Thursday, June 5, 2008

Ensayo Introductorio al pensamiento literario de Leon Bloy (ensayo)

Un guerrero apocalíptico en el Fin De Siècle
(Introduccion a los Aforismos y Pensamientos de Leon Bloy)


Le debo el hallazgo de Lèon Bloy a una lectura de uno de los ensayos de J. L. Borges (El Espejo de los Enigmas en "Otras Inquisiciones"). Recordé mucho después, que el autor de Giornale Nuovo, articulaba hace unos años una reseña de Sir Thomas Browne, con una ultima sentencia que escondía algo muy verídico: "I wonder how many readers arrived, as I did, at Browne’s works, by way of the enigmatic final sentence of Borges’ celebrated Tlön, Uqbar, Orbis Tertius". Yo ahora me preguntaría lo mismo sobre Lèon Bloy: ¿Cuantos no han podido llegar a conocer a Bloy a través de las acotaciones del Maestro argentino? Ya que tanto Bloy como Browne, más que oscuros escritores de la infinita Biblioteca de Babel, son meras referencias en algún que otro indice de una enciclopedia erudita. Bloy, no fue un pensador profundo, y es por ello que un legítimo titulo de "filosofo" o "teólogo" le resultaría grande o dadivoso. Bloy, primero que todo, fue un poeta, y dentro de esa vasta categoría, fue un místico. La rareza (o la riqueza) de Bloy reside en su manera de amoldar su vida, al crear de su pobreza individual (miseria infinita) un alto culto de la gloria. Como Nietzsche, Bloy es otro perfecto iconoclasta de la Modernidad europea. Pero a diferencia de Nietzsche, Bloy se encuentra en el la orilla opuesta del nihilismo y del ateismo estético, ya que para Bloy la existencia y la justificación de la ontología del hombre solo se pueden sacar de las raíces más agonizantes del Cristianismo, cuya base son las ultimas palabras del Hijo del Madero. Un sufrimiento perpetuo.

Amigo de los decadentes escritores del Fin De Siècle francés, el nombre de Bloy reaparece en las epístolas de Zola, Huysmans, Maupassant, Daudet y Mallarme; como el "gran mendigo", un ser despreciable y agónico. Rubén Darío no vaciló en dedicarle una glosa en su libro, Los Raros, a este "intransigente loco y adamantino". Para Bloy, el hecho de ser autor no lo convertía en un dandy o en ese esteriotipo del burgués flaubertiano, que se paseaba por las calles de Paris con levita y bombín. Bloy vivió inmerso en una pobreza elegida por su voluntad, y refugiado en la misericordia de sus amigos o conocidos para poder alimentarse. Muchas noches, nos dice el propio Bloy con cierta insolencia: "he dejado de darle de comida a mis hijas, y ahora lloran. Dios es magnifico". Sentencias como estas, alarman al ávido lector, quien no ignora que estas palabras fueron escritas en el siglo que nace el nihilismo, los ideales revolucionarios de clases proletarizadas y la tecnología como progreso científico.


Bloy, como crítico del Cristianismo, asalta tanto al Catolicismo y la Iglesia, como al Protestantismo. La visión critica de Bloy, es una visión a su vez "anti-critica", pero donde la mística brilla, se rescata a los Evangelios del fango venenoso de la sociedad Moderna. Volcando a los teólogos de la Iglesia, Bloy propone una lectura del "dolor" individual como núcleo alegórico de las Escrituras. Si fue Cristo, quien sufrió por todos nosotros, entonces también estamos en esta tierra condenados al eterno sufrimiento y al determinante Absoluto abismo del Todopoderoso. Como Kierkegaard, Bloy se escabulle en las parábolas del Pecado Original, para diagnosticar lo "Cristiano" como lo Absoluto de la angustia existencial, aunque añade a esta formula, la constante penitenciara "pobreza". La originalidad de Bloy, sin embargo, traspasa el eterno juego de teorías y de hermenéutica bíblica – Bloy ejerce la pobreza, y convierte su propia vida el planteamiento fundamental de su obra.


