Wednesday, July 23, 2008

Rothko, Nietzsche y la belleza



De las cosas bellas del mundo moderno, ningunas tan excitantes y apasionadas como las abstracciones vetustas del pintor Mark Rothko. El pintor judío, inmigrante de la antigua Unión Soviética (hoy, Latvia), trasladó con los fuerzas creadoras, los monocromáticos colores hacia un mundo desconocido, de reposo y desolación. Ese mundo es el mundo de la belleza, habitado por las fuerzas de la vida y la muerte. Rothko, fue un ávido lector de Nietzsche, quien lo motivó desde sus teorías del Nacimiento de la Tragedia, hacia la naturaleza del arte; un arte chamánico y atómico – de exaltación y de cólera. Poder ver uno de los Rothko rojos, insinúa un leve filtraje por un espacio oblicuo, un tokonama japonés, o el antiguo mundo delfico.

Las ricas atomizaciones del color, fueron para Rothko la recreación plástica de la filosofía de Nietzsche; una constelación de fuerzas inauditas para el hombre moderno – una de las rutas de escape. En las tierras desconocidas el signo tiembla, pero también muere al ser nombrado – rompe un cristal, y desde lo lejos, el sonido que se vuelve color, se vuelve la creación de un cuerpo, de un placer terrestre y erótico. Rothko es también un cuerpo, porque su pintura lo es. El mundo solo puede ser justificado con la estética, declaro Nietzsche; y es Rothko quien toma el apóstrofe hasta sus límites más abismales y más allá del abismo también. El artista en el estudio no deja nada hacia el escape de fuerzas exteriores, ni del azar; para Rothko cada línea es un andamio hacia su arte, y todos sabrán los colores que existen en el arco de la sensibilidad humana. Sin embargo, el arte de Rothko es íntegramente espiritual; atrae a los dioses como un imán amigable, y los repela. Dios, que nunca conoció al color, ahora lo contempla por vez primera, pero se esconde. En la Modernidad todo es dialéctico: el hombre, aun en Rothko, sigue solo. Las fuerzas de Nietzsche y de la belleza lo resucitan pero no le otorgan la resurrección.

Al final de su vida Rothko no pudo pensar en otra cosa que no fuera el color bermejo, el símbolo del infierno, y de la sangre. Llego a penetrar tanto ese mundo que se llevó las venas, y calló en un vasto circulo de sangre en su estudio. Muerto. Baudelaire había dicho que solo puede la muerte ser algo nuevo para el hombre, quizá su único descubrimiento y gloria; quiza otra versión de la vida. Rothko la vivió continuamente, bajo el 'velo' de un color. No le temió; como Nietzsche, pensó que toda huella de nihilismo era el elemento sórdido del Mundo, y construyó un mito de escudo. Rothko, inventó en la pintura el mito de la muerte: belleza única.

Gerardo M.
Julio 24, 2008

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