Monday, August 18, 2008

"Frida, el mundo del dolor y la voluntad" por Rubén Fuentes



Frida, Friducha le decían cariñosamente, creó una de las obras más crudas, desgarradoras y expresivas de la historia del arte. Al ver sus retratos hincados, llagados , lacerados, se nos evocan los terribles Cristos de Matías Grünewald, los San Sebastián, los santos del martirologio cristiano: uno destripado, otro asado al fuego, otra masacrada con una rueda dentada, San Bartolomé desollado y su piel transmutada en la de otro atormentado, Miguel Ángel. Y Frida padeció dolor, no fue una mujer quejumbrosa de débil psique, conoció el padecimiento desde los 7 años cuando contrajo la poliomielitis que la obliga a guardar cama durante 9 meses. A los 18 años su destino la llevó a un fatal accidente, el ómnibus donde se encontraba choca contra un tranvías. Las heridas en la columna vertebral, en la cadera y diversas fracturas le inflingirían dolor por el resto de sus días. Pero Frida no se entregó a la depresión, ni a una vida vegetativa de postración inútil, convirtió su dolor en arte, de hecho comienza a pintar en el Hospital de la Cruz Roja. Insertada en su corsé de escayola creaba en su cama de convalecencia desde su regazo. Probablemente las propias heridas de la cadera le impidieron engendrar y vió terminar en aborto su primer intento, el siguiente se desvanecería en un mal parto y un lago sanguinolento. Por si esto fuera poco sufre una grave operación en Nueva York, le harían un trasplante de huesos en la columna vertebral, llevando un corsé metálico desde ese momento. Se pinta la artista en un cuadro como La Columna rota, en un paisaje desolador, lleno de grietas como la que se abre en su cuerpo, en su interior una columna griega fragmentada coronada en capitel jonio, demuestran su trascendencia del dolor como una cuestión personal, va más allá, al dolor de toda una cultura occidental. En los frescos de la capilla Sixtina, en la gran pared del juicio final Michelangelo Bounarotti se retrata en la piel que sostiene San Bartolomé quien fue uno de los primeros mártires del cristianismo.

Su voluntad férrea le llevó a la causa social, decía haber nacido en 1910, año de la Revolución mexicana, aunque en realidad lo había hecho en el 1907. Se afiliaría al movimiento comunista, militando junto al gran pintor Diego Rivera, su esposo, quien dedicara toda su obra muralista a defender los intereses de las clases explotadas. Cuentan que en sus días de alegría y esperanza cantaba la Internacional Comunista y la Marcha fúnebre de Lenin . En su casa se refugió el activista de izquierda León Trotzki quien al parecer tuvo un romance con la artista, que no estuvo exenta de fuertes pasiones.
Cuando se menciona el nombre de Frida Kahlo, parece decirse México desde las vísceras, encarnando lo ancestral, el culto de la muerte, los sacrificios aztecas y mayas en cuchillos de obsidiana extrayendo corazones de pulsación desenfrenada. Allí está vestida con su huipil construyendo calaveras de pan de azúcar en el día de los difuntos, el pelo negrísimo trenzado hacia arriba en verde oscuro. Sus retratos poseen un marcado acento naive, heredando el estilo algo tosco de la pintura popular mexicana del siglo XVIII, los célebres exvotos que se colocaban a los difuntos acompañados de textos dedicatorios. Pero es este y no otro el estilo para expresar el dolor americano, el dolor de los indios masacrados y apabullados durante siglos de conquista y aculturación.
Es la crudeza de un llanto al ver las catedrales superpuestas sobre las ruinas antiguas en al plaza del Zócalo. Nos negamos otra vez a ver en los rostros rotos de los innumerables autorretratos de Frida un dolor personal y autocompasivo, más se nos parece al alma de un continente que ha visto correr mucha sangre. Entre los anhelos mas profundo de la pintora estaban el salvar las tradiciones indígenas y el folclor.

Ruben Fuentes
Revista de Matanzas. Julio del 2007

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