Monday, November 3, 2008

Barack Obama, votar por el Orfeo Negro (reflexión)

Gerardo Munoz
Gainesville, FL.
Noviembre 3, 2008


Es verdad que Obama no es un santo, pero nadie realmente lo es. La situación en la nación durante estas elecciones; una mezcla de antipatía, desconfianza, y desasosiego, como ninguna otra elección en nuestros tiempos, nos exige una decisión firma y juiciosa. No hablo solamente de la debacle económica en la esfera domestica del país, sino de los problemas que enfrentamos en nuestra casa "globalizada" que cada día que pasa parece mas un manicomio que un mundo pos-civilizado del siglo XXI. Hacia el siglo XVIII filósofos como Edmund Burke, Kant, y luego Augusto Comte, creyeron firmemente en el progreso de la humanidad – sin embargo, sus proyectos de esperanzas se desmoronaron, mientras que ahora es el espectro de Spengler quien nos persigue. Presenciamos a una bélica Rusia que parece reaparecer como un barco que emerge de la espuma roja de la Guerra Fría, mientras que por otros horizontes el circo del saltimbanqui de Hugo Chávez en Venezuela va haciendo de las suyas, aunque, dicho sea de paso, ni el Chavez, ni el parlanchín presidente de Irán, representan amenzas para los Estados Unidos. A esto le podemos sumar la guerra en Irak, y la otra infinita guerra contra el terrorismo que continúa en marcha. Quien sea que gane las elecciones la presidencia, enfrentará una plétora de problemas que ha dejado en la mesa de juegos el "lame duck" Bush. Si ocho años bajo el liderazgo de George W. Bush, el país ha quedado en ruinas, ¿que podemos de esperar de John McCain? Pueda que lo dicho suene tópico, pero en verdad para políticas viejas y beligerantes ya tuvimos la de Bush en doble bandeja. Elegir a John McCain para la presidencia seria volver a las continuidades de una vieja agenda fracasada, o sea que votar por McCain no es una opción. Al menos, como nos señalan todas las estadísticas y encuestas, Obama será el ganador; pero nos queda todavia la realidad del día de "mañana" para ver como las masas se compartan ante un candidato tan inusual en la historia de este modesto pais.

No hay ansias ni confusión al respecto del candidato a votar: hay que votar por Obama. Lo que consterna es como votaran los otros, ya que como confirma Platón y lo comprueba las elecciones del 2004, la democracia puede ser un carnaval para brutos. La personalidad de Obama – su brillantez a la hora de impartir sus discursos, su impulso esperanzador, su inteligencia e historial personal, pudieran ser los atributos a olvidar por las masas. Mi escepticismo en las masas, es como el de Elías Canetti sobre la muchedumbre: el hombre pierde su esencia, y se deja llevar por los otros. Votar por Obama resulta, desde la perspectiva de la Historia, tan radical como votar por McCain. Si votar por McCain seria votar por la miseria y la continuidad de un país en "llamas"; votar por Obama seria votar por un desconocido, que aportaría consigo incalculables riesgos para la nación. Votar por Obama en la conciencia del americano, significa votar contra su "identidad" nacional a nivel simbólico. Si Obama logra el voto popular y electoral, seria el estallido de esa "clash of civilizations" de la cual hablaba Samuel Huntington hace unos años atrás. Salvo la derecha intransigente; las masas, es lógico, quieren un cambio que les mejore su citación micro-económica. Ello le suma una ventaja práctica a Obama, aunque esta no sea una ventaja psicológica. Obama pudiera estar perdido a nivel simbólico de lo que representa la "nación" – esa comunidad imaginaria de la Modernidad.

