Thursday, September 25, 2008

"Antoni Tapies y el arte de caminar" (Nota)


"Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
Tus ojos frente a lo antes nunca visto"

- Luis Cernuda, Peregrino


Caminar por un museo – de izquierda, a derecha, y divagar por recovecos y giros, es como perderse en un laberinto moderno. Recorrer el museo es el camino del bosque cerrado. La luz caliente que emiten los bombillos ilumina las obras y nos atraen hacia ellas. Colgadas, como reliquias del pasado en una necrópolis espectral, el museo es el nuevo espacio moderno para velar los muertos. Estos muertos son sagrados, cuyas voces son colores y sombras. Por ahí se encuentra Monet en plática con Herzog. Todos ignoramos sus palabras con gran resignación. El observador llega al cuadro, lo observa, y termina por abandonarlo – el artista ha muerto; pero la obra queda en la memoria de todo visitante, o mejor aun, en el archivo de la memoria del observador, ese flaneur del presente. La gran decepción en el Harn Museum de University of Florida en cuanto a su renombrada, pero poco interesante exposición "Alice Ever After" de Maggie Taylor, parecía lanzarme patas a fueras del salón cuando de pronto decidí mirar la sala siguiente del pequeño museo. Me llamó la atención un cuadro enorme. A mi izquierda un abstracto de Ellsworth Kelly, adyacente una tela inmensa con un pie de arena o barro que a primera vista dejé pasar. Al acercarme era nada más y nada menos que una obra de Antoni Tapies. El gigante lienzo de Tapies consistía de un enorme pie incrustado como una huella de un gigante de Swift, que cubría toda la tela. En la parte baja del cuadro, dos trapos sucios y negruscos que parecían ser calzoncillos del artista. Me acerqué al pie, y comprobé que toda la fuerza matérica del Maestro Catalán se condensaba en esa huella, una traza que me remontaba a la ruta del Ebro, donde el mismo Antoni Tapies había incorporado una inmensa escultura de acero que figuraban las plantillas de los pies. La obra de Antoni Tapies es la gran obra del siglo XX: un monumento del Tiempo, de la naturaleza de su transcurso por el hombre y del efecto de la muerte. La consternación fundamental del hombre es la muerte. Un aviso que sin conquista llega tarde o temprano, ya que la muerte es la anti-conquista por excelencia. Como decía Heidegger: "El Tiempo es el horizonte del hombre hacia la muerte"'; la obra de Tapies es una prótesis de la apoteosis de ese recuerdo de nuestro inescrutable destino. Venimos de allí, del barro, y hacia el barro vamos. Como los grandes artistas catalanes de este siglo, pensemos en Miquel Barceló, Joan Miro o Casas; Antoni Tapies profundiza más que ningún otro artista en la convulsión de la tierra y el hombre, de la fuerza del origen mitológico de nuestro cuerpo. Solo quedan huellas de lo que fue, y de lo que será. Antoni Tapies, con su materia y cruces, va indicando la ruta al mismo destinatario. Imposible de olvidar que la obra de Tapies también ilustra la posible huella de cada hombre – la pluralidad de un principio. El artista se ha esforzado por maximizar la presencia de la huella en el lienzo – ironía doble. Cada hombre lleva su huella, su ruta de carga arenosa hacia un futuro. Pero también la huella recuerda, con ironía, los pasos del peregrino en el museo. Tapies, con su gran espíritu metafísico, se esconde detrás del lienzo, y se ríe de nosotros. La huella es nuestra marca, lo único que queda impreso mientras miramos la obra de Tapies; y lo que no nos llevamos al seguir nuestro camino por los tabloncillos del salón. La obra de Tapies es la huella del espectador que se repite y se reproduce en el régimen que habita en el mas allá de su lienzo. La obra no trata de implementar la vanidad de la mimesis de la naturaleza, sino su contacto con el hombre – la diferencia de un residuo, la silueta de un pasado. Así Tapies inventa y revive el arte de caminar. Como en los versos de Antonio Machado, la alegoría siempre hace un camino cuando se pisa de frente. Para Tapies el camino también puede ser inverso. Se atestigua nuestro fin con el final apocalíptico del museo, a lo largo del peregrinaje por la sala burguesa. Después de la noche, la huella es invisible (elemento originario de la pintura); pero para Tapies esta vuelve a solidificar esa suma transitoria. Si la vida, o la existencia del presente nos parece sólida; en Tapies la huella arguye lo contrario: lo que se deja (parece que nos susurra el propio Tapies) nunca mas será tuyo. Al final (o al comienzo?), la huella de Tapies es la primera huella del hommo faber saliendo de la caverna.

Gerardo M. 9/25/08 Gainesville, Fl.

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