Tuesday, March 24, 2009

La Filosofía del Arte en Cuba (la obra de Leonardo Gutiérrez) por Gustavo Pita Céspedes.


(Cabeza Dura - Leonardo Gutierrez)
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Una de las peculiaridades del enfoque filosófico de una obra de arte con respecto al que es propio de la crítica artística, estriba quizás en el hecho de que la filosofía puede interesarse en cualquier objeto individual como microcosmos, cualquiera que sea el estadio de su desarrollo, sin imponer a este una pauta o ideal de perfección ajeno a su propio "concepto" o esencia y sin prejuicios referentes a su relativo mérito, importancia o representatividad .Por eso, aun lo que puede resultar inmaduro o deficiente para la crítica desde el punto de vista de la comparación con otros objetos afines, no lo es en modo alguno para la filosofía, a la que no le interesa más compromiso que el que pueda tener el objeto dado consigo mismo como potencia. Por eso, si bien se dice que una crítica irresponsable puede deformar al artista creando en él una autoimagen inadecuada que poco tiene que ver con su verdadera realidad, lo cierto es que en el caso de la filosofía, que aborda la realidad de todo objeto como un horizonte de posibilidades, es su deber ayudar al artista a convertirse en un artista verdadero, acercando lo más que pueda su realidad a su posibilidad, su acto a su potencia, su ser a su poder ser, porque para la filosofía no hay otra verdad que esta coincidencia de la realidad con su semilla o arquetipo, no hay otro artista que el que busca su realización como hombre, ni otro arte que el camino por el cual el hombre busca y encuentra la verdad sobre sí mismo. La crítica, a veces, por salvar al artista mata al hombre, pero ¿como podría la filosofía salvar al hombre matando al artista?...

En el caso de Cuba, la visión filosófica del arte es, además, una peculiar necesidad, porque, al menos durante todo el siglo XX, el pensamiento filosófico nacional se ha desarrollado más bien por la vía de la ciencia y, sobre todo, por la del arte, evitando la de la filosofía profesional que ha sido o muy académica o insuficientemente abierta, bien porque no ha alcanzado a ver la realidad desde la nebulosa de sus categorías, bien porque no ha querido verla acosada por toda una serie de temores y cargos de conciencia. Y en un momento de transición como el que vivimos, en el que el pensamiento filosófico tiende a degenerar en los extremos de la aceptación acrítica o la crítica intolerante, cuando aún el verbo literario peca de tendencioso por la inevitable cercanía del concepto y la pasión en la palabra, acaso no hay mejor vehículo que la imagen plástica joven, sensible por excelencia a los problemas de su país y su tiempo, para ofrecer una visión equilibrada de la realidad, que no alcance a pervertir en conjuro, definición o consigna una riqueza de la que depende el futuro. La Cuba del mañana habría que construirla, no con el machete o la pluma, sino con el pincel y el cincel...

Profunda es pues la deuda de nuestra cultura con el arte, sobre todo el joven. Y la crítica artística al valorarlo debería considerar que ese arte está cumpliendo una función cultural mucho más amplia que la artística. Por otra parte, no deja se ser significativo y revelador el hecho de que aun hoy son justamente los jóvenes creadores los que sienten que su obra necesita de una valoración filosófica, mientras que los filósofos permanecen ciegos a esta demanda y las implicaciones cognocitivas de un arte joven que está produciendo sin embargo las intuiciones básicas o la materia prima para el pensamiento filosófico nacional.

Asi por ejemplo, en la obra de Leonardo Gutiérrez uno no puede dejar de sentir tras la forma artística el trabajo del pensamiento tratando de abrirse paso entre un monte de antinomias. Pero es un pensamiento cuya conceptualidad no se expresa directamente en la palabra, sino quizás en el componente intelectual de la imagen, un pensamiento que por razones personales e históricas no puede o no quiere recurrir más que a la lógica de la imagen para expresar su propia lógica. Con un tema tan complejo y quemante como el de la génesis, el desarrollo, florecimiento y crisis de su cultura, no le bastan categorías elaboradas en latitudes menos ardientes. Su obra es por un lado el testimonio de las vicisitudes del protopensamiento nacional y por otro, del verdadero sentido del conceptualismo cubano tan distinto en sus motivaciones del europeo. En ella encontramos un concepto criollo que no está dispuesto renunciar a la sensualidad, la pasión y la belleza, que se resiste a la transmutación alquímica de la imagen en categoría, del sentido en significado, o acaso una imagen cuyo destino fatal es ser concepto. Concepto artístico de la voluntad cultural de una nación que no ha alcanzado aun la síntesis de lo destructivo y lo constructivo, de la comedia y el drama, del juego y el trabajo, de lo chistoso y lo serio. Nación apenas esbozada que persiste en la magia de ser la imagen de sí misma.

