Tuesday, August 12, 2008

"Napoléon, Bloy y la Insularidad"- por Isis Wirth


Acotación:
Bloy deseó muchas cosas en vida, muchas de ellas rozaban el margen de la divinidad y de los Cielos. Ese riesgo de la infinitud que mucho antes había sentido Bruno. Quiso, quien lo ignora, erigir una enorme cruz de oro macizo en la cúspide de la Torre Eiffel para molestar a la opulencia parisina. También quiso, o imagino que quería, un Paraíso con el Emperador Napoleón Bonaparte. Así lo dijo una vez: “No entendería al Paraíso sin mi Emperador”. Fue el mas controversial de sus tiempos: pidió la canonización de Colon mucho antes que Alejo Carpentier escribiese su El Arpa y la Sombra y combatió sus coetáneos simbolistas, pero la obsesión central de su vida fue Dios y Napoleón: los cielos, la geografía lunaria y por otra parte la tierra, la ínsula, la grandeza de los superhombres. Nadie tan brillantemente pudo escribir una apología al aura suntuosa del Emperador córcego como Leon Bloy.
L'Ame de Napoléon (1912), puede ser leído a través de varios códigos. Los empobrecidos psicólogos piensan que es una diáfana muestra de las claves principales a la locura y esquizofrenia que batió al propio Bloy durante su existencia. Entre los estructuralistas, Roland Barthes, leyó con aclamación las paginas de L'Ame de Napoléon, como: “la récession infinie des questions qu'elle a soulevées, ou dans immobile un autre mot: son ironie”. (Éléments de sémiologie 1964). Pero el Napoleón de Bloy es también la sombra de la insularidad, el espacio entre el mar y la tierra – símbolo encarnizado que quiso conquistar (¿o volver isla? Como nos dice Wirth) al mismo Continente Europeo.
La lectura de Isis Wirth ilumina precisamente la insularidad articulada por Bloy en su apología. Con un impulsivo estilo, Wirth va abriendo las puertas a la intima relación del arquetipo que existe entre Bloy y Napoleón, aunque no es ahí donde cierra su elipsis. Introduce, discute y desmenuza el discurso de la ínsula tan misteriosamente como en aquellas páginas del joven José Lezama Lima en su Coloquio con Juan Ramón Jiménez (1937). Hoy, mas que nunca (hoy, quiero decir desde los sermones de John Donne, donde el signo de la isla es alegoría del hombre) la insularidad nos concierna y nos atrae. En este minúsculo texto, a su vez brillante y de inalcanzable nitidez (¿y por que no? también erudición) donde Wirth, como verdadera connoisseur napoleónica, nos enseña la tensión que existió dentro de la oscura alma del Emperador. Doble misterio del símbolo: Napoleón nació en la isla, pero también fue derrotado por ella.
Gerardo Munoz. Agosto de 2008
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“Insular por nacimiento, insular por emulación, insular por necesidad de vivir, insular por necesidad de morir. Ambicioso de reinar sobre todos los mares, el continente le fue siempre un obstáculo. Como un gran navío presa de los hielos, él fue continuamente presa de las tierras, de las que no consigue desprenderse (…) Él hubiera sido ciertamente el dominador del Atlántico y del Mediterráneo, asegurando con sus flotas los viejos reinos y los viejos imperios, y haciendo una isla de toda la tierra, ¡otra isla inmensa como su sueño! Tacete et ululate, qui habitatis in insula, parecía decir con el profeta Isaías, a cada uno de sus pasos y sin fruto alguno”, notablemente establecía Léon Bloy en “L’Ame de Napoléon”.
Bloy define en una fórmula la insularidad de Napoléon, y la ilumina a partir de esa contradicción “agua-tierra”. Es el continente, la tierra sólida, quien se interpone entre Napoléon y el mar, quien finalmente lo vence, por medio de Inglaterra. Es una inversión, en efecto, pero por ello más reveladora, de que el poder de Napoléon radicaba en el continente, en tanto la isla de la “Pérfida Albión” era su contrario. Bloy apresa el subconsciente isleño de Napoléon al afirmar que hubiese hecho “una isla de toda la tierra, ¡otra isla inmensa como su sueño!”
De esa manera, Napoléon habría visto a Inglaterra como un apéndice de Francia, del continente, como recordaba Thomas Carlyle. Y no obstante, fue Inglaterra quien lo confinó a morir en el islote de Santa Helena. ¿Una ley de la naturaleza? ¿O la expresión de su propia simbólica?
La permanencia de la figura isleña del “exiliado” se extiende dos veces, en Elba y en Santa Helena, sólo que, decía Maurice Barrès en “Les Déracinés”, “ce personage d’insulaire mécontent, qu’il faisait de toute bonne foi, lui fut des plus favorables”, cuando él fue en suelo francés un “veritable exilé, tandis que Byron et Chateaubriand sont des exilés imaginaires”. Y facilita otra clave: “En effet, dès qu’il devint à ses yeux un exilé, il put appliquer son esprit à des réalités”.
Barrès también nos aporta lo siguiente, que estimo esclarece lo decisivo de lo “isleño” en el destino de Napoléon: “Il avait été amené à diviniser Rousseau et Paoli, et it s’était résolu de collaborer à leur oeuvre, mais il sut voir un jour que, pour rester fidèle à sa nature, à soi-même, il devait s’écarter de ses deux maîtres, se différencier du premier et même combattre le second. Vers sa vingt-deuxième année, il fit ce suprême effort de sa formation psychique. L’apprentissage se terminait. En s’associant à Paoli, qui suivait la Corse entière, il eût manqué à sa destinée. Il retira de ce chef populaire son idéal, pour le réincarner dans la France. (…) Notre pays, jusqu’alors, aux yeux de Bonaparte, avait été l’ennemi (…)”.
Para continuar fiel a su naturaleza, desapegada, ese distanciamiento que paradójicamente proporciona lo insular le permitió a Bonaparte el encuentro con la “Fortuna”, en el decir de Barrès. Cabría preguntarse, ¿si no hubiese sido Francia, debido a la circunstancia, cuál país se habría beneficiado de tal inversión de los términos?
Si Napoléon, para León Bloy, quiso hacer una isla, inmensa, de toda la tierra, Nietzsche lo vió certeramente restringiéndolo al avatar epocal: en el “Gaya Scienza”, refiere a la idea de una “Europe maîtresse du monde”, “…de ce Napoléon qui voulait, comme on sait, une Europe d’un seul tenant, et cette Europe maîtresse du monde?”
La otra Isla, Inglaterra, contrapuesta al continente europeo, se atravesaría de lleno, con los resultados conocidos. Por ello, lo dominante hoy es un vástago de Inglaterra, lo cual sin embargo Napoléon previó, al casi regalarle al vástago –el otro Continente- la Louisiana. Es esta tensión entre las “Islas” la que ha hecho la historia moderna.
Isis Wirth
De “Napoléon e Isla” (Tercera parte de Cinco)Junio del 2008

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