Monday, January 19, 2009

Noche en la Arabia de Aladino (Crónica de viaje fugitivo)




La noche debe esconder los placeres del día, lo que se esconde tras las narices - todo lo que existe, nos quiso decir ese maldito de Freud, bajo nuestra dermis, bajo la conciencia: el placer o el deseo, a el le daba lo mismo. Para mi, sin embargo, suenen o no confesionales mis palabras, la noche siempre es otra. Es la noche de Novalis, con el dulce sabor al melancólico cedro alemán, o es Alberti, con el albatros y el salitre del mar. Dejo la poetización: la noche para mi ha sido siempre un tropos de la memoria, y no un escape fugaz. Más bien, en las palabras del poco leído (es lamentable) Xavier de Maître, la noche para mi es un "recorrido por la biblioteca de mi cuarto". No esto enfado, sino aclaración de agrado. Solo ahí existe para mi la libertad y, muchas veces por fortuna, aunque sea ilusoria, también por momentos la felicidad. Salirse de esto, del registro bibliográfico, muchas veces resulta difícil. Pienso en Quijano, quien no fue entendido y por eso apaleado. Yo por contrario, opto por la mascara y solo así puedo recorrer, como el flanuer citadino, esa Miami pública, que para mí es secreta e ingenua, discursiva y tentadora: la Miami adinerada de Miami Beach, y de bailes en llamas.

Hace poco asistí a unos de esos espectáculos, un tanto carnavalesco de la ciudad. Creo que si aun no existe la mitología de Miami (pido perdón a mis amigos cubanos que se sientan aludidos) no es por no haber intentado, sino por no entender el chiste: Miami es una ciudad de la risa. Es media Nietzscheana, lo digo con toda seriedad. Miami es un carnaval de la risa, muy monstruoso, pero bello; casi como un lienzo del viejo Tiepolo, o como un cuadro dramático del mejor Shakespeare; quiero decir el Shakespeare de "Twelve Night". Miami entonces puede ser cualquier cosa: recinto de agitación política (el Versalles), espacios para la conspiración y el homicidio (recuerdo, jaja, no sin reírme mientras escribo, que un hombre de cierta edad octogenaria, una vez mientras me tomaba un cafecito en La Carreta me propuso si quería ingresar a un grupo militar, parte del Alfa-66 de Frómeta, cuyo nombre era "La Guerra de las Galaxias", o sea era un proyecto secreto), la arena cruda de Miami Beach, las secretas juderías que pocos visitan, los Gogos y shows de travestis, el bar donde frecuentan los empresarios y comisarios de la ciudad, etc., etc. Creo que me he hecho entender. El carnaval, como fenómeno de la era poscapital, esta muy bien concebido: no se aliena a nadie, todos son aceptados. Esta vez, por recomendación de unos cariñosos amigos, fui recomendado al "Aladin's Grill", un lugar sereno, con vista a la calle mas amplia de Coco-Walk, por donde pasan Mercedes con los brillosos y enormes rins, el reggaeton al máximo, y si hay suerte, un rubia enseñando su bustosidad. Solo si hay suerte, repito. Otras veces pasa un pobre que se gana la vida: como un caballo, literal mente como una bestia de equitación, halando y dando brincos mientras que agarra con sus puños dos palos del carruaje. Atrás van sentados, como en la época ancien-regime, una nobleza posmoderna: llevan un iPod Touch y una cartera Guchi. La viñeta carnavalesca pudiera incluir otros frescos, un mural sugestivo: los negros que van y vienen y pasan con sus gorras de colores y dientes de oro, niñas que tendrán unos quince o dieciséis años con unos leggings y una estrecha falda, un viejo con espejuelos negros que sueña con concretar alguna virgen en la linde nocturna (mientras mas joven y tierno el pez mejor), y no falta el turista que ve en Miami lo que ya ha visto en una de esas postales en la estaquilla del aeropuerto: el sol se ha ido. La noche es locura.
Me siento en una mesa redonda de metal, mientras que el camarero llega después de una larga espera a mi mesa:

'Buenas noches, ¿que desea usted? - rara pregunta, ya que todo en el menú era igual: las llamadas pitas.

Nada de raro, es una concurrencia del capitalismo: las comidas tradicionales de las periferias del Occidente se toman "prestadas" y se vuelven un manjar de lo 'raro' o lo exótico, una sutileza con el elegante disfraz del placer imaginario. Clarifico: lo que en Egipto, una pita (un pedazo de tortilla, con salsa, espinaca, y algún tipo de carne) no es mas que un sustento alimenticio cotidiano; en el Alto Capitalismo es un plato regido do por un " inexhausta aura" que se traslada de lo real a lo simbólico, del placer al deseo del paladar.

"Quiero, una pita" - dije. "Una pita de pollo", rápidamente aclare.

No fue fácil, como buen cubano estoy acostumbrado a comer bien, o mejor dicho, a comer como cubano. Por más que quiero alejarme de esos rutinarios arroces y frijoles negros no puedo, por lo que pensé: "Caramba, tanto caminar, para comerme una pita...que hambre que tendré de aquí a media hora". Me di esperanzas pensando que quizás, después me podría tomar un vaso de leche al llegar a casa. Tomé agua por el momento. De repente un tambor rajaba el vacío del patio, y las personas que se sentaban, algunas comiendo, otras no, prestaron atención dejando a un lado los cubiertos plateados, mientras que un cuajar de brillos sonoros, el esparcimiento de la pandereta lanzaba notas musicales como pepas al aire; la ondulación del tambor árabe, con la fina percusión de la mano de un joven hacia que el lugar se vistiera con los cosméticos del Oriente: comíamos en el Oriente. Cualquier lugar en Oriente estaba bien; ya que no importaba, el carnaval no pregunta por nombres. Los acepta.

