Friday, March 20, 2009

El Tercer Instinto: Influencia del Japón en el Arte Norteamericano (Exposición en el Guggenheim NY)



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"Zen play is an affirmation of life—not an attempt to bring order out of chaos, nor to suggest improvements in creation, but simply to wake up to the very life we are living, which is so excellent once one gets one’s mind and desires out the way and lets it act of its own accord…"
-John Cage

"La caligrafía es el origen del arte, solo que como todo origen se debe sobrepasar".
-Yves Klein



Desde la misma arquitectura concebida por el gran Frank Lloyd Wright a finales de la década de los cincuenta, el Museo Guggenheim de New York ofrece infinitas posibilidades de aproximación hacia los discursos orientales, en especial con ese del Japón. Su blancura, y su forma interior de caracol en espiral, nos hace recordar no solo la vacuidad presente en las filosofías Zen – ese estado mental a que aspiran todos los monjes al llegar a presenciar el vacío satori, sino que su color propio, el blanco, es un significante que crea una estrecha relación con el significado del mismo en la estética japonesa: desde la luminosidad de la luna al vacío, desde la hoja del papel donde se marca con la caligrafía hasta la neblina en los libros de Eón; la transparencia metafísica hasta la nieve como metáfora de la muerte, este ultimo termino reaparece astutamente en Cobra, la novela mas ambiciosa de Severo Sarduy.
Este mes, el Guggenheim expone en sus cóncavas parades, una muestra que busca trazar el tema de la influencia del Asia y el Japón en los artistas americanos desde la precoz modernidad esteta-realista del expatriado J.M. Whistler y sus japonerías hasta llegar a las mecánicas reproducciones de letras japonesas de Yoko Ono, y no dejando ausento a los Maestros del Expresionismo Abstracto, quienes aun en sus tempranos desarrollos mantuvieron un contacto muy de cerca, vía las conferencias del Maestro Suzuki (quien por esos tiempos impactaba clases sobre el Zen y el Budismo en la Universidad de Columbia de Nueva York), las vias del Oriente en el arte. La exposición sin embargo, no intenta yuxtaponer aquellos artistas que sintieron placer por los misterios y la simpleza del Asia, sino que busca en cada obra y periodo artístico un amplio marco epistémico de diferencias y similitudes entre individuos y sus respectivas concepciones orientales, es por ello que los curadores perspicazmente decidieron dividir la muestra en categorías que responden a diferentes concepciones:

i.el Esteticismo y Japón,

ii. Paisajes de la Memoria,

iii.Arte de la Posguerra y Asia,

iv. el Budismo y la Nueva Vanguardia,

v. y finalmente el arte de video y los performances y Asia.