Muchas son las sugerencias protoconceptuales que deben los filósofos a la creatividad incansable de este Leonardo trinitario: Cabeza esculpida en mármol que no alcanza a ocultar la persistente sonrisa de tres bellas esculturas naturales; pudor católico de la muerte que no puede refrenar el impudor afrocubano del cráneo en prenda de culto. Cuerpo robusto que con un brazo sostiene el vacío y con el otro el machete en alto, revelándonos en su discreción el gesto, la actitud cubana de envolver y cortar; machete que es arquetipo de libertad negativa: la que deja una promesa perenne sobre lo chapeado. Filtro de agua que pende sobre otro "filtro"- de ideas - que brotan no de la boca, sino del "pito", creatividad apolínea obligada a expresarse en forma dionisíaca. Juguete-escultura con base de tente-en-pie y torso de guardián budista; Sísifo criollo condenado a levantar perennemente la carga del sí mismo; porfía cubana del combate convertido en juego nacional. Anillo pendiente - ciclo a la espera de cerrarse - prenda que puede adorarse, añorarse o temerse, pero también usarse, extraviarse o perderse ...Como en la clásica maniobra del choteo cubano, en la obra de Leonardo lo bello es elevado hasta su mayor grado de elaboración y exquisitez para después ser inmediatamente suspendido y cuestionado. Lo bello es relegado a la función utilitaria de revelar su propia insuficiencia o inutilidad. El hombre - el cubano - se revela en esta obra como un antidemiurgo capaz de crear un rosario con el que él mismo no puede rezar. Pero lo maravilloso de todo esto es que también en ella, a la inversa, la actitud crítica resulta por lo mismo magnánima, su destructividad nos construye un monumento, la ironía y la burla nos dejan una obra de arte concreta como flotando en el vacío de una urna de cristal, el espíritu que siempre busca el mal termina por hacernos un bien y el resultado de "la maldad" – que, como decía Martí, "irrita a la bondad" - es a pesar de todo una cosa muy bella...

La distancia y el silencio de su retiro europeo ha propiciado acaso que el autor se aventure ahora en una nueva etapa de su creación artística y que, quizás por apenas un momento definitorio, la sucesión casi delirante de imágenes sea sustituída por la gradual descompactación del potencial de intuiciones contenidas en la más vigorosa. El creador, ha empezado a abandonar el abigarramiento del valle y comienza a ascender a golpes de cincel por la cuesta rocosa de sus visiones hacia la cima de una única imagen escueta. Por alto que trepa no pierde de vista la gravedad de su centro, siempre en riesgo de ser arrastrado al infinito o a la ambigüedad – inicio y término – de una costa por los inescrutables vientos del Caribe. El tente-en-pie negro abandona la sala de su casa, para interpretar, convertido en isla que flota, lo mismo en el océano que en el pequeño mar interior de encumbrada piscina cuyo borde desemboca en la perspectiva del Mediterráneo, la trágica metamorfosis de los negros de Landaluce. Es, en realidad, su isla la que presenta los puños, los levanta y los vuelve a bajar, porque los brazos, a fuerza de desesperar la esperanza se han vuelto tan pesados que ni su rigidez metálica puede sostener ya la cabeza cargada de pensamientos-imágenes. La silueta del negro-isla se ha convertido de pronto en la de un caimán que se encorva cual signo de interrogación. La Isla, en su dubitación caribeña, se inclina y saca la bemba. Su hinchado labio inferior parece una península...
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Gustavo Pita Céspedes
Filosofo Cubano

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