Thursday, January 1, 2009

"Laura Luna, una pintora en Transición" por Sarah Moreno


A pesar de…” es su frase favorita. En el umbral de sus 50 años o ”en medio del camino de la vida” -como diría Dante-, y con una carrera que ha persistido durante más de tres décadas, la pintora y escultora cubana Laura Luna tiene muchos motivos para celebrar: el más pequeño de sus tres hijos acaba de dejar el hogar materno para iniciar sus estudios universitarios. Y como artista, ha sabido sortear obstáculos con el mismo ímpetu del principio: ”Me siento como si tuviera los años de teenager de cuando estaba en San Alejandro, pero con una gran experiencia”, confiesa.
Luna, miembro de la prolífica generación de los 80 en Cuba, de la que forman parte figuras como José Bedia, Consuelo Castañeda, Rubén Torres Llorca y Humberto Castro, fue la primera del grupo que llegó a Miami -un mes antes del Mariel- y comenzó a abrirse camino en el mundo artístico. Treinta años después, sigue dibujando todo lo que le interesa y la inspira en un cuaderno de apuntes, y levantándose temprano para encerrarse en su estudio de la Pequeña Habana y crear, de espaldas a “las mareas del arte”.
“¡Qué insistente soy!”, es su respuesta cuando se le pregunta cómo se siente al mirar hacia atrás y comprobar que ha realizado una sólida carrera. “Tengo sentido de propósito. Sé lo que quiero hacer y no me importa para dónde va la corriente. En eso reconozco que soy supertestaruda, pero tengo que hacerlo porque es una necesidad”.
El momento de cambio que vive en la actualidad es el hilo temático que une las obras de la exposición Metáforas de transición, que presenta en CS Gallery, espacio artístico propiedad del también artista Jorge Chirinos, frente al Museo de Arte Contempóraneo (MOCA), de North Miami.
“No veo las transiciones como nada caótico”, comenta. “Es un proceso, una energía, que si uno lo lleva bien, puede convertirse en algo bello”.
Frente a coloridos platos de cerámica, en los que se repiten mujeres calvas y pequeños barcos, y vestida con un traje blanco a rayas que nos hace imaginárnosla como un miembro de un equipo de béisbol, Luna explica las claves de su obra locuazmente, pero sin caer en el galimatías ”filosófico” que tanto rechaza.
”Estoy en un momento en que no me interesa adornarme con nada. Esa soy yo y me gusto mucho”, explica sobre la ausencia de pelo de sus personajes.
”El barco es una representación de fragilidad atrevida. Un barco de papel es un atrevimiento, porque se puede destruir con tanta facilidad”, añade, señalando la instalación de nueve barcos de cerámica que ha titulado Transición.
”Tengo el número tres, el seis y el nueve repetidos en todas partes”, explica refiriéndose a los triángulos que conforman los barcos. “Tengo tres hijos, los ciclos de mi vida son de nueve años, nací el nueve de septiembre, que es el noveno mes del año. En La Habana vivía en la calle Morro número nueve y mi padre estuvo preso nueve años”.
No le puede dar una interpretación lógica a esas coincidencias, pero responde visceralmente a esa simbología y la incluye en su obra. Esos pequeños detalles parecen haber sido determinantes en la artista que ha llegado a ser. Luna comenzó a leer a los tres años para escapar de la dramática situación del presidio político de su padre. También a pintar, en unos rollos de papel de estraza que el carnicero de su vecindario le entregaba a su mamá. Una de las obras de esta exposición, Con el corazón en la boca –tinta, acuarela y creyón sobre cartón– le recuerda esos primeros dibujos.
”Entonces pintaba con lápices de colores, y para éste me conseguí unos lápices de colores que son de acuarela”, dice, confesando que de niña era muy hermética, y los cuentos de hadas -especialmente “las hadas rusas, que vivían en izbás”- la ayudaban a escapar.
Sin embargo, la comunicación está hoy entre sus prioridades. ”La mayoría de las veces los seres humanos no nos comunicamos bien. Los malentendidos vienen porque asumimos las cosas, por no hablar claro. Es muy difícil vivir pretendiendo lo que no eres”, comenta.
Los platos de cerámica, con cristales a relieve y muchos elementos que cuelgan, responden a esa voluntad de comunicarse. ”Me gusta la obra con cuento, que la gente pueda inventarse historias”, dice frente a Elementos de sobrevivencia.
Cada objeto elegido no es un simple adorno. Las tijeras representan su origen. ”Vengo de una familia en que todas las mujeres tienen habilidad para las artes manuales: son peluqueras, costureras, bordadoras. Yo soy una persona muy concreta, la casa, el hogar y la cazuela…”, dice enumerando su anclaje a la realidad.
Un ojo para combatir el mal de ojo -algo que siempre la ha asombrado-, un caracol que pregona su parentesco con el sexo femenino y un letrero que dice Faith, ”porque hay que tener fe”, se unen a la tijera, al barco y a la taza de café.
”Cuántas confidencias, compromisos y complicidades se dicen tomando una taza de café”, concluye Luna. “En este mundo brutal en que estamos viviendo hace falta la fantasía”.

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