V.

"Mas conversación solo consigue plantear mas problemas" rezaba una frase de Peter Sloterdijk en la cual se alertan los peligros de esa "razón comunicativa" que rige el paradigma ético de nuestra contemporaneidad. Cuando Raúl Castro habla hoy de su disponibilidad del "diálogo" se apropia del discurso liberal y globalizador, cuyo directriz es entender nuestras diferencias para así localizar la reconciliación del presente. Salvo que, ni en la particularidad cubana ni en marco comunicativo, nadie se pregunta sobre las deficiencias de los interlocutores, del asimetría del diálogo, o de la imposibilidad misma de entendernos. Esta "razón dialógica" es de alguna forma, ad hoc, un gesto civilizador de un intento fallido. No me atrevo a proponer o vislumbrar una estructura futura del diálogo cubano, solo discierno los deseos voluntarios de los bienaventurados por la habladuría nostálgica.

VI.

Los cinco integrantes de este coloquio (Ricardo Acosta, Fabiola Santiago, Caridad Martínez, Sonia Calero, Nereida García) dieron una lección de la imposibilidad del diálogo por dos razones: primero, no dejaron hablar a nadie del público, y segundo, muchas veces no analizaron los problemas, situándose así en los frescos lugares comunes (Caridad Martínez, arriesgó muchas veces no transmitir una sola palabra: "Yo no tengo opinión sobre mis memorias en Cuba…", entre otras privaciones). Proyectaron una irrefutable nostalgia de miel, es cierto, pero hicieron posible otro discurso en la Academia: hablar de Cuba con dificultosos silencios. Olvidar a Cuba en el intento de recordarla. Soria Calero, profesora de danza contemporánea, en una de las preguntas que moderaba Ricardo Acosta dejó un bosquejo de lo que fue el evento: "Yo no recuerdo nada, tiendo a olvidar las cosas, yo tengo problemas con la memoria". Entre la repetición de la memoria – una memoria que ha sido universalizada por la misma existencia de la diáspora – es preferible callarla, y ocultarla: de-instrumentalizar la memoria en el presente.

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Gerardo Munoz
Noviembre de 2009
Gainesville, FL.

Wednesday, November 4, 2009

Puente Ecfrastico (XIX): La rosa de William Blake


La Rosa Enferma
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Oh, Rosa, estás enferma!
El gusano invisible
Que vuela por la noche,
En la tempestad que aúlla,
Ha descubierto tu cama
De gozo carmesí,
Y su amor oscuro, secreto,
Te consume la vida.

Saturday, October 31, 2009

Silencio peculiar: entrevista con Miguel Morey

En su calidad de filósofo, “estatuto que sólo otorga la academia y la universidad”, el catalán Miguel Morey (1950) encontró en la escritura un buen mecanismo para el mejor entendimiento de diversos autores, sean éstos filósofos o escritores. “Pensando más allá, es decir escribiendo, comprendo mejor a Platón y con él a muchos más”, asegura el autor de Pequeñas doctrinas de la soledad (Sexto Piso), libro que fue comentado ayer martes en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM por el mexicano Sergio González Rodríguez.
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Conformado por medio centenar de “escritos” en los que aborda a autores de sus preferencias, Morey considera este peculiar libro como un conjunto de “experiencias de mundo: es lo que pienso acerca de…, simples líneas de reflexión que se articulan y luego se plasman en la página en blanco. En la obra, finalmente el libro de un filósofo, hay mucho de también”.

—¿Cuáles son los autores literarios que prefieres?


—Por decirlo de una manera banal, a los que se la juegan. Los que ejecutan el gesto de romper el canon, lo previsible.

Lo que Morey materializa en acercamientos a Beckett, Artaud, Burroughs, Michaux, Lowry, Bataille, Benjamín y a temas que siempre relacionan al hecho literario con el filosófico. “Todos los que están son”, dice. Y si al catedrático de la Universidad de Barcelona (traductor de Deleuze, Foucault y Colli) se le pregunta por nuevos gustos literarios, sólo contesta con dos nombres: el alemán Peter Handke y el francés Pascal Quignard.

—¿Qué tanto los nuevos escritores y los nuevos libros del mundo globalizado son meramente instrumentos utilitarios?

—El carácter de mercancía no lo puede torear sólo la literatura sino el mismo arte. Es un gran obstáculo que hay que remontar, superar o siquiera ironizar. El que los escritores y sus obras sean objetos de compra-venta e intercambio reflejan cuestiones que se ubican en el surgimiento de los derechos de autor, hace como dos siglos y medio. El mismo Cervantes se queja y dice “me han robado”. Son sin duda situaciones nuevas, y si queremos hablar de hoy, el panorama es triste —añade a MILENIO Morey—. Si miramos hacia atrás encontramos periodos de vacío absoluto que no significaban sino una fase de transición morosa a un lugar desconocido. En tal sentido tenemos tantas razones para ser pesimistas como optimistas, aunque el presente sea muy amenazador. Nadie sabía que se caía el muro; el día antes del advenimiento del Renacimiento nadie lo intuía”.

— ¿No vislumbras un buen futuro para el hecho literario?

—Lo que hecho en falta es el riesgo en toda la literatura de hoy en día.

A manera de esperanza, Morey recurre a distinguir entre lo que se escribe y publica. Habría que mirar hacia las zonas de educación de la escritura, a los talleres de ésta, y no meramente a lo publicado.

—¿Qué papel juega la globalización de la escritura?

—Lo que la globalización nos ofrece es más de lo mismo sin una promesa de mejoría. Los promotores de la optimización del presente no asumen que la mutación es un riesgo que se está corriendo.

Ganador del Premio Anagrama de Ensayo 1994 con su libro Deseo de ser piel roja, Morey sostiene que “desde que uno lee para sí aparece la lectura privada y silenciosa, mientras que el escritor que escribe lo hace leyéndose. En el mismo espacio se da la lectura. Ahora leemos Las confesiones de San Agustín y nos parece un texto íntimo, y resulta que el libro fue dictado: San Agustín no escribía en su soledad sino que tenía un esclavo que iba copiando lo que él le decía”.

Al barullo ensordecedor de cierta modernidad que no cesa de importunarnos con su interminable retahíla de proclamas emancipadores, Miguel Morey contrapone el único antídoto efectivo: el silencio. Pero es un silencio peculiar…, el silencio que nos permite dialogar con nosotros mismos, escuchar aquello que anida en lo más profundo de nuestro ser —antes de cualquier normalización preparada por las fuerzas de la sociedad—, para así poder transitar a través del pensamiento que mueve los hilos de este extraño evento llamado existencia”.