Saturday, February 28, 2009

Diálogo con el Ogro Estético (XI): El rostro anónimo de Man Ray


Gerardo M: Sabes algo Ogro, creo que a ningún hombre se le verá el rostro, ya que ningún hombre puede saber con certitud quien es. Para los Judios por ejemplo, el rostro de Dios (como su nombre) es indecifrable, o al menos, solo sera comprendido al final de la Historia. Hoy he visto con mucha inquietud como la perturbadora foto de Man Ray, "The Prayer", se paseaba por mi biblioteca de espectros.

Ogro: Aludes, no tengo dudas, a esa diapositiva del surrealista francés donde se muestran las dos manos, el cuerpo el posición fetal, palpando el culo mismo como si fuese un rostro dolorido, analogo a uno de esos iconos del sufrimiento agónico del Barroco o del Expresionismo?

GM: Si, hablo de esa foto que abre toda una amplia brecha sobre cuestiones fundamentales en nuestros tiempos regidos por la vacua incredulidad de la imagen y de significados vacíos: el trasero se ha convertido en un símbolo escatológico. Esta imagen de Ray, quizás realizada como una de las yuxtaposiciones estéticas que exigía el Surrealismo, hoy sirve de ejemplo de lo que somos frente a un espejo. Recuerdo, y de esto no hace mucho, como Giorgio Agamben, en uno de sus estupendos textos sociológicos, explicaba la fascinación moderna por el rostro y la cara. La idea, de hecho, no creo que sea nueva. Desde el Renacimiento, el ideal (también como lo ha señalado Umberto Eco en sus últimos libros sobre la Fealdad y la Belleza) ha sido sujeto de múltiples reinterpretaciones de la cara como referente de un ideal que afirma ciertos valores, y que excluye muchos de ellos: la Venus de Botticelli, la cara con nariz deformada del Duque de Moltrefelto realizada por de la Francesca, o los siniestros y sobrios retratos de Velazquez en la corte, o las cirugías plásticas de Orlan. El arte del retrato, o sea de la cara, tiene una genealogía, ambigua y multifacética, que sin embargo domina buena parte de nuestro saber visual que culmina en la posmodernidad. El arte del retrato tiene su fin en las radiografías de consumación que se utilizan en las sociedades del alto capitalismo: la cara bella y maquillada que encontramos en cada puesto de revistas. Ya sea Oprah o David Beckham, los Presidentes o una estrella de Rock, un plato de comida o un hereo de la vida cotidiana, todo hoy tiene un rostro como marca de la identidad. La cara por su parte informa al espectador un vasto registro de asuntos acerca de la persona: la calidad de vida, su pasado, su edad, su posición social, y hasta su sexualidad. Por ejemplo, hace poco a traves del portal "Google" pude ver las caras de los adictos de "Meth", o de la droga metanfetamina, donde el rostro se convierte en el deposito del horror y del cambio. Como nos revelan estos registros visuales, la funcion de la cara puede servir como cara de la muerte, una cara de ese otro que la norma excluye al sujeto de la droga. La cara hoy es una firma – como una huella digital que opera en las almas de los hombres, pero a través del más superficial, lo más visible que es la mascara humana, esto le ha fascinado al hombre desde los tiempos primitivos.

Ogro: En Man Ray, me parece Muñoz, que ese afán por la cara queda expuesto por otra de nuestras fascinaciones contemporáneas: el culo. Acaso son la misma cosa? Estamos frente a un espejo de dos símbolos del cuerpo?

G.M:
Ogro, seguramente recuerdas aquello que dice Góngora en el Polifemo acerca de Cíclopes: ese que tiene el ojo supremo es el que mejor ve. Polifemo, rey de la vista, no solo ve, sino que el ver le otorga también el saber, el estar a la altura de los dioses. A diferencia de los antiguos poetas barrocos, Man Ray me parece transformar esa idea de la vista anal en un espectáculo de lo agónico, de la ceguera. Por otra parte, es cierto esta el goce moderno del trasero que vemos en el reggaeton y los bailes secretos de las discos, en las prendas de vestir femeninas o en las competencias de Best Butt. En la fotografía de Man Ray los brazos soban el preciado lugar simulando casi una virgen María al ver su hijo el Cristo, cuando sufre como Ecce Homo: el hijo en este caso, es la cultura moderna, nuestro mundo descabellado por la rapidez de la vida, y por la falta de la misma. La fotografía en parte, es el blanco de ataque de Man Ray: luz, oscuridad, ojo, ceguera, se relacionan frente otro(s) ojos que miran al trasero agónico desde afuera. El trasero se burla de todos nosotros, y parece decirnos que no tenemos salvación. Es por esto que pienso que el retrato de Man Ray es uno de los rostros de lo apolítico. Al no poder figurar el rostro del Mesías, Ray ha optado por una supuesta paródia (para que todos entiendan, y así crear un descuido entre la correspondencia entre obra y espectador), y desarrolla esa atroz crítica del hombre moderno frente a su Modernidad y su historia. Si es que rezan las manos sobre el bulto huesudo, no piden la salvación de la especie, sino el perdón por los horrores.

Ogro: El orden simbólico de la foto de Man Ray también crea un panorama interesantísimo entre los lugares de oscuridad y de luz. Hasta pareciera que las manos vienen a salvar ese vacio de la intromisión de la luz. La luz de la cámara fotográfica es un terror moderno?

GM: Ante una camara siempre somos otros: una traza de otra imagen que nos deja afuera. Y es con la fotografía, como nos recuerdan tantos críticos, que la realidad se comienza a entenderse como un conjunto de luces fantasmagóricas, algo que los impresionistas apreciaron y utilizaron muy bien desde el hallazgo del daguerrotipo. El rostro de Man Ray también pudiese ser leído como un intento de distanciamiento de la luz y de las cámaras, de un regreso a la caverna platónica de la ignorancia y el anonimato. Entrar en la luz, es tambien entrar en la Razón, un camino que puede conducir a una mitificación de lo que aun ignoramos, y acabar dominando al hombre bajo una la universalización de su mundo. Las manos, símbolo central también en esta foto, cubren la emanación de lo secreto – ahí donde no entra luz, ahi donde cae la noche.
Man Ray, sospecho, idea un retrato del futuro de la fotografía misma: debemos entender la banalidad de la imagen, puesto que cada imagen con luz esconde, desde su origen, otras tinieblas y otras muchas caras que nunca veremos, otras que permanecerán en la invisibilidad. Es justamente esa invisibilidad, esa ausencia reticente, el único rostro posible del hombre moderno.

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