Friday, May 29, 2009

La ciudad y la máquina en la pintura de Ángel Acosta León (ensayo)

(El aguila. Oleo en masonite. 124x122.5)


Para mi amigo Jose Luis, Maestro y enorme conocedor del arte cubano


"L'ocean même s'est ennuye de lui"
- Charles Baudelaire



La primera vez que vi un cuadro de Ángel Acosta León no fue en el Museo de Bellas Artes de La Habana, sino en una pequeña galería en la ciudad de Miami. En el fondo de la sala se entreveía un cuadro gris que parecía una foto manchada con turbias máculas, el cual apenas se podía discernir a la distancia. Al acercarme pude distinguir los vagos elementos de aquel lienzo: era una guarapera con tornillos y tuercas que parecían caer en el suelo. La imagen de la guarapera estaba encerrada por un círculo negruzco que flotaba en el fondo blanco de la tela. Ese primer encuentro con Ángel Acosta León marcó una curiosidad por un pintor que apenas era nombrado en las tantas monografías que existen sobre pintura cubana. Pocos meses después vislumbré una obra de Ángel Acosta en una de las escenas de la película Memorias del Subdesarrollo de Tomas Gutiérrez Alea. Ángel Acosta León, como sus lienzos de grises piezas mecánicas que se descomponen y se desensamblan en la presencia del espectador, fue un pintor espectral que vivió en La Habana de los años cincuenta y sesenta. Un pintor que dedicó toda su corta vida al arte, y a dejar plasmado las aterradoras máquinas de su visión surrealista.
En el mes de diciembre de 1964 un joven pintor cubano llamado "Acosta León" por algunos, o "Angelito" [1] por otros, se arrojó al vacío de las aguas del Atlántico pocas horas antes de que la fragata anclara en tierras cubanas. Así murió Ángel Acosta León tras su regreso por el continente europeo. Regresaba a Cuba después de exhibir sus telas en Paris y Ámsterdam, donde fue recibido con una afable recepción por la crítica de entonces. Nacido en 1932 en La Habana, la muerte de Ángel Acosta León mitificó la estrecha y precoz obra del pintor, la cual en apenas nueve años pudo consagrarse como una de las obras más interesantes de la plástica moderna cubana. En la obra de Acosta León discernimos la esencia de artefactos futuristas de topo tipo: cafeteras, colombinas, ruedas, juguetes, carros, tranvías, relojes; pero la unidad en esta heterogenia simbología es por excelencia la ciudad. A desigual que los lienzos coloridos de Portocarrero, la plástica de Ángel Acosta León no recrea el ambiente habanero en su forma. Como el flâneur citadino, Acosta va dejando con sus pinceladas, huellas, las partes, fragmentos de la invisible ciudad en ruinas. El mundo surrealista de Ángel Acosta León giraba sobre esos arquetipos monstruosos: la máquina deshumanizada proponía la cercanía entre el hombre y su producción técnica.

