Thursday, October 2, 2008

Orientalismo en Severo Sarduy: ¿De Donde Son los cubanos?*


"El río se va / siempre / está de regreso"
- Octavio Paz, Salamandra


El filosofo de la deconstrucción, Jacques Derrida, sentenció alguna vez en la revista Tel Quel: "todo comienza con la reproducción". Cuando el joven Severo Sarduy, pone el primer pie en la Francia de los estructuralistas, comienza para la obra del cubano un proceso de inversión cultural o de "recuperación" de lo Cubano. Severo Sarduy en sus primeros años, militaba y ejercía el perverso oficio del ataque y la diatriba como critico en la Revista Ciclón. Estos ataques iban dirigidos contra los escritores punteros de ese entonces (Lezama Lima, Alejo Carpentier, Virgilio Piñera, entre otros), a quienes consideraba como anticuados o arcaicos de la nación cubana. Esta critica desdeñosa, comprueba que Sarduy solo estaba pasando por un proceso de "auto-descubrimiento", y aun más, de descubrir a Cuba.
Como Carpentier junto a los Surrealistas en los años veintes, Sarduy tempranamente traba una fuerte amistad con Barthes, Sollers, Kristeva y Wahl; los perspicaces críticos del estructuralismo de la "nouvelle critique" Europea. Es allí, en tierras lejanas, en la casa de Voltaire, donde Sarduy se encuentra con Cuba. Pero Sarduy no reconoce a Cuba mediante sus símbolos nacionales, ni a través del discurso oficial-literario de Carpentier (naturaleza como metáfora de lo barroco; la música cubana como simbiosis), sino que, Sarduy reconstruye lo Cubano desde el Oriente. Para Sarduy, el origen inicial, o lo que Nietzsche llamaba el "ursprung", se encuentra en el error originario de la travesía de Colon al llegar a las islas antillanas. Como bien dictamina González Echevarria: "Colon (en la obra de Sarduy) esta reflejado en un espejo; es decir, invertido, es el primer error". Sarduy, procede con una metodología interdisciplinaria para rescatar lo 'cubano': por una lado una arqueología minuciosa de la cultura cubana, donde los signos corresponden con el Oriente, y en la otra, una hermenéutica oriental de los textos del Maestro Lezama Lima. Es en este "gesto" de hallar y salvar lo universal en la cultura Cubana, donde Sarduy fija su atención en los signos del Oriente; signos que descubre encarnados en la conciencia colectiva de su pueblo. Incorporando al análisis antropológico de Lydia Cabrera y Don Fernando Ortiz el elemento "Chino", Sarduy propone lo oriental como eje central de la música y del espíritu de la Cubania. Un ataque que estremece las previas teorías, si recordemos que en "La Música en Cuba" de Carpentier o el Contrapunteo del Azúcar de Fernando Ortiz, ya se demarcaban las raíces del país como una dialéctica entre solo lo negro y lo europeo.
En Sarduy, la flauta china (centro de la orquesta cubana) viene a ser interpretada como un símbolo, cuyo significado se esconde en el pliegue de una casi infinita herencia orientalista. Mientras que, en la literatura Sarduy penetra la obra de Lezama, y la coloca en el sistema poético elíptico de lo Barroco, uniendo a su vez la estructura de la pintura del Greco, el juego verbal de Góngora y una fabulación secreta del erotismo oriental. La novela del Maestro, Paradiso, se convierte en un castillo de signos que se transmutan en forma corporal, en un músculo central del primer intento de situar a Cuba en la cosmología universal: el Oriente como forma contingente de lo cubano.
Sarduy, además de emplear un sistema estructural de la escritura, ejerció la pintura como forma pretérita de la escritura. El mismo autor en El Cristo de la Rue Jacob se pregunta: "¿Por que pintas Sarduy?" Para Severo, la pintura y la escritura era una división que se reconciliaba con el gesto de la danza de una imagen que habitaba, como en las concurrencias de Lezama Lima, en las lejanas tierras orientales. La fabricación de un texto para Sarduy, era la composición de un lienzo: el ritmo, la mancha, la traza que fulmina dos roces sucesivos. Como en los cuadros de Cy Twonbly, o Franz Kline, el Oriente en Sarduy toma esa forma de vacío colorido, y operante: habitan tanto el color de una vista, como el estado del pintor. La ruta de Sarduy fue siempre doble: una pintura que escribe, y una escritura pintada.
Con la culminación de su magistral novela, COBRA, Sarduy pone en la praxis narrativa sus teorías culturales. En la novela se narra el viaje de unos travestis a la India, el viaje cíclico de Vico a través de una "era imaginaria". El viaje no es más que el simulacro del último viaje de Occidente a Oriente, de una ultima unión (ese "recobro" del viaje al Oriente de Hermann Hesse). Si la historia no es más que una gran narrativa, con fracturas, giros, discontinuidades, que lo confunde todo: ¿quien sabrá con el paso del tiempo quien pinto las Meninas? ¿Velazquez o Picasso? ¿Quien podrá decirnos si el Oriente es el Caribe, o si el Caribe es Oriente? El regreso al Oriente para Sarduy se confunde con el regreso a Cuba a través de lo Lacan llamó el imaginario. La expedición de Sarduy, como la de Ulises a Ítaca, es un eterno retorno con el fin de liberar una tradición desde las lejanías, mediante una hermenéutica que acopla la forma natural de una misma imagen que a su vez se yuxtapone como el espejo de dos mundos: el Occidente con el Oriente.

* Cierto azar círculo/gobernó sobre este texto. Este escrito originalmente fue publicado en el blog de Emilio Ichikawa a finales del mes de abril. Poco después, el Instituto Cervantes de Madrid bajo la coordinación de Gustavo Guerrero, y del compañero y amigo de Sarduy, Francois Wahl, dieron cita en el Museo de Alcalá para poder ver Oriente de Severo Sarduy, una muestra que hace notar la influencia de las culturas orientales en la obra literaria y pictórica del escritor cubano. Aunque no tuve la oportunidad de leer los textos que componen el catalogo esta exposición, creo que mi nota sobre el "Oriente de Sarduy" es un paralelo que se anticipa a esta exposición de tanta importancia.
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Gerardo Munoz
Abril 15, 2008

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