Wednesday, February 11, 2009

LA OFICINA (relato) – por Lucia Montas*


La oficina donde trabajaba era un sitio en el cual todos estaban aislados por unas paredes de un patético color gris, y donde la computadora era el único amigo. Llegué ese día un poco tarde porque tenía clases y me quedé hablando con el profesor sobre la significancia de la representación del espejo en la obra de Virginia Woolf.
Entrando por las puertas de la oficina, saludé a Miguel que siempre se pasaba abriendo cajas y clasificando libros. (¡Todavía no sé porqué nos daban el mismo sueldo cuando su trabajo era tan fácil!)Solté mi mochila y me senté frente a la pared patética, saludé a mi computadora esperando que esta vez fuera a cooperar conmigo, o sea a no darme problemas.
La oficina estaba compuesta de muchas personas, pero en este día casi no había estudiantes trabajando. Incrementaba el sentido de lo aburrido.
Silvia, la Jefa Grande, se pasaba tomando vaso tras vaso de café y se escondía detrás de su pared gris. Elena siempre andaba con un radio ajustado a su falda (gris) y con sus audífonos. Yo siempre tenía la curiosidad de saber que música escuchaba. Ella tenía una risa alta como un chillido, parecía salir de la boca de una adolescente riéndose de algún chisme que le contaron. A Elena, por contrario le encantaba coquetear con todos a su alrededor aun sabiendo que era demasiado vieja para él único guapo y joven en la oficina...ese Manuel. El era alto con pelo rizo negro, parecía un gladiador griego y siempre le hablaba con una dulce voz a Elena; ella se comía sus palabras. Había algo que me fastidiaba de Manuel: aparecía a la oficina cuando le daba la gana. Hacia de las suyas. En sus ojos se veía la maldad que ocultaba por dentro, pero yo sabía que él no era lo que todos pensaban. Marta, era la única hispana que trabajaba en la oficina. Era una mujer mayor ya con los pellejos colgándole y tenía una papa grande que ocultaba aquel cuello que algún día existió. Siempre estaba pendiente de mí, quería saberlo todo. Era eso, lo que de niños llamamos una gallina: caminando, cacareando. Ella tenía la costumbre de hablarme en español delante de los otros, aunque yo siempre le contestaba en inglés (eso es mala educación siempre me advertía mi madre.)
-Leticia, te ves tan flaca... - solía decirme cada vez que me veía la gallina.
Los demás disimulaban no entender. Callaban.
¡Cuanto detestaba las imprudencias de la gente! De todos. Yo no necesitaba la opinión de ella, para eso tenía a madre. Luego estaba David, que tenía una forma femenina de caminar, dejando la muñeca caer como si estuviera enseñado un anillo. Siempre me saludaba y al igual que Silvia se escondía detrás de su pared gris. ¡Que maricón!
Los otros que trabajaban ahí eran tranquilos, y se entretenían en la computadora entrando datos de los libros que llegaban, al igual que yo, otro dato. Aunque existíamos en la oficina, aislados por las monolíticas paredes, yo estaba muy feliz porque era mi primer trabajado y sabía que pronto escaparía de ahí. Pero, ¿escapé?
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(*)Lucia Montas (Miami) termina su Maestría en Literatura Peninsular y Catalana en la Universidad de la Florida. Los orígenes del hombre suelen muchas veces jugar una partida maléfica: Lucia nació en los años ochentas en Miami. Doble rareza. Es de padres insulares (Dominicanos y Puertorriqueños), pero sus raíces son catalanas, ya que corren de modo vertiginoso y abierto por palabras coloquiales del tigueraje entrelazadas de otras venidas de un Josep Pla dentro o de las tertuliarías del Quatre Gats. Es también directora de coloquios universitarios y autora de un inédito ramito de microrelatos, del cual, no sin placer y animación, nos da a conocer en mi modesto espacio ecfrastico este cuento. Su autora favorita es Merce Rodoreda, pero vale recalcar que le interesa el valor de la prosa bien escrita, de la palabra exacta como ella misma ha dicho, que los feminismos dogmáticos o aun peor, ese neo-nazismo femenino que desemboca en el desquicio de la hermenéutica de géneros. Sus palabras, de hecho, son como dagas. Más que nada, es escritora por vocación, y académica a "la fuerza" (las económicas y sociales, desde luego, esas soeces formas de la vida posmoderna), y una soñadora. Quise decir, una amante de la pulsión de las letras. Le agradezco esta minima contribución, la cual ya enriquece este tributario recinto de intercambios con los otros. Los otros, quienes siempre son los mismos.
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editado & acotado por Gerardo Munoz
Gainesville, Fl.
Febrero, 2009

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