Tuesday, May 26, 2009

Diálogo con el Ogro Estético (XIV): El monstruo libresco de Arcimboldo


G.M: Ogro, me ha parecido ver en mi biblioteca hoy, mientras habría uno de los tomos de Garner, al espectro grotesco de Arcimboldo. Una de esas caras compuestas por fragmentos de lo cotidiano que tanto le gustaba representar al gran pintor de Milán.

Ogro: Hablas de ese maestro de pesadillas que es Giuseppe Arcimboldo, manierista y pionero del arte del retrato moderno. Acaso la extrañes de sus cuadros se debe a que encierra, ya desde el mismo siglo dieciséis, el arte de la expresión abstracta y de lo moderno: solo desde lejos, de cierta distancia fría, podemos ver los rostros floridos o fruteros de Arcimboldo, ya que si nos acercamos la imagen parece desintegrarse en colores, o lo que es peor, en elementos disímiles a las composiciones del rostro, como son las flores y las frutas. La modernidad de Arcimboldo está también en el rostro, en la identidad que luego la fotografía y el daguerrotipo harían suyas.

G.M: Lamento decirte sin embargo que no ha sido un retrato compuesto por frutas ni flores el que he visto en mi anaquel, sino ese retrato escuetamente titulado “El Bibliotecario”, y uno de las mas famosos de Arcimboldo, compuesto por un conjunto de libros que también recrean la ilusión de un rostro. Lo que mas me llama la atención de este retrato de Arcimboldo es su modernidad, o mejor dicho, su aire contemporáneo. Y es que el sujeto del cuadro no es el tal Lazius, miembro de la corte de Ferdando y Maximiliano de la casa monárquica de Habsburgo, sino un fino arquetipo del coleccionista de libros. Aunque hoy los libros, ese objeto geométrico casi siempre de forma rectangular que llamamos “libros”, ha estado con nosotros desde mucho tiempo, no fue es esto cierto cuando entendemos el desarrollo del libro durante el tiempo de Arcimboldo, quien vivió en el siglo XVI. Como nos han dejado claro algunos historiadores, el libro como objeto de comodidad, o sea reproductible y de alcance a las personas de todas las clases sociales no aterriza en la historia hasta mediados de los 1500’s, cuando la tecnología para imprimir se vuelve una técnica para la reproducción mecánica de textos que solo estaban al alcance de eruditos, monjes estudiosos, y de las clases adineradas. Si bien la Edad Media se caracteriza generalmente por la artesanía decorosa de textos escolásticos en lo que se llama el arte “iluminista”, con la invención de la maquina movible de Guttenberg y los talleres para reproducir masivamente libros se da paso a la Modernidad que hoy conocemos como la era de la abundancia del saber, como lo ha dicho Gabriel Zaid en su libro sobre los libros en el mercado posmoderno. Pienso ante todo en ese bello libro escrito hace un tiempo, “The Coming of the Book” (libro que además subraya que la traducción de la Biblia de Lutero al vernáculo puede considerarse el primer “best-seller”, hace que sonriamos un poco), donde se analizan todos los pareceres y las políticas del nacimiento del libro en sus primeras facetas de producción. La pintura de Arcimboldo me hace pensar en estos procesos que se establecen entre la fina línea de la erudición medieval como etapa histórica-estética de lo sagrado, y la racionalización y la abundancia del coleccionismo moderno. Otro pionero en el coleccionismo de libros un poco después fue el entrañable amigo desequilibrado Alfonso Quijano, como se comprueba en las primeras páginas de la primera parte del Quijote.

Ogro: También me parece que el hecho de que los libros estén todos cerrados, el retrato compuesto de libro y el aire de “pose” para el cuadro hace ver una cierta crítica al coleccionista por parte de Arcimboldo, no te parece?

G.M: Primero, creo que es imposible hablar de un “coleccionista” como tal en el tiempo de Arcimboldo, o de un concepto establecido de lo que hoy llamamos coleccionista. Aunque comenzaban a aparecer este nuevo tipo de personas, Arcimboldo no tuvo en mente al coleccionista al ejecutar su retrato. Lo que si es visible en el cuadro de Arcimboldo es un aire de parodia, o de ironía hacia aquel que colecciona libros y no los lee, lo cual es la base del coleccionista, como ha señalado Walter Benjamin en su hermoso ensayo sobre desempacar los libros de la biblioteca. El cuadro de Arcimboldo es un referente visual, a lo que el libro alemán de esos tiempos, “The Ship of Fools” (Das Narrenschiff de 1494), fue en la literatura: una crítica sobre el nuevo hombre intelectual, que atesora sabiduría, pero que no estudia y que poco le interesa como profesión los placeres de la inteligencia. Puedo citar los versos de ese panfleto, de la sección titulada justamente “Sobre la inutilidad de los libros”, que de cierta forma parecen describir en ecfrasis la obra de Arcimboldo: “I, too, have many books indeed / but don’t peruse them very much; / why should I plague myself with such? / …A Dommie I well could be / And pay someone to learn for me”. La lección de “El Barco de los tontos”, como en el cuadro de Arcimboldo similar: mientras que la reproducción de los libros ha permitido que la gran mayoría de las masas se instruyan, la producción en masa también ha dado paso a la aparición del coleccionista y seudo-intelectual. Arcimboldo se ríe y pone en un espejo al nuevo coleccionista y “erudito” de su tiempo: aun cuando el intelectual posee muchos libros, es incapaz de crear con la base de lo aprendido.

Ogro: Resulta curioso entonces que los Surrealistas hayan adoptado a Arcimboldo como uno de sus precursores pictóricos, puesto que los cuadros de Arcimboldo se colocan dentro de un contexto histórico muy estrecho, como ese que veníamos hablando de la tradición del libro en la historia moderna del Occidente. Que podemos decir al respecto?

G.M: Creo Ogro, que los Surrealistas entendieron solo parcialmente a Arcimboldo, quiero decir que lo entendieron solo en términos de forma. Si se quiere Arcimboldo es un pintor surrealista, o hasta expresionista abstracto en el sentido de Bacon, donde la imagen de convierte en una forma abstracta mientras uno se acerca al cuadro. Pero en la misma figura de Arcimboldo vemos a un hombre que se ríe de sus tiempos, y que como El Bosco, fue uno de los pocos artistas en la historia de la pintura en tomar lo grotesco y lo feo como patrones de la estética. El formalismo de Arcimboldo siempre intuye una realidad, bajo esta lectura su pintura entonces tiene poco que ver con la estética de lo “maravilloso y del azar” que buscaban diariamente los surrealistas; sino una crítica de los personajes que ya nacen con la conciencia del ser moderno, para el cual nada es nuevo salvo la muerto, donde solo el vacío se puede llenar con el consumo del capital. La ironía de los libros de Arcimboldo nos advierte de ese peligro de acumulación de saber muerte, o como Cicerón que se reía de todo aquel que se afanaba de poseer más de cien manuscritos. “Para que tenerlos?” – indagaba el romano, “sino no tenemos tiempo en solo una vida de leerlos”.

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