Tuesday, June 30, 2009

El haiku y la fotografía: obra y presencia de Roberto Fernández Ibáñez

(de la serie Estar Presente 1995)


El concepto de “la presencia” en nuestra tradición filosófica del Occidente se entiende como sistema lógico que desentraña, a través de la razón, a la sustancia del ser. “El ser es” – decía Aristóteles y así también reemitían los filósofos del medioevo en sus fabulaciones teológicas. La presencia constituye, dentro de nuestra cultura del saber, una ontología, y no seria mucho decir que mientra la presencia se localiza dentro de un marco fijo, siempre termina ignorando su diferencia y la existencia de una otredad y de sus multiplicaciones. La metafísica de la presencia presupone al menos un aquí y un ahora en un tiempo de la finitud del ser: se ciega ante la ausencia de toda fenomenología. El Ser, que es sujeto a esta presencia, existe en potencialidad después de ese precepto que instancia la movilización de su propia formalidad. Le debemos a Martín Heidegger el argumento que postula la idea de una presencia en el tiempo, donde la presencia ya no puede ser eterna, sino fragmentada, de la cual el ser es ante todo una condición temporal de lo que sucede ante el evento del tiempo; de aquello que acontece, lo que fluye – como en el río de Heráclito, aquello que ya fue. La presencia entonces, ya no esa fijeza de la eternidad, sino el tránsito fortuito de cada instante. Somos también la substancia por la cual subsiste el tiempo.

El haiku es una forma poética donde converge la imagen y el tiempo. Aquí confluye tanto el verbo como cadena sonora (más explicita es la forma de la renga compuesta por el waki y el haiku), como la retención de una presencia que a la vez no es presencia, que se esfuma en el momento de su captura. La imagen del haiku es siempre aire: momento en que la presencia vuela después de ser anunciada. O sea, que nos encontramos frente a un presente ausente, en un espacio que existe en las afueras del significado tradicional, hacia el margen de la aseveración de toda significación de núcleos. En el haiku el poeta no describe el momento, sino que lo vive. A diferencia del arte poética de nuestra modernidad (Yeats, Vallejo), el haiku parece decir en solo diecisiete sílabas una experiencia total haciendo solo uso de la visualidad de una presencia dentro de un nuevo medio verbal. A diferencia también de aquellos preceptos por los cuales Heidegger suntuosamente establecía la noción de la temporalidad del ser, el haiku se establece en un tiempo que está en el “ahí” del poema como también en la experiencia de la lectura, esa segunda experiencia del lector en otro tiempo. Los tiempos se desdoblan: se cruzan: vuelan y reaparecen como signos de palabras.

La obra del poeta y fotógrafo, Roberto Fernández Ibáñez, solo puede existir desde esta tradición de una presencia asunte. Esta presencia la lleva acabo, como antes habían hecho ilustres precursores en Hispanoamérica como Tablada o Paz, a través de la forma del haiku. Pero el poeta va más allá: como contemporáneo de Brassaï en la era de la imagen, hace bifurcar con gran acierto la ocurrencia del haiku con la de la imagen fotográfica. Es importante aclarar que las imágenes fotográficas de Ibáñez, siempre enigmáticas pero en ambientes muy naturales, no intentan ilustrar la presencia del poema (del haiku), sino desdoblarlo desde su tiempo. Temporizarlo. Los haikus de Fernández Ibáñez tampoco describen ni intentan forjar un sistema de inscripción paralelo a las fotografías. Se trata, ya que se necesita de la explicación de lo inexplicable, de una correlación concreta entra dos imágenes: la imagen fotográfica atesora un testamento del suceso pasado y la aserción de un evento. La ocurrencia del instante intrínseco del haiku transmite de modo análogo, la presencia de ese evento.

De su ya vasta y plural obra