Sunday, August 24, 2008

"Un paseo del arquitecto por El Continente". (crónica de viaje)



A mi 'yunta' Lew, quien ayudará en el no muy lejano futuro, a la restauración de las columnas de La Habana.

Desembarcó, como soñó el Admirante, en las soleadas y viejas calles de Sevilla. Lew Vitier, había pensado en su vuelo al viejo continente por ya muchos años, pero era solo ahora cuando encontraba antes sus pies, la lipsoteca del Admirante Cristóbal Colon; esos funestos restos esparcidos y soñolientos que guardan las manos de dos inmensas estatuas de bronce en la Catedral de Sevilla. Pisa también los adoquines que pisaron los antiguos guerreros romanos, y se deja guiar por las húmedas calles donde rodaron los hermosos versos sensuales de Aleixandre. La historia era pulsante, aunque la ignoraba – todo estaba ya allí, y a su vez nada estaba. Todo era y no era, porque todo ya era parte de el.
Vitier, es un joven arquitecto en proceso de realización total. Por su sangre corre la clemencia de la estética, otro de sus dones ocultos. Es un muy cercano primo del poeta cubano Cintio Vitier, aunque el joven Vitier sabe de la envergadura de su parentesco prefiere que no se lo recuerden. El joven Lew sigue los pasos de la tradición de Frank Lloyd Wright y de las posmodernas estructuras zoomórficas de Calatrava; aunque también gusta del arte y de la belleza plástica y musical del hombre. Hemos, como buenos amigos, entablado diálogos sobre el arte y la estética, y aun así se me ha sido imposible convencerlo de la superioridad de Marcel Duchamp sobre Picasso, o la de Gauguin sobre Salvador Dalí. Refuta todo gesto de voracidad vanguardista, y se afilia a la tradición mas fina del Occidente: el rococó, lo barroco o la predilección por el continuismo realista que va desde Vermeer y Millet hasta Claudio Bravo y Richard Estes. El realismo para el arquitecto Vitier, es la cristalización del espacio en el cual trabaja. Comparte, como estética personal la infame sentencia lapidaria de Le Cabussier: "la arquitectura es la única de las artes que realmente vive". La fundación de las artes la encuentra en el análisis del espacio, y es por ello que localiza en el trabajo del americano Lloyd Wright la emancipación creadora del hombre en su estado de purificación subliminal. Pero todas estas palabras calificativas resultan imposibles y huecas para los merecedores adjetivos de Vitier; ya que el joven arquitecto no cree en teorías, ni mucho menos en las postulaciones fabulosas de la literatura o la critica del arte. No hablo de hedonismo o anarquía, sino de su gusto bruto por lo bello, lo que no encontramos en las insensatas paginas de los libros el lo recrea en el autónomo reino del espacio arquitectónico. Primero fue Sevilla. La próxima parada fue Dessau, pequeño pueblo teutón al sur del país alemán donde la conjunción de dos ríos se unen y desunen: el Mulde y el Elbe. Allí se realizaron sus estudios de diseño este verano. Se deleita por la urbanización antigua, las estrechas calles, los adoquines, las aldabas enormes que le recuerdan a la buena puerta cubana de la época colonial, la dilatación de las noches y del silencio común de esos diminutos pueblos europeos. El mismo arquitecto me comenta: "A las seis de la tarde, el ave mas blanca se esconde detrás del cielo crepuscular". Es una imagen precisa, y mallarmeana – así lo percibe el arquitecto en sus rumbos por el centro de Europa; ya que no se siente en ningún momento extranjero, sino como el perfecto peregrino ambulante en su comarca, parafraseando a Lope de Vega. Rememora poco, pero con lentitud y con dicción plástica: me ha dicho que ha visto los rascacielos medievales de Propsteikirche del San Pedro y San Pablo, circa. Siglo XV. Pero también vislumbra en unos de sus rumbos al inminente y desbastador Bauhaus arquitectónico, repleto de bellas litografías de W. Kandinsky en sus interiores. El Bauhaus fue concebido por el mismo Walter Gropius a principios del siglo pasado, estableciéndose como uno de los padres de la arquitectura moderna junto a Le Cabussier y Gaudi. Del primero hemos hablado, no tanto del segundo. Mucho antes había de pasear por los interiores barceloneses; aunque se perdía los lienzos de Miquel Barceló y los muchos museos que pueblan la ciudad catalana. Pero a imaginar, todo no se puede ver! Del maestro catalán, le gusta la prodigiosa forma incrustada de los interiores y las poderosas columnas que se mezclan con las alturas creando la especialidad del mismo cosmos pascalino, aunque lo aturde la religiosidad de sus temas y de los cubículos de la gran pieza que se eleva por las perpendiculares. En La Sagrada Familia, el joven arquitecto se deja seducir antes los arabescos y las profusiones entrelazas en bajas cuerdas, los santos agrupados bajo los arcos y la proliferación barroca del esculpido gaudiano; que dan un sentido del movimiento de las objetos y un inestable sentido de elevación, como en esos cuadros de Tintoretto de índole semi-cinematográficos o en las formas piramidales del gran Greco antes los humos y rayos que conducen al Cristo del elipsis barroco. Todo es sorpresa, todo es palpable. Toca, araña, deja su huella y su polvo; Lew va transitando por metamorfosis intelectual del joven arquitecto americano para llegar a las totalidades europeas. No tiene ansias, ni tampoco falta de alientos.