Aunque quizás implícitamente cierto sentido cronológico se mantiene mientras caminamos el caracol del Guggenheim, las divisiones marcan claras transiciones que causan raras sorpresas: fugas hacia lo inesperado y lo transitorio como los silencios y rotundos monasterios, o como los fríos bosques de la China.
En el primer nivel del Guggenheim nos sorprende un cajón de oro radiante concebido por el artista James Lee Byars titulado "La Muerte de J.Lee Byars", con una apertura en el frente y decorado con hojas de oro, cristales, y plexiglás. Las laminas de oro se mueven si el espectador se detiene a verlas. Simple, pero cargado de luz, la caja de Byars nos remonta a los templos iluminados del Budismo, aunque a nivel metafórico también alude a la irradiación de la materia vil, o sea del cuerpo en los últimos minutos de la muerte de las filosofias orientales. El oro, forma de luz y símbolo de la transcendencia oriental, también fue utilizado, vale recordarlo, por Yves Klein en algunos de sus trabajos monocromáticos, y tambien en aquel maravilloso y sutil performance en Francia, donde junto a Jean Tinguely, Klein lanzó monedas y laminas de oro al Sena para mitigar el transito baladí de la economía moderna. En la primera sala de la exposición encontramos las nocturnas imágenes (de la serie Nocturnes, donde Whistler hace uso de la tinta china) de James M. Whistler, expatriado y japonista, quien como Van Gogh o Mallarme en la literatura, se inspiró en los ukiyo-e de Utagawa Hiroshigue para realizar sus atmósferas londinenses. Por estos tiempos la japonerías y las chinerías, como se le han llamado en los estudios de la literatura Modernista tenian un lugar muy especial dentro de los discursos estéticos. No solo Whistler y Van Gogh eran representantes de la pasión por los grabados y los ehons japoneses, sino también Rubén Darío y mucho antes, el cubano Julián del Casal – a quien muchas veces se le veía caminando por La Habana en kimono azul, se inspiraban en las formas de la porcelana china, en los medallones asiáticos, y en las viñetas japonesas como adornos y decoraciones de sus poeticas. En varios cuadros de Whistler podemos ver el mismo sentido de silencio y reflección que encontramos en los mundos de Hiroshigue o Hokusai, los contornos de Edo y el Fuji se trasladan a los bosques y los ríos occidentales (algo que ya habían propuesto el pensamiento de la Trascendencia Emersoniano sus escolios teóricos) para llegar a estado mas alto del arte. Si en Whistler nos dejamos llevar por una bella mujer soñolienta, vestida de japonesa, y ofuscada por jarrones chinos o japoneses; en otras pinturas de la sala como las de John La Farge y Augustus Tack, los paisajes minimalistas estan envueltos en bruma o con una enorme escultura del Buda muestran la clara presencia que el Asia como saber estético dejó en los primeros estetas decimonónicos en America.
Con el estallido de la segunda guerra mundial y la vertiginosa explosión artística en Nueva York, los artistas del Expresionismo Abstracto volteaeron sus sentidos hacia el Oriente y el Japón. Aunque curiosamente Mark Rothko fue dejado fuera de la exposición (seguramente porque los curadores del Guggenheim se tomaron muy en serio eso de la "nacionalidad americana" y Rothko era un inmigrante judío de Latvia), coetáneos como Franz Kline, Gottlieb, David Smith, Jackson Pollock, Philip Guston, Motherwell, o de la segunda generación, Brice Marden, todos fueron influenciados, de manera heterogénea y disimil, por el pensamiento Oriental del Budismo y por las concepciones estéticas. Hay que subrayar que por estos años – y quizás sea esto algo que une en un eje el interés de los pintores abstractos por el Asia, el Maestro Suzuki se encontraba en la ciudad impartiendo conferencias sobre la historia del Zen en Japón. Uno de los alumnos mas sobresalientes fue el músico, aunque también pintor y dibujante de gran talento, John Cage quien sentenció lo siguiente después de haber presenciado las charlas de Suzuki: "We learned from Oriental thought that those divine influences are, in fact, the environment in which we are…Our Business in living is to become fluent with the life we are living, and art can help this". En los dibujos de John Cage, un tanto automatistas, y hechos a lápiz en papel resalta a la vista la calidad del trazo sobre el papel y la espontaneidad por el uso de la linea. En otras ocaciones nos encontramos frente a puros juegos semánticos como en una pieza donde Cage escribe la palabra "HAIKU" sobre las líneas de un pentagrama vacío, los cuales sorprenden por su simpleza y por el trazo caligráfico análogo a los círculos y formas geometrías de Sigi Gibon, el gran maestro de la caligrafía también presente en la exhibición. Y es que si en términos de estilo pudiéramos denotar la mayor influencia del Asia en los pintores modernos americanos, tendríamos que hablar del impacto de la caligrafía en sus obras, un tema que ha sido hilvanado rigurosamente en la bibliografía critica del movimiento artistico.
Franz Kline es sin duda el mayor exponente del enriquecimiento, o del puente entre los trazos de la abstracción de la "pintura de acción" y los brochazos caligráficos de los Maestros del Japón. No por coincidencia, uno de los más hermosos cuadros de Franz Kline, el No. 7 de 1952, fue situado al lado de una caligrafía del Maestro Hasegura Sabano, de quien Kline aprendió mucho sobre el gesto de la brocha como danza. Sorprendentes también fueron las obras casi caligráficas por completo de Jackson Pollock y de David Smith donde vemos trazos caligráficos sobre fondos salpicados por la novedosa técnica del dripping que popularizó Jackson Pollock.
Con la nueva Vanguardia en Nueva York, artistas como R. Rauschenberg, Ad Reinhart, Brice Marden, o Yoko Ono también sintieron la necesidad de acercarse hacia la cultura estética del Japón. En Yoko Ono encontramos piezas muy pequeñas de letras e inscripciones casi inteligibles para el espectador occidental: símbolos y anagramas japoneses sobre papel blanco como una nada. Mientras que en una obra de Rauschenberg que se extiende por más de veinte hojas de papel chino, el artista ha conseguido marcar el papel con una goma negra de automóviles. Los minimalistas por su parte, como Ad Reindhart o Richard Turtle, se aproximaron al Oriente por sus ideas de ausencia, vacuidad, y silencio. En una de las obras de Ad R. se puede ver su reinterpretación de la estampa azulosa del siglo XIII de Xia Gu, que Reindhart ha llevado a un esquematismo azuloso y monocromático. Igualmente Turtle desarrolla con recortes de papel en blanco dentro de una de las grutas del Guggenheim el sentido de lo efímero tan poco visto en la cultura Occidental: nos invita a meditar sobre el color mas conceptual que es el blanco.

Al menos dos instalaciones son memorables en esta amplia exposición sobre el Japón: la primera es la de Sam Hsieh – Un Performance durante un año, y "El Sonido del Hielo derritiéndose" de Paul Kos. En la primera, un video muestra el cambio físico del artista, quien duramente el curso de un año ponchó una tarjeta para tomarse una foto: estamos no solo frente a la transformación de un hombre, sino frente a la transformación y el paso del tiempo mismo, el tiempo que lo cambio y que nos cambia. Un espejo doble. En la segunda instalación terminada por Paul Kos hacia 1970, presenciamos dos bloques de hielo, cada uno de veinticinco libras, y ocho micrófonos que captan el sonido del hielo derritiéndose. Se espera del espectador que escuche la caída (o el sudor, podríamos decir) del agua, mientras que los cubos de hielos se deshacen antes la misma experiencia fenomenológica. Aunque de distintas formas, en las instalanciones vemos la antigua predilección oriental por el tiempo, y por las transformaciones del instante que siempre están ocurriendo ante nuestros ojos, algo que solo el Occidente con Heidegger, descubrió en pleno siglo XX.
La exposición "The Third Mind" no solo muestra como artistas americanos durante muchas décadas han ido apropiándose del sentir y el saber Oriental, sino que también nos envuelve en otro estado mental, quizás ese tercer estado de fuga al cual alude el titulo de la exposición. Superponiendo textos de Ezra Pound (Cathay) y Allan Ginsberg, Suzuki y John Cage, W.Butler Yeats y Kerouac; la oposición entra en una dimensión textual de otra cultura poco visible en America, lo cual da una amplia medida de las cercanías como también las lejanías que pueden existir entre el tiempo y el espacio de nuestras culturas. El Oriente le sirvió a America para reconciliar su excepcionalidad y su aislamiento, y así llegar a orientar un camino, profuso y multifacético, hacia creaciones que destruyen los códigos binarios y logocéntricos que existen, y que han existido desde los orígenes del mismo Mediterráneo.

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Gerardo Munoz
Marzo de 2009
Manhattan, Nueva York
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*las fotos fueron tomadas por mi, incognito

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