Podemos decir que el paradigma en la historia de Estados Unidos en cuanto a la Presidencia no ha cambiado en doscientos años. El mismo presidente, o arquetipo de presidente desde el mandato de George Washington, ha sido el mismo. Se entiende que el presidente es un hombre, de piel blanca, protestante (excepción con Kennedy, pero sabemos su final), y patriota. Barack Obama no parece portador de ninguna de estas cualidades históricas, pero sin embargo ha llegado a la nominación y candidatura del partido demócrata. El presidente como institución nacional es parte de todo un engranaje memorial en la abstracción de las masas que solo se decidirá en el día de las elecciones. Obama tiene toda una memoria colectiva a su desventaja, ya que el es prácticamente el "Otro" en términos de identidad. Dos metáforas inmateriales compiten en esta campana electoral: por un lado la mejora económica del individuo, y por otra, una manifestación violenta contra la propia historia nacional. Si la historia juega un papel importante en la victoria política, la figura de Obama también ha sido fabricada como un símbolo anti-nacional por la derecha. Una de las formas que ha sido manufacturado, es esa del "socialista", una especie Robin Hood que le quitará a los ricos para darle a los pobres. Todo una fuerza mediática ha podido sustentar la creación del mito de la fórmula "Obama + Programas Sociales= Comunismo" para lograr la victoria de McCain. Con la ayuda de los "slogans" de la campaña , la derecha ha ido tergiversando la imagen de Obama para falsificar sus verdaderas propuestas. Locuciones como "el cambio", la "esperanza", el "otro empezar", se leen bajo una codificación Neo-McCarthista que se propone unir el arcaico discurso de Guerra Fría con disparatados analisis sobre el miedo a la globalización y al Islam como religion terrorista (cuando en verdad solo menos del 2% en el mundo Islámico es parte del radicalismo del Islam, algo completamente insignificante). Estados Unidos y su derecha han ambientado por todos los francos una diatriba política que pinta y desfigura al Obama como un extranjero. Este discurso se fomenta a través de alusiones a su pasado islamista o amigos comunistas. Todos parecen haber olvidado las conexiones de la familia Bush con los Saudis, o como grandes gerentes de Transnacionales fueron hippies y miembros de la Nueva Izquierda Maoísta en los años sesenta. Aun si Obama fuese comunista o ferviente creyente del Islam, es absurdo creer que Obama pudiera perturbar el funcionalismo institucional de las estructurales gubernamentales. Aunque las relaciones personales de Obama con el intolerante predicador Wright, y sus antiguas afiliaciones con los Weatherman han causado cierta modorra en torno a su persona, esto se debe leer bajo el signo de la publicidad y de la táctica opositora para crear un "shock effect", y no como parte de una realidad.

El tema esencial para mi sigue siendo la raza, aunque algunos expertos digan que el factor Bradley ya no tiene peso. No hablo del racismo como tal, sino del racismo como marca perenne en la memoria colectiva de la conciencia de este pueblo. Obama ha tratado durante un año de campaña; suspender y mantener en la invisibilidad el tema de los negros en su discurso, pero me temo que el efecto será lo opuesto: ese mismo silencio, como decían los antiguos poetas chinos, ha dicho más que mil palabras. Si el racismo a nivel de Estado en Estados Unidos ha mejorado en las ultimas cuatro décadas (Rebecca Kook, ha argumentado que las libertades y derechos cívicos y sociales se han otorgado, pero todavía el negro no forma parte de la reproducción de una identidad de Estado), las masas siguen poseídas por el estigma del color de piel. Este tema suele envolverse en una paradoja. Por un lado los americanos se han integrado (o han integrado) a la cultura popular del 'rap', a la moda de los afroamericanos, y a su jerga coloquial, salvo que a la hora de cargos "serios" el negro siempre es excluido de la normalidad. Para las masas americanas, el negro es un objeto a imitar como producto de comodidad, pero no conforma el líder de una identidad, y muchos menos de una nación. El continúo silencio de Obama, ha puesto en relieve el tema del racismo. Ya Cornell West, por ejemplo, se ha percatado como Obama ha preferido quedarse en el limbo del marco de la identidad. Pocas veces ha evocado su pasado negro o blanco. Obama se encuentra entre esa encrucijada política de callar para ganar votos de blancos (el silencio sobre la raza es el reconocimiento del racismo en las masas) y por otra parte, poner su color a fondo para ganar a la demográfica afroamericana. Sus amigos, patrocinadores, preferencias musicales dan a entender a veces que Obama es también un negro minoritario, otras veces aparece como el estudiante de Harvard, y hombre cosmopolita. Obama, como el Orfeo negro, sabe cuando cantar y cuando callar; esta habilidad meta-discursiva pueda que resulte en ese "upset" de McCain, y de su derrota a la hora cero de la decisión.

Obama, aun cuando es el candidato mas apto para las circunstancias por las cuales atraviesa la nación americana, es el candidato de la duda en los ojos de las masas. Parafraseando a Kierkegaard sobre la esencia de la duda, para el hombre moderno siempre es mejor vivir en el vacío de la credulidad que creer en la existencia cruda. No quiero comparar a Dios como Obama, sino ilustrar que la duda es análoga en el caso del candidato democrata. McCain, por su parte, es la cara de la historia, la estampa de lo eterno, el hombre de la seguridad simbólica, y también el patriota de la nación.

Mi escepticismo no cuestiona la figura de Obama, sino la posibilidad de cambio en la memoria histórica de Estados Unidos. ¿Podrán los hijos de Whitman cambiar su pasado? Parece que la respuesta solo lo tendremos cuando se decida el ganador mañana, cuatro de noviembre. Por ahora, podemos decir que gane quien gane la democracia en Estados Unidos seguirá en pie, las instituciones se mantendrán intactas, los derechos serán respetados, y su hegemonía continuara en el globo. No hay mucho que temer, solo esto: el tema fundamental de la discordia es a nivel de clase social, y no a nivel nacional. De no ganar Barack Obama, moriría el Orfeo negro, que cantaria el fallecimiento de la clase media. Voto por Obama porque el silogismo me lo exige:

(i) Como soy hombre de clase media no quiero morir,
(ii) y si mi vida está en peligro;
(iii) :. no tengo otra alternativa que salvarme, quiero decir, votar por Obama.

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