El recorrido es corto, pero no sus mudas huellas. Pasa por las inmensas piezas posmodernas de Frank O' Gehry que se desdoblan ante sus ojos como un moldeado de cera como si crearan concavidades en las descontrucciones del espacio. El temblor de los metales y de las vueltas que van y vienen, me recuerdan a las inmensas bandas de hierro oxidado en el MOMA de Nueva York por Richard Serra. También están las catedrales góticas y medievales de Praga, Berlín, Munich, y Frankfurt; con el adornamiento común del barroquismo – los chorros chispeantes dorados, y los Ángeles en fugas esquematizando a su vez, los invisibles arreglos de Juan Sebastian Bach en el órgano. Todo como en la magia de las paginas de los libros, como en Bernini o el San Miguel de los jesuitas de la Contrarreforma, nace en las catedrales del viejo continente. A toda esta irradiación de luces y cánticos angelicales; estatuillas que luchan y combaten e iconos desconocidos cuelgan en los púlpitos y en nichos, y con solo alzar el cuello se pueden ver los eternos frescos en las cúpulas y en los arcos que van creando la otra dimensión de la pintura, ese espacialismo circular pagano que intenta llegar a la luz eterna de Cristo, in crescendo. Las ondulaciones, los colores vivos y las figuras en las capillas añaden el tapiz mágico a un recorrido visual entre los espacios mas bellos que el hombre haya podido lograr – la unión de la pintura, la arquitectura y el pensamiento logran su realización teleológica en este ambiente apaciguo. Una hesterotopia de las sinceras epifanías de la fe que retrató brillantemente en sus apuntes sobre la arquitectura gótica, el melancólico René de Chateaubriand: "On habite, avec un plein coeur, un monde vide". El hombre moderno al poner el primer pie en una catedral europea siente como se estremecen las voces y el interior de las profundidades ocultas.
Todo viaje tiene su último zancazo; su parada, el punto ilusorio del rizoma en esta gran discontinuidad por lenguas y culturas. La huella final del arquitecto Lew fue la ciudad tanto de Proust como de Cesar Vallejo: el mitológico Paris. De Paris sobre salen sus gustos personales. La Cafetería 2 Moulin, donde trabajó la eficaz humanista en el film Amelie (Audrey Tautou); las Tullirías y el Chateau de Versailles con sus fantasmagóricos espejos encadenados, el Centre Pompidou, hasta llegar a la alcurnia sagrada de todo artista: El Louvre. Allí están las obras que todos sabemos, no obstante, opta por la revisión cautelosa e inteligente. Se olvida de los Géricault, de los holandeses y de los italianos para detenerse en dos de las obras maestras que solo son dignas de su estadía. El Delacroix de La Libertad y en La infante margarita, una curiosa miniatura de Velazquez – para decir verdad: para que más? Cuantos caminos fueron vencidos, y cuantas fronteras para llegar a ver el casi infinito museo francés en Rue Rivoli? Medita sobre la fuerza piramidal de patio a media luz del día – (piensa callado): 'Este Pei, fue un cabrón, la translucida pirámide es capaz de absorber el reflejo de todo el día'. Dando dos pasos puede sentir y palpar en su yema del dedo el afilado vidrio, aun no dilapidado por el tiempo o por las lluvias. Lo consume la Torre Eiffel de noche, como una dama byroniana vestida de azure; su color de azul mediterráneo nos remonta no a la bandera de la unión europea, sino a las monocronias de Yves Klein. La omnisciencia de la torre es el signo vivo de la arquitectura moderna, imposible de ignorar como dijo una vez Roland Barthes – nos detenemos y somos también ella, símbolo del memento mori y de los wordliness pleasures. En Paris, le aterra la multitud y los precios excesivos, como Walter Benjamin también siente que Paris es la capital de la raíz moderna. Lew se percata, conjeturo, que la noche no termina allá ni tampoco aquí - el transcurso del viaje fue la medida y el pago de la experiencia total. El empezar no está en ese 'aquí' ilusorio del presente, sino en el tiempo 'allá' del futuro de las ideas espaciales. Regresa con estos recuentos e imágenes que yo solamente he fabulado con algunas astucias. Lew es dueño de una memoria olvidadiza, ya que mucho no recuerda. Bien parecería que hubiese viajado sin su lengua materna. Quizá todo fue un licor en la otra esquina del barrio, o en otro tiempo. Quizá, soy yo ese peregrino inmóvil, como reía Lezama, por esas tierras que aun ignoro, pero que conozco a través de tantos textos. No viajó, de eso si no me detraigo, siempre estuvo allí: junto al Delacroix de los románticos, junto al O' Gehry de las blandas realidades.

*Todas las fotos fueron tomadas por Lew Vitier.

Gerardo Munoz
Agosto 24, 2008
Gainesville, FL.

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