Wednesday, January 28, 2009

"José Martí y los chinos en Estados Unidos" por la Prof. Araceli Tinajero


“Los desterrados saben que la tristeza que inunda el alma en la tierra, es el dolor mismo del destierro. Hay almas que no saben nada de esto,--porque hay almas-nubes, y almas-montes, y almas-llanuras, y almas-antros."
-José Martí
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Gran parte de la obra de Martí fue escrita en Estados Unidos y publicada en periódicos de América Latina donde un vasto público lector leía lo que sucedía tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Sus crónicas de variadas escenas norteamericanas son algunos de sus textos más lúcidos donde se presenta una fusión del desorden, del caos y al mismo tiempo del equilibrio y la concordancia en aquella época finisecular. Martí escribió con fervor sobre otras minorías extranjeras que vivían en Estados Unidos, como los irlandeses, los italianos y los chinos, por citar sólo un par de ejemplos. En este ensayo me ocuparé de las crónicas sobre los chinos en Estados Unidos. En 1882, Martí escribió para “La Opinión Nacional” sobre el maltrato que se les daba a los chinos:

A pesar del clamor hostil con que los inmigrantes europeos reciben a los chinos en California, a tal punto que es ya allí un grito de combate este grito: “Los chinos deben irse!”, no cesan de ir inmigrantes de Oriente en todos los vapors que de China hacen el viaje a California, donde se les somete a toda clase de ridículas posturas y bochornosos exámenes…. Luego que han sido registrados, y que les han estrujado sus ropas, deshecho sus baúles, destrenzado sus cabellos y palpado su cuerpo, los marcan con una cruz de yeso, como hacen en las aduanas con los baúles, y son recibidos por una de las seis companies de inmigración que retiene al chino en su poder, y usa según contrato del producto de su trabajo, hasta que se resarce del dinero que ha gastado en su viaje. (23: 181)

La discriminación del chino a finales del siglo XIX era un hecho que ocurría no solamente en Estados Unidos sino en Cuba también, como muy bien lo ha visto Francisco Morán (1). Horrorizado por la discriminación que sufrían los chinos y por la velocidad que se sentía al vivir en aquel fin de siglo, Martí escribía: “no tienen los ojos espacio para todo lo que salta en ellos. Ya es el guía de la raza negra que muere. Ya son mineros y ferrocarrileros que se alzan en demanda de monto de sueldos. Ya son californianos avarientos, que tienen celos de los chinos sobrios, y exigen en el calor de los motines, que se ponga coto a la venida de los chinos” (9: 278). José Martí, quien vivió el exilio en carne y hueso, sabía en el fondo de su alma lo que representaba no poder volver a su tierra natal. Esa lucha interna y externa de querer volver y no poder hacerlo se intensificaba y no podía ser más transparente en su escritura: “amo a mi tierra intensamente. Si fuera dueño de mi fortuna, lo intentaría todo. Mas no soy dueño, y apago todo sol, y quiebro el ala a toda águila. Hoy sobre el dolor de ver perdida para siempre la almohada en que pensé que podría reclinar mi cabeza, tengo el dolor inmenso de amar con locura a una tierra a la que no puedo yo volver” (citado por Schulman, 148).
Cierto es que Martí escribe esas crónicas en calidad de extranjero y su mirada hacia el chino está afectada por el hecho de que ellos también son extranjeros. En tierra ajena el exiliado siempre está lejos de casa. La distancia del exiliado es la misma a pesar de que los chinos venían de un país tan, tan lejano y Martí venía de una isla solamente a escasas 90 millas de los Estados Unidos. A manera de analogía, Roberto González Echevarría analiza este fenómeno en relación con la obra de Alejo Carpentier: “in terms of everyday experience, the issue of distance and exile is related to the question that all of us ask when traveling to a faraway or exotic place: Are we still ourselves? Are we the same, or has the trip changed us completely, and how can language signify that difference? How can one be the same in two different places?” (128). La distancia, esa lucha interna, y el arraigo y desarraigo del exiliado, se intensifican en la escritura, por eso es revelador que Martí se haya valido de la técnica impresionista para presentar al chino en los Estados Unidos. Si por un momento analizamos la posición de los lectores de Martí, es evidente que la construcción del imaginario oriental es una construcción de fragmentos que ideológicamente, como la escritura misma, chocan entre sí. Chocantes son las imágenes de un casamiento chino donde se describe así al novio: “no es de Carnegie, el amigo de Blaine, sino de Ynet-Sing, el comerciante chino que se ha casado, sin dientes y sin espina dorsal, con un nomeolvides que ha venido de China” (12: 62). La ambivalencia de este modo de representación revela su lucha interna. Es decir, en la misma crónica, Martí admira con fervor la ceremonia de la boda y hasta llega a admirar cómo los chinos fuman tabacos de la Habana:

