Sunday, February 22, 2009

"Gonorrea de artículo!": Colombia (El Espectador) mira La Habana

La cárcel más grande del mundo‏ ("El Espectador") por Javier L.

Hace mucho, mucho tiempo, en un reino muy, muy lejano, habitaba un rey muy, muy viejo, que gobernaba a un pueblo muy, muy triste, que había perdido la felicidad. Se llamaba Cuba. Ése sería un cuento fantástico muy, muy bonito, si no fuera tan cierto. Yo antes de ir pensaba que Cuba tenía una cosa muy chimba y una cosa muy dura. Ahora sé que tiene una cosa muy dura. Empezando porque nunca pudimos hablar con ningún cubano a lo bien. No pudimos entablar una relación de bacanería real con nadie. Todos estaban detrás de nosotros por la plata, a ver cómo nos la sacaban por donde fuera, como fuera. Y ahí no había nada más. Y ese mito de que “los cubanos son tan alegres” es hoy una farsa tan grande que ni siquiera da rabia sino tristeza. O las dos. Porque la alegría en esa isla es tan esquiva que llega un punto en que uno no sólo no la encuentra sino que además se la empiezan a quitar. Dónde va a haber alegría cuando no hay chance de ser lo que querás ser, de viajar adonde querás ir, de soñar, que era lo que no costaba nada… antes. “Yo ya aprendí a no soñar” me dijo un man. Un pelao. “Y a no pensar en cubanas”. Porque allá la segregación más brava se da es entre hombres y mujeres: las mujeres son las que pueden soñar. Un solo sueño, pero un sueño al fin: que un extranjero se enamore de ellas y se las lleve. Un hombre, ni eso. Por eso ni los voltean a mirar. Por eso va desmoronándose su hombría. Qué cosa horrible para un país. Un país de hombres frustrados y de mujeres putas para que se las lleven de ahí. Y rayaba en lo patético el pasar por una plaza y verlos pararse cuando veían a un turista y arrancar con su Guantanamera, guajira guantanamera. Y todos los gringos (gringos es un genérico: para nosotros, cualquier turista rubio en cualquier parte del mundo es un gringo), y todos los chinos (el mismo genérico con diferente fenotipo), se ponían a cantar (cantar es un decir), felices, diciéndose unos a otros “estos cubanos son gente very mucho muy alegre”. Y no. No son. Ya no. Los cubanos no pueden entrar a un hotel cubano, ni alojarse en un hotel cubano, ni comer rico porque en los restaurantes cubanos sólo hay arroz, pollo, o arroz con pollo, y papas fritas. Nunca podrán entrar a un restaurante a comerse el plato que elijan de la carta. Primero, porque no tienen plata. Y segundo, porque aunque tuvieran e hicieran la gracia de entrar en uno, los sapearían. Porque así es que controlan a los cubanos. Los vuelven sapos. Los hacen sospechar unos de otros. Todos de todos. Y así mantienen la zozobra general. Un man nos contó que su mejor amigo casi logra volarse de la isla porque no le contó a nadie, ni siquiera a él. Pero un vecino lo pilló, lo sapió y ahora el man está en la cárcel. ¡Ah!, porque a la cárcel va a parar hasta el que, simplemente, no quiere trabajar porque pa’ qué. Aunque sea un profesional, pero pa’ qué matarse por nada cuando igual se puede morir de tedio sin tener que matarse trabajando. Y en esas mismas cárceles, con esos “vagos”, está también todo el que piense distinto. Algunos podrán decir que es como acá. No. No es como acá. Si bien es verdad que cargamos con una historia de muerte al que piense diferente, sobre todo al que tenga ideas políticas diferentes, hace tiempo que la oposición no tenía tanto espacio para ser. Allá ni siquiera piensan en oponerse a nada. La resignación se tomó las vidas de la gente. No importa lo que quieran ser, lo que quieran hacer, adonde quieran ir o lo que quieran decir, o pensar. Y nadie espera un cambio. Eso es tal vez lo peor de todo. Ya nadie espera un cambio. Lo esperaron. Se quedaron esperándolo. Envejecieron esperándolo. Todos envejecieron, infelices. Desde hace no mucho tiempo, en un reino no tan lejano, gobernado por un rey enceguecido por el poder, se envejece un pueblo muy triste, que perdió la voluntad. Y hay tantas cosas, tantos episodios que ratifican esa zozobra de la Cuba, que por tema de espacio no puedo relatarlos acá. Pero transmito el feeling que nos dejó Cuba a mis amigos y a mí: al final, la respuesta a “¿Qué tal Cuba?”, se hizo contundente: Como pa’ no volver. Algunos me dicen pero parce, qué te pasa, si es una chimba de país. De los que me dijeron eso, ninguno ha ido. Nunca. Al que fue y vivió otra cosa, siquiera. Yo lo hubiera preferido. Pero sospecho que habría que escarbar demasiado. Y no quedaron ganas.

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(*) Nota: Gracias antes que todo a mi amigo, Miguel G., por mandar esta belleza de articulo. Como bien dices es una: "gonorrea de articulo". Gonorreisimo. Pero en fin, me alegra (o se alegra mi tímpano) que todavía existan las divisiones del extenso castellano por nuestras tierras. Golpe en la medula a esos incrédulos (los taxonómicos veladores del lenguaje que aun ignoran la tesis de Chesterton) que arriesgan y dicen que Colombia habla el "mejor Español". Esta nota es un elogio a los coloquialismos sinceros. Es un artículo ético, y para mi, por supuesto, esto es lo mas importante. Lo demás es cuestión de método…como quería Gamboa con el amor y las mujeres. No podría estar más de acuerdo.

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