Bloy, en cuanto a la escritura fue fecundísimo. Pasó mucha hambre, pero también sintió esa necesidad patológica, que sienten los destinados a las letras, de escribir para la posteridad. Sus Obras Completas están reunidas en once volúmenes gruesos, compuestos de un surtido abanico de ejercicios: novelas, ensayos, cuentos, diálogos, epístolas, tratados, traducciones y también apuntes fragmentarios de sus cuadernos (Le Mendiant ingrat, L'Invendable, entre otros). Los grandes escritores siempre esconden su mayor fuerza o intensidad luminosa, en algún que otro fragmento o cuento extraviado. Tanto Heráclito como Epicuro, no son recordados por sus plumas proliferas, sino por algún que otro fragmento hermético que dejan infinitas concatenaciones en la perplejidad de las conciencias humanas. Con la obra de Bloy, sus novelas y narraciones carecen de merito literario. Es en sus diarios, vestigios de la experiencia crudamente vivida, de hondos y profundos túneles, que encontramos a Lèon Bloy como antitesis de su tiempo y de sus coetáneos. Sospecho que Bloy, como pocos escritores en la historia, estuvo conciente de su legado. Su proyección literaria fue clara, lo cual no significa una empresa menos ardua: hacer de Lèon Bloy, un pordiosero, un hombre del mal, un arrogante, un mal padre, el ultimo y mayor pecador….ad infinitum. La Pasión de Bloy consistía en engendrar al ser despreciable que fue, y a su vez ser salvado; la mística de la Resurrección. Instinto dualista: salvación en la metamorfosis de la vida/ salvación en la pagina escrita. La palabra incendiada, la violencia verbal y la trenzada gramática de Bloy, no es mas que un ataque contra el mismo, un odio abismal a ese otro "Lèon Bloy", residente de la Francia mas decante y acatarrada por el decadentismo esteta. Bloy se condena en pocas palabras: "Mi odio, no es mas que la efervescencia de mi piedad".


Los aforismos y los apuntes sueltos de Bloy, mejor que cualquier otra de sus obras, ilustran el perfil mas intenso de su personalidad y misión. Dentro de la cerrada modernidad literaria, Bloy construye su retórica de la antimodernidad desde las fronteras más bélicas del Cristianismo. Fue el perfecto agitador apocalíptico, y murió sin saber de sus continuos pareceres con los apócrifos evangelios; diestro emulo de Enoc.

¿Por que fijarse en los aforismos de un autor minúsculo y oscuro? – se preguntará el lector. En las historias de las literaturas, y las historias antológicas, se suelen olvidar los autores periféricos, quienes con mucha frecuencia, se tildan de "menores" o "insignificantes", y rápidamente son escondidos en el anaquel mas empolvado del escritorio. Los imaginarios 'banquetes canónicos' suelen sazonar a los "grandes escritores" para mas tarde devorarlos como platos fuertes, en las cenas de la cursilería letrada. Los editores poseen la gárrula manía, de lo Ángel González definió como 'amnesia histórica', contra poetas y escritores mal conocidos. Salvemos a Lèon Bloy: místico, enemigo social y poeta menor en la literatura, quien no deja de ser uno de los grandes escritores de su tiempo. Una relectura, después de más de cien años de añejo, comprueba que mi aseveración no me desmiente.

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*(Nota: Los aforismos traducidos en esta compilación, fueron extirpados de dos volúmenes: The Pilgrim of the Absolute – Riassa and Jacques Maritain. Panteón Books 1947; e Introduction a Leon Bloy – Pierre Termier. Desclee del Brouwer & Ci. 1950.)

1 comment:

juanfelipe said...

Bien interesante la idea de 'rescatar' ,como dices, a estos autores 'menores' que si bien son relegados para los mas estudiosos y los especializados, no por eso su merito o su genio aminora. Leon Bloy se presenta como tu dices con un aire de mistica y misterio, tal vez por eso mismo sera que despierta algun tipo de curiosidad. Hay algo atractivo en la idea de imaginarse a un solitario e intrigante intelectual trabajando abrigado por la oscuridad y que se echa un manto de incognitas encima por su rechazo a la sociedad, su condicion pauperrima, y su obsesion con el absoluto.

Interesante escrito Munoz