Entra la novia. La asamblea se pone en pie en silencio. Sobre la seda roja, tendida al pie del altar, se arrodilla, junto a Ynet, la Linda flor de la China…. Y ofrecen luego a los huéspedes en las tazas menudas té oriental, y por la taza que toma, deja el huésped, envuelta en papel fino, una moneda de oro, que es el óbolo rojo. Pasan luego tabacos de la Habana, que entre los chinos es gran riqueza; y otro óbolo. Y luego es lo más bello de la boda, en que los chinos se parecen a los indios: la novia va a pedir la bendición al chino más anciano. (12: 64-65)

En esa misma crónica, la descripción antitética nos hace pensar en el fenómeno de la Otredad. En términos bajtinianos: “I am conscious of myself and become myself only while revealing myself for another, through another, and with the help of another. … To be means to be for another, and through another, for oneself” (287). Para Bajtin el ‘yo’ significa ser también el otro ya que ‘yo’ soy ‘otro’ a la luz de la Mirada de los demás. Por lo tanto, uno se crea a sí mismo por medio del lenguaje de uno mismo. Y, paradójicamente, las palabras de uno mismo también expresan la mirada del mundo, y el lenguaje del mundo se crea a partir de cómo el Otro me mira a mí, en un interminable juego de espejos.

Anteriormente señalé que Martí se valió de la técnica impresionista para representar a los chinos en Estados Unidos. Antes de seguir adelante, me gustaría repasar brevemente lo que se entiende por impresionismo. El impresionismo fija, sin contemplaciones ni reservas, lo que el escritor percibe instantánea y subjetivamente en la realidad. De acuerdo con Elisa Richter, el impresionismo es “la reproducción de la impresión de las cosas. No es cuestión de cómo sean ellas objetivamente, sino de cómo se aparecen, aquí y ahora, al ojo del observador. El impresionista, al ver un objeto, no se pregunta cuáles son sus orígenes ni sus antecedentes; no lo enlaza a sus causas ni a sus efectos” (citado por Schulman, 392). Ahora bien, al hacer la descripción de un funeral chino, Martí utiliza la técnica impresionista para representarlo todo: desde la procesión, hasta el semblante del muerto que va dentro del baúl. La crónica conocida como “Un funeral chino” fue una crónica sin título que Martí envió a Buenos Aires el 29 de octubre de 1888, y que se publicó en esa ciudad el 16 de diciembre de 1888 en La Nación. En el primer párrafo señala: “hoy hay música extraña, la música de los funerales de Li-In-Du. Vamos con Nueva York curiosa, a oírla” (12: 77). Desde el principio, el escritor toma una posición: él también es un curioso y la música es Otra. La cacofanía estalla en la escritura misma: “Bon, son son! Y el aire despedazado chirría y cruje” (12: 80). Martí ocupa un párrafo para describir las batallas heroicas de Li-In-Du, y lo eleva a la altura de un prócer, de un héroe. Por otra parte, y aquí coincido con Francisco Morán en su estudio, la crónica del funeral sugiere ser un pretexto para dar a conocer y sistematizar a los chinos de Nueva York, de tal manera que el sentido último del texto se vuelve ambiguo.
Por otra lado, en contraposición a la idealización de esa procesión heroica, resalta a principios del texto una descripción impresionista que congela las imágenes y sistematiza la sociedad china de Nueva York. La descripción de la calle Mott se convierte en una suerte de “Matadero” que sigue el orden de sistematización de Facundo. La crónica no pueder parecerse más que a la fusión de esos dos textos; tampoco hay que olvidar que Martí escribió esta crónica para un público argentino: “Mott y sus alrededores están llenos de gente de Asia, congregada para llevar a la tumba con honor a su prohombre Li-In-Du; lleno de los irlandeses e italianos, que comparten con ellos aquel barrio lodoso y fétido; lleno de curiosos de todas partes del mundo, que a millas repletan las calles por donde va a pasar la procesión” (12: 78). En cierto sentido la representación es repugnante y, al mismo tiempo, todo se mezcla: una emoción subjetiva idealizada / no idealizada e impresionista / expresionista. La Mirada ve al Otro deforme y grotesco, borroso. La narración se convierte en ambivalente, como diría Homi Bhabha, ya que mientras el Otro se convierte en algo grotesco y distinto, a la vez se convierte en objeto del deseo. El escrito “enmascarado” trata de reconstruir al Otro pero ese Otro nace, muere y resucita detrás de la misma máscara del escritor. La construcción del Otro, en términos de Lacan, es la construcción del Yo, de un Yo fragmentado, borroso, grotesco, que al igual que el ideal, se convierte en un objeto del deseo inalcanzable con la diferencia que el Otro del momento está presente.