La vida de un ángel es fugaz. El joven pintor termina sus estudios de escultura en San Alejandro hacia 1955. Le apasionaba la pintura, pero proviniendo de una familia pobre, a Acosta León le era imposible darse el lujo de poder dedicarse plenamente a la pintura. Vivía en un cuartucho pequeño en Belascoaín, y mantuvo varios trabajos durante su vida. Fue desde chapista a conductor de guaguas de la Ruta 12 de la ciudad de La Habana. De esta última profesión, el pintor se nutre para dejar plasmado su universo automotriz y futurista: la rueda, y la velocidad de las guaguas se le insinuaban en fúnebres pesadillas que serian reasentadas en sus lienzos. La personalidad de Ángel Acosta León era como sus pinturas; de matices grises y pálidos. El pintor prefería la soledad y el silencio, a la compañía de amigos o conocidos. La vastedad del espacio del mundo lo aturdía. Lolo de la Torriente ha dejado un perfil sombrío del pintor: "Sus rasgos siempre tristes, su cara taciturna, y como agraviado. Cuando le preguntaba '¿Que te pasa?' – el decía: 'Nada, no te preocupes por mi" [2]. Esa alienación total del mundo creaba a su vez el espacio para la creación. Ángel Acosta no podía dejar de pintar todas las noches. Tiraba la tela en el piso como Jackson Pollock, y comenzaba a esbozar trazos hasta que llegaba a la distinción de una efigie imaginaria. Muchas veces trabajaba en dos y tres cuadros a la vez, dudoso de su talento, siempre decía que sus cuadros no estaban terminados, o que les faltaba algo. Vivía como un ser completamente dado a la creación, en su torre de marfil, pero presentía que estaba condenado a una temprana muerte. Parte de la angustia de Ángel Acosta León residía en su enfermedad de sífilis que heredó de su padre. Cuentan sus amigos que muchas veces, el propio Ángel Acosta contempló la posibilidad de lanzarse de un edificio. Este carácter existencial y alicaído rigió la personalidad del artista hasta su muerte. El perfil psicológico de Acosta León nos recuerda mucho al pintor Jonás, personaje ficticio de uno de los cuentos de Albert Camus en L'Exil et le royaume. Camus relata la vida de un pintor, que tras el éxito de una exposición se decide a pintar un mural que nunca termina, o que apenas empieza. Después de una la larga reclusión de la sociedad y de su familia, con el propósito de terminar su "obra maestra", un amigo comprueba que el pintor solo ha escrito una pregunta sobre su existencia en el lienzo blanco. Ángel Acosta León también pintó con ese miedo existencial que le imponía su destino hacia la muerte – sintió inseguridad de todo lo que le acontecía en vida, y hasta de su propia obra. En un cuadro autobiográfico, Cruces y Caras (1959), el pintor sistematiza su desequilibrio entre la vida y la muerte; la cruz (símbolo de la sífilis) era también su testamento lúgubre. En el cuadro se materializa como el mismo artista encierra su rostro dentro de una tumba del subsuelo. Usando un pálido rojo, el artista pinta un rastro de sangre en su rostro, y atestigua, como si estuviese ante un espejo, la presencia del sufrimiento, y de su inminente muerte.


(Caras y cruces. 1959)

El dolor estuvo acompañado al éxito en la vida del pintor. La pintura de Acosta León se da a conocer en la escena del arte cubano a finales de la década de los cincuenta cuando en 1958, junto a otros artistas, expone una serie de cuadros en Círculo de Bellas Artes de La Habana, y su tela titulada La Familia en Ventana, obtiene el premio del salón. El galardón rápidamente alza su nombre al nivel de otros grandes pintores de la época. Pasará un año para que Acosta León tenga su primera exposición personal en el Lyceum con una serie de autoretratos. Dos años después, una exposición en Casa de las Américas lo eleva a las esferas internacionales, dando paso a relaciones con otros prominentes pintores latinoamericanos. Con la ayuda de Roberto Matta, el surrealista chileno, Acosta León sale de Cuba en el 1963 donde expone, no sin cierto éxito, en las galerías europeas como la Charpentier de Paris, y la d'Eendt de Armterstand entre otras. Durante su estancia en Europa, de la cual había de regresar en diciembre del mismo año, el pintor conoce a Haydee Santamaría, quien le promete un estudio en La Habana y una extensa exhibición personal. Estas promesas nunca llegaron a cristalizarse, ya que Acosta León nunca llegó a La Habana. Nos quedó, sin embargo, su obra como testimonio de un gran artista. Pero, ¿como categorizar la pintura de Ángel Acosta León? ¿Puede la pintura de Ángel Acosta León ser parte del canon del arte cubano? ¿Cuáles son los elementos de la pintura de Acosta León?

(Familia en la ventana 1958. Oleo en masonite)