Como salida del desierto, como del mundo de Aladino y Jafar; saliendo de una carpa de humo artificial de la puerta frontal de vidrio, una bailarina vestida de rosa comenzaba a estremecer, visualmente (se podría argumentar que de otros modos también) el ambiente. Caderas, no como las de Shakira, sino como las que nadie ha visto, y el anca fuerte: curvas que alcanzaban el laberíntico ramo musical de las tamboras, las tapas de los frijoles de las pitas, se caían de los platos. Los hombres, algunos viejos, estaban al borde del paro cardíaco, cuando la joven belly-dancer se acercaba más y más hacia las mesas. Y bailaba, al llegar, frente a la mesa de los comensales: se meneaba como un trompito de cuerda, e incluía fracciones de otras culturas, como los bailes, también exóticos porqué no, del reggaeton puertorriqueño. Ah, la vida fuera de la biblioteca: las formas de la decadencia visual!

Era la flor encarnada en el paño rosa, que sin zapatos, y con un adorno refulgente en el obligo hacia que la digestión tomara su rumbo. La pita, quizás con esto, calmaría un poco más el hambre; después de todo, el hombre come también con sus ojos. Bailaba y sudaba, y la gente aplaudía: muertos de risa, si entender lo que pasaba. Todos miraban al objeto de centro que iba de un lado al otro, y de nuevo en espirales, a todos lados. Encendí un puro (un 'purito' de los chiquitos regalado por un amigo, de marca dominica), jalé y solté el humo. Entreví un cuerpo que se desaparecía con gran velocidad, solo para pocos minutos después la imagen me devolvía a su definición más lúdica. Poca importaba ya la comida. Pensé, no en ese momento desde luego, lo que hubiese sido La Habana de esos luminosos años 50's: con sus bares, Tropicana, los casinos, las rumbas y las mulatas, las casas de travestis donde visitaba Virgilio. Quizás son experiencias como estas, superficiales y sacramentales, las que solo pueden remontarnos a la eternidad de una realidad que bien existe en el pasado. Solo el recuerdo.

Como en la Iglesia, una vez terminado el show 'se pasa el cepillo'. Y la bailarina se acerca a cada mesa. La veo: se ríe, saluda, explica, vuelve a tocarse el ombligo y gesticula. Llega a mi mesa, mien tras que yo todavía, sentado, sujeto mi puro entre el índice y el dedo del medio. Tiene acento español.
'¿De donde eres?' - indago.
'Yo soy de Cuba, me llamo ____" - contesta con una gran sonrisa en su cara.
No es flaca, pero tampoco es gorda. No es la bailarina en forma de laúd, cuyo contorno se modula en las capillas del Oriente, sino una geodesia angular de lo campestre. Lo barroco boteriano tiene aquí sus confluencias con el páramo de unas tierras lejanas: Cuba.

"Yo también, bailas muy bien. Lo sabes, no te lo tengo que decir." - abro la boca para hacerme el bárbaro, ¿qué mas puedo hacer cuando tengo un puro en mi mano?
"Si, gracias. Yo estudio baile árabe, y mira..." - me lanza una tarjeta rosada con ojos de mujeres en pose de estudiosa.
"Tengo una escuela de baile, pero también, todas nosotras hacemos shows, así que, si algún día quieres un show puedes llamarnos".

Se alejo como la noche misma. Un vestido de rosa, caminaba el Miami Oriental que no se agota. Se confundía entre las luces. Yo contemplaba el tránsito de los carros y los coches entre charcos de luces, y me dejaba llevar por el musiqueo desde los altos de un club nocturno que te envolvía. ¿Tendrás nombre? Ya comienzo a tener idea para una novela:

"Una chica de cabellos rubios, encendidos, baila. Se llama Claudia, y es cubana. Sus amigas le dicen "La Ruina del Placer". Baila con sus caderas, baila junta a su cintura en dos, hace bailar a su ombligo...
___
Gerardo Munoz
Gainesville, Fl.
Enero del 2009

2 comments:

juan felipe said...

Por lo visto no se aguanto las ganas de escribir sobre es graciosa noche. Me agrada recordar esos cortos capitulos y volver a vivir asi sea por medio de la lectura esos pasajes de nuestras vidas. Observo aca ciertas licencias del diario vivir al cual lo he expuesto: 'concretar' como sinonimo de consolidar o mejor dicho irse a la cama acompañado esa noche. Solo espero no arruinar ese excelso lexico suyo; buena y refrescante reseña.
Un saludo

GerardoFilosofo said...

Si, pero fijate que Chesterton decia que - la lengua la hacen los paisas (vaya otra palabra), los campesiones, y no las Academias de la Lengua. O sea, debemos escrbir bien, claro esta, pero siempre entre la oralidad y lo escrivain con el proposito de mediar lo suntuoso.
G