Las crónicas martianas que representan a los chinos en Estados Unidos revelan nada menos que los valores y las preocupaciones del apóstol en aquella época finisecular tan rápida y amenazante. Es por eso que esos textos presentan varias facetas: primero, Martí siente una profunda tristeza por el chino que no puede, ni llegar a, ni salir de Estados Unidos; segundo, idealiza al chino héroe; tercero, admira la cultura china y sus costumbres tan arraigadas, y cuarto, presenta al chino deforme, grotesco y borroso. Como hemos visto, todo eso se llega a mezclar en la misma crónica. Susana Rotker señaló que “la crónica, como el periodismo, no inventa los hechos que relata; pero su manera de producir la realidad es otra. Los textos enviados por Martí como corresponsal en Nueva York no se adhieren a una representación mimética, pero su subjetivismo no traiciona la realidad, sino que se le acerca de otro modo, para redescubrirla en su esencia y no en la gastada confianza en la exterioridad (252). Las crónicas martianas que representan al chino nos muestran en una forma transparente la lucha de clases e ideologías que se vivían en aquella época finisecular en Estados Unidos. Es por eso que la escritura se convierte en un campo de batalla que va del respeto a la idealización y después a lo grotesco. Esos textos sólo representan una pequeñísima faceta de la aproximación modernista hacia el Oriente; las demás facetas nos muestran otras caras, otras caras que poco a poco nos ayudan a conocer la propia. Curiosamente, cuando Martí escribió sobre los chinos, éstos ya formaban parte de la historia cubana y poco a poco contribuyeron a que la cultura de la Isla se enriqueciera formando así una cultura tan diversa y original como la de hoy.
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Araceli Tinajero
City College of New York
*Este ensayo fue editado por Gerardo Munoz para este espacio.
2009

3 comments:

Zoe said...

Magnífico, lo he paladeado largamente. Gracias.

Eufrates del Valle said...

Delicioso articulo.
Tristemente, en la epoca en que Marti escribia estas cronicas, los chinos eran los inmigrantes mas vejados en los Estados Unidos. La comunidad china no obtuvo derechos legales de inmigracion hasta los anos 40 del siglo XX.
No conocia estos textos de Marti. Decididamente no puedo perderme por mucho tiempo de este Puente tuyo, estimado Gerardo.

GerardoFilosofo said...

Gracias a Zoe y a Don Eufrates. Este articulo, sin duda, vale la pena leerlo para no olvidar nuestro gran Pepe Marti.

Saludo siempre,

G