Thursday, July 3, 2008

Cinco apuntes sobre Gattorno



¿Fue Gattorno un gran pintor? Es decir, ¿puede un pintor moderno convertirse en un clásico a pesar del lastre del mimetismo? Si intentáramos responder esta pregunta en términos psicológicos, habría que constatar cierta debilidad de carácter, una atracción irreprimible que le llevó a plegarse a personalidades más fuertes que la suya. Pero tal vez pueda hacerse con Gattorno la misma excepción que hacía Lezama con Casal: “la forma en que utilizaste tus disfraces/ hubiera logrado influenciar a Baudelaire”. Descubrir la vanguardia en París, casi adolescente, explica esos guajiros que parecen pintados por Gauguin. Años después, se dedicó a recorrer los caminos de Gaudí, tal vez para vengarse de que no le hicieran caso en Cuba. Hoy se sabe que el lenguaje del surrealismo cubano no tenía por qué quedarse en lo gaudiniano, como demostraron Lam y Camacho. Pero por entonces era Gaudí quien triunfaba en Nueva York.

Cuando en 2005 el Lowe Art Museum de la Universidad de Miami decidió celebrar con retraso el centenario de Gattorno, la conclusión unánime fue que había sido el menos valorado entre los pintores de la Vanguardia cubana. Se dice que su “error” fue haberse ido a vivir a EE UU en la década del 30, pero yo creo que detrás del olvido de Gattorno hay cuestiones más complejas, que conciernen a las características de esa supuesta “Vanguardia” cubana y al tipo de recepción crítica que marcó su trayectoria en la historia del arte cubano. Salvo entre sus amigos del Grupo Minorista, Gattorno no tuvo suerte con los críticos del patio: Guy Pérez Cisneros le echó en cara que prefiriera “prostituirse, confeccionando figurines y modelos para revistas femeninas”, y que decidiera “exiliarse en los Estados Unidos, de ambiente intelectual tan pobre y tan hostil a nuestro genuino espíritu latino”. El influyente Gómez Sicre se dedicó a escribir horrores de él y a mantenerlo sistemáticamente fuera de todas las exposiciones que organizó, cobrándole así una riña de juventud.

El rencor también hace lo suyo en el canon.Gattorno y Hemingway se conocieron en 1932, en una fiesta que se le preparó a Walker Evans, por entonces recién llegado a La Habana. Se hicieron grandes amigos, y al parecer fue Hemingway quien convenció a Gattorno de mudarse a Nueva York. Fue una amistad gozosa, empapada en alcohol, repleta de almuerzos y pesquerías en yate. Hemingway no era un gran crítico de arte, pero sabía ser amigo de sus amigos: en 1935 escribió un ensayo curioso que fue editado en 400 ejemplares por Úcar y García, junto con reproducciones del pintor cubano y críticas de Dos Passos, Guirao y Carpentier, entre otros. Al año siguiente, patrocinó una exposición de Gattorno en Nueva York. Aún así, Gattorno quedó fuera de la exposición de abril de 1944 en el MoMA; sólo se le invitó, a manera de desagravio, a la muestra “Painting in the United States”, que tuvo lugar en el Carnegie Museum el año siguiente.

En 1933 Gattorno y Gabriel Castaño pintaron clandestinamente y en coordinación con el Comité Pro-Cenizas de Mella un mural al fresco, que fue ubicado en la pared que sirvió de fondo a la urna y del cual sólo se conserva documentación fotográfica. El rostro de Mella inspirado en la fotografía tomada por Tina Modotti, se ubicaba al centro de la composición. Otro eslabón más en la cadena que conduce al perfil definitivo del Ironbeer, comentado aquí por César Beltrán.Todavía hoy Gattorno tiene fieles admiradores en EE UU, como Bruce Bentzman, poeta y cuentista. O como Chris Gomersall, que planea una película biográfica sobre el pintor, The View from Here. 


Ernesto Hernandez Busto
Barcelona 2007

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