Algunos críticos encabezados por Graziella Pogolotti ("Revelación de la maquina en Acosta León", y "Expresionismo en la pintura cubana") han caracterizado la obra de Acosta León como otro eslabón en la edificación del discurso de lo 'cubano' en la historia de la nación [3]. Aunque la obra de Acosta León está apenas empezando a ser estudiada, los críticos suelen leer su obra apoyándose en tipologías temáticas del pintor para forjar una identidad de lo "cubano": las palmas bélicas como símbolo nacional contra el imperialismo, la guarapera como signo de la historia de la azúcar, las cafeteras como remembranzas de la cultura del café en la isla; son algunos de los elementos ya demarcados por Graziella Pogolotti, Adelaida de Juan, y Emilio Barcia. La pintura de Acosta León, de igual modo, ocupa un espacio que transciende las configuraciones de una identidad nacional [4]. Primero, debemos tomar en cuenta que la pintura de Acosta León se realiza durante el periodo de la abstracción en la plástica cubana. El titular "Grupo de los Once" con artistas como Hugo Consuegra, Antonio Vidal, o Guido Llinás revolucionaban la pintura cubana con formas que extraían de las formas abstracta de principios de siglo como Malevich, y de los expresionistas abstractos de la Escuela de Nueva York, representada por artistas como William De Kooning y Mark Rothko. La plástica de Ángel Acosta León viene siendo una excepción a este movimiento abstraccionista en el mundo del arte cubano de los años sesenta. El estilo de Acosta León es una forma híbrida entre el figurativismo, el futurismo, el surrealismo, y el expresionismo. Pero, hay que reconocer que tanto el expresionismo como el surrealismo de Acosta León difiere en gran parte de las vanguardias europeas, puesto que Acosta León no se propuso hallar ni las "convulsiones maravillosas" del surrealismo, ni tampoco las imágenes ahogadas en la densidad del color del expresionismo. Su pintura, en cambio, define elementos y rastros cotidianos de la experiencia. La obra de Acosta León ante todo es una pintura en ruinas, sus telas parecen haber pasado por los escombros del tiempo, donde La Habana siempre habita detrás de los inestables carruseles y juguetes que van soltando piezas y ruedas. Parte de su cosmovisión pictórica es llevar a la metamorfosis elementos del día y de la ciudad a un nivel plástico. Para entender la estética de Ángel Acosta León es importante también recordar que su pintura coincide por los años sesenta con el arte del movimiento de Arte Cinético, donde artistas como Alexander Calder, Naum Gabo, Jean Tinguely, y Antonio Pevsner, declaran que el arte debe ser orquestado entre el balance de lo estable y de lo inestable del movimiento en la naturaleza. Salvo los retratos del primer periodo, la obra de Acosta León se puede colocar dentro de este marco estético que fue impulsado por el Manifiesto Realista de Pevsner, donde se enseñaba que la pintura debe ser como una máquina (lo cinético) del balance entre las figuras que ordenan y desordenan el espacio pictórico.


Cuando se comparan algunas de las obras de Acosta León, como su Carrusel, con otras de artistas de renombre mundial, ya sean las esculturas de ruedas ensambladas por Tinguely o los carros matéricos de Jean Dubuffet; es evidente que en la pintura de Ángel Acosta León el tema de la movilidad y la materia es concurrente. Lo que le interesa de las máquinas a Ángel Acosta León es la inestabilidad del espacio, y de poder representar lo "uncanny" en la iconografía. ¿A donde nos llevan estos aparatos? parece indagar el estilo de Acosta León. En contraste de las máquinas de placer y dolor en las junglas caribeñas de Ramón Alejandro, el engranaje de todo artefacto en Ángel Acosta es siempre símbolo de conflicto interior del hombre con la ciudad, y con el espacio urbano. Como en los cuentos de Kafka, las telas de Acosta León son símbolos personales que cuestionan la condición humana, y el enfrenamiento con la tecnología dentro de lo nacional. Por ello que el color vital en las pinturas de Acosta León sea el gris. Un color que nos remonta no solo a los cuentos nebulosos y laberínticos de Kafka, sino también a los ambientes de Paúl Verlaine; el cielo gris de las encrucijadas urbanísticas de Paris. El gris resalta también la propia vida monótona del artista, imaginémoslo conduciendo su autobús, mientras va dejando atrás los edificios de La Habana. La pasión por explorar la esencia de la máquina, le permite a Acosta León estudiar la vida de la ciudad; los murmullos y los silencios, que desde su guagua el artista va escuchando por las calles. En una conversación con el poeta cubano Samuel Feijoo, el pintor le confiesa: "Soy conductor de guaguas. Vivo de la realidad, y las cafeteras las tenias delante cuando iba a tomar café. Eran diosas de metal para mi". Las máquinas, cafeteras, triciclos siempre esconden/revelan la ciudad de La Habana en el fondo; una ciudad que se descompone y se derrumba como las mismas piezas de las chatarras de sus cuadros. El derrumbe de La Habana comienza primero en las obras de Ángel Acosta León que la realidad urbanística durante la revolución. La invisibilidad de la ciudad en la representación de la plástica de Acosta León se adelanta al estudio de la ruinología que propone Ponte sobre La Habana. Ángel Acosta León, como conductor de guaguas fue uno de los más ávidos flauners de la ciudad, quizás solo el Caballero de Paris pudiese haber estado en a su nivel: el poder de la vista andariega en la pintura de Acosta León es el sello personal de su obra. Cómplice de la mirada, Acosta León capturaba el momento en que las máquinas iban muriendo a la par que moría la ciudad.

(Palma Belica. oleo en carton 84x122.5)

Cada de sus pinturas es como una pequeña ruina, una tumba habitada por máquinas viejas sobre un fondo opaco como metáfora de la ciudad. El desequilibrio generado por el movimiento llevaba tanto la descomposición de sus objetos, como la de su propia vida en ruinas. En La Fiesta Vigilada Antonio José Ponte define esta condición del artista cubano: "todo ruinólogo practica una contemplación cruzada de reproches. Da con una belleza martirizada…" (p. 169)[5], la pintura de Ángel Acosta León se configura a través de esas contemplaciones múltiples de una ciudad evanescente desde la mirada de una guagua. Si bien su pintura puede potencialmente representar elementos de la identidad nacional cubana, el leit-motif de la obra de Ángel Acosta León es esa inestabilidad material de las cosas en la ciudad: sus desintegraciones, sus movimientos, y finalmente el derrumbe ontológico de la ciudad y sus entes. Ángel Acosta estaría de acuerdo con la dialéctica de George Simmel: lo que el hombre construye, la naturaleza lo destruye. Así entendieron también el arte los artistas los teóricos del Kinetic Art: se debe pintar o esculpir las cosas en el movimiento, o sea aniquilando toda presencia estática del tiempo.



(dibujo sin titulo"10x26" en papel - cortesia del archivo de Connie)

Con la excepción del monte vespertino de Wifredo Lam, no hay otro artista cubano que haya logrado un bestiario tan real como ese engendrado por el universo de Ángel Acosta León. Llama la atención no su originalidad, sino la rapidez con que un artista tan joven pudo colocar su pintura a nivel de los grandes maestros de la plástica del momento. No es difícil de imaginar lo que hubiese sido de Ángel Acosta León, de haber vivido otros treinta años. Pero Acosta León decidió morir para librarse de la dictadura del tiempo, así durante una noche de diciembre se arrojó al mar. Como la caída de Ana Mendieta, su muerte es su última obra de arte, desintegrándose en las aguas, y uniendo la estética de la obra con el arte del vivir. Fue el último gran pintor mitológico en la pintura cubana, un espíritu universal en los valores de la historia del arte moderno, a quien se debe estudiar en relación con los movimientos estéticos europeos, y no solo en el marco de lo 'cubano'. Las maquinas de Ángel Acosta León son también ese espacio onírico donde el fantasma converge con la ciudad de los sueños.


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notas:

[1] Joaquin G. Santana. "Historia Personal de un pintor muy triste: Acosta Leon". La Habana
[2] Lolo de la Torrente. "Doble cauce de Acosta Leon". La Gaceta de Cuba No. 42.
[3] Graziella Pogolotti. "Revelacion de la Maquina en Acosta Leon". Experiencia de la critica. Editorial Letras cubanas 2007. p. 42-45
[4] "Angel Acosta Leon" por Emilio Barcia Montiel. ArtNexus No. 47, 2003
[5] Antonio Jose Ponte. La Fiesta Vigiliada. Anagrama 2006.
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otras fuentes:
[*] Adelaida de Juan. Pintura Cubana: Temas y Variaciones. Editorial Felix Varela 2005.
[*] Toni Pinera. "Talismanes de Acosta Leon". Granma Nov. 1, 1991.
[*] Sin autor. "Mar y Pesca en la plastica de Acosta Leon" (1932-1964).
[*] Catalogo de la exposicion, Angel Acosta Leon (1967), Museo Nacional.
[*] Samuel Feijoo. "Entrevista con el pintor Angel Acosta Leon". Islas VII No. 2 Enero 1962, pp.83.

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Gerardo Munoz
Octubre 25, 2008
Universidad de la Florida
Gainesville, FL.
*Originalmente escrito para Revista de Historia del Arte de la Universidad de la Florida.

3 comments:

Laberintos said...

Gerardo, buenísimo, creo que es un panorama bastante elocuente sobre el pintor.

Gerardo Muñoz said...

Gracias L, saludos. - G

Anonymous said...

Lamentablemente no tuve la suerte de conocer a
Acosta Leon. Sin embargo tuve la gran suerte
de conocerlo a traves de su amigo Eduardo
Michaelse. Gracias por su articulo....hoy es el
natalicio de Acosta....