Sunday, June 14, 2009

El banano y sus metáforas: Gonzalo Fuenmayor en DOT-FIFTYONE Gallery


“Everything is a symbol for something else”
- Thomas De Quincey



Si algún símbolo ha eternizado su significado en el Occidente ha sido el falo: voz testamentaria de la autoria y lo viril, del centralismo de la razón, y del canje entre las diferencias de los géneros (bien lo decía ya Freud, al notar que, el primer trauma fetiche del niño es ver como su madre escasea de falo). Como signo en la cultura visual moderna, el falo reaparece, ya no bajo el signo de la inminencia del poder, sino como tejido de un despliegue metafórico de lo popular, como lo pornográfico; y es entre estos el banano ocupa, sino el pedestal, al menos un importante lugar en el imaginario moderno del erotismo masculino.

Andy Warhol, el kitsch de Pierre y Gilles, Ramón Alejandro, los desnudos de Mapplethorpe, un graffiti de Banksy, el banano encapuchado de Zoe Leonard; todos disímiles y apartados en tiempo y espacio comparten la misma posición ante lo fálico– una permanencia que ha entrado en crisis en el arte contemporáneo al intentar la reinvención de la fruta americana en metáfora de otra cosa, de un órgano venerado en resplandor. De una voz masculina.

(Banksy emulando Pulp Fiction)

La exhibición del joven artista colombiano Fuenmayor en la Galería Dot-51, Pornorama, se remonta a este símbolo para indagar esa frontera conciente de la historia del arte más contemporánea. Los bananos de Fuenmayor, a diferencia de los fríos silkscreens de Andy Warhol o del homoerotismo de Alejandro, comparten una matriz conceptual diferente: la económica y la política. Organizada en un pequeño cuarto de la galería, el artista ofrece tres diferentes espacios donde el espectador se encuentra una vez más con la eterna banana: en un pedestal, en una montaña de frescos bananos, dibujos en capas de mylar, y fotografías enmarcadas. Es la crisis del banano: Fuenmayor parece querer aglutinar la simbología del plátano en todos sus medios e instancias, con el propósito de poner fin a este uso “pornográfico” de este producto agropecuario tan común, y llamativo. El cromatismo le permite al artista a todo un juego con la luz, distanciándose de la asociación de la luz con el color blanco – vale solo recordar a aquellas agónicas palabras de Goethe, o la última exposición de Rubén Fuentes titulada “Esta es tu luz”. Este color se acerca mas a lo ocre, al amarillo y al almagre que irradian las mismas bananas en el espacio. El color de la banana comparte su lucidez con la del sol, un iluminismo racional y natural. También, no es coincidencia que el artista haya marcado sus bananas con un anagrama que recuerda los arabescos orientales o los tatuajes modernos: la fruta es marcada, como en un proceso de individuación, y así distanciada de “otras bananas” que solo pueden compartir el nombre, más no la esencia singular de una banana “Fuenmayor”. O los nombres de un color.

(Strange object- Zoe Leonard)


El banano es rico en agregados de sentidos: olor, color, visualidad, y forma. La sonoridad se incorpora cuando las bananas desfilan por campo del arte (o la galería, en este caso): metáfora de la descomposición misma del arte, de su precariedad, y de la extinción – quizás la obra de Fuenmayor comparte esta radical filosofía estética con la poesía de Roberto Bolaño, en donde el arte existe en el instante y muere una vez que la relación entre el público y la obra desaparece. Una lógica cartesiana: la banana no es inmortal, el arte tampoco lo es. Las bananas como objeto estético reúne esa sensación de precariedad o muerte: estamos conscientes frente a la montañita de bananos que la descomposición de estas frutas son tan inevitables como objetos que ocupa el espacio artístico como la sensación existencial de los mismos espectadores hacia la muerte. En otra pared el artista ha colocado majestuosamente una sola banana en una repisa, iluminada por un reflector, viva y madura, simulando a un ídolo religioso o a alguna joya de volar. Es en esta pieza donde quizás el artista muestra su lenguaje crítico-irónico a la estatización de la banana moderna, a convertir a un objeto de tanta historia y lucha, a las galerías que representan el consumo del capitalismo.


(Dibujo de Gonzalo Fuenmayor)

Los dibujos, por otra parte, representan si se quiere, el rostro “tradicional” de este artista. Digo tradicional como oposición al vanguardismo de la banana como “ready-made”. Enmarcadas y de técnica mixta, las clareadas cartulinas trazan siluetas de bananas putrefactas, oscuras, oxidadas o en sepias. Si en las montañas de bananas se exploran la dimisión histórico-social del objeto, estos dibujos buscan un lugar en la tradición icnográfica del arte: Matta y el surrealismo francés, el oxido y el collage de las máquinas dadaístas, las bananas “peeled” de Andy Warhol. Es en estos dibujos, un poco aislados, de las otras puestas de bananas, ocupan el nivel de una inconexa pared, que Fuenmayor resuelve vincula la dimisión histórica de la banana como objeto nutritivo, y la banana como modelo o esquema icnográfico de la era de la imagen. En estos dibujos priman las sombras producidas por los recortes y los orificios purgados por la mano del artista: una anti-luz de la estética, su otra puesta a la ficción de la banana popular. Warhol, Zoe Leonard, es ahora Gonzalo Fuenmayor quien se convierte en el máximo productor de las bananas en la industria visual.

La banana retoma el lugar de aquellos inmemoriales símbolos, que según Jung, flotan en la memoria colectiva de un pueblo o de una civilización. Gonzalo Fuenmayor, oriundo de uno de los pueblos más contentos (o como dirían los hermanos colombianos: “rumberos”) de Colombia, Barranquillas, se subscribe a esa gran tradición de la cultura de la banana como símbolo transhistórico. Ya en la trillada novela de García Márquez, Cien Años de Soledad, se anota la centralidad del banano en la guerra mítica de 1928, una masacre que sirve de arque-inscripción en el colectivo de las tragedias políticas del continente americano. Este contexto historicista modula de la obra de Fuenmayor hacia un nivel referente de la historia del propio espectador, o como le gustaba decir al dialéctico Hegel, a las simetrías del Espíritu de los pueblos. Para el espectador Latinoamericano el banano de Fuenmayor deja de ser una simple comodificacion de la cultura pop (Warhol) o de símbolo falocéntrico, para convertirse en una metáfora de todo un pasado político: la explotación y las luchas de clases, el trabajo en los campos y el marginado; en fin el paisaje de esa mítica Republicana Bananera.

Queda por aclarar el título de la exhibición: Pornorama. Si bien Fuenmayor ha distinguido a los diferentes niveles de la banana como ícono de la representación, por qué ha decido llamar esta muestra como un “panorama pornográfico”? Aunque hay razones para creer que el título de esta muestre responde a la simple atracción de un primer significado de igualación de banana con falocentrismo; un análisis mas detallado de la exhibición muestra que el panorama pornográfico de la banana es solo una de sus metáforas. Detrás de lo fálico hay otras metáforas: explotación de clases, historia que determina miles de vidas, y curso del arte moderno. La figura pornográfica funciona, en términos deluzianos, en repeticiones y diferencias. Solo afirmando las repeticiones, como los actos repetitivos del sexo pornográfico, la metáfora de la banana como falo se repite y pierde su sentido. Pornorama asume que el arte actual, como la pornografía, es repetición y reproducción en uniformidad. La obligación del arte hoy es liberar de estas repeticiones, y embarcar la exploración de sus diferencias.

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Gerardo Muñoz
Verano del 2009
Miami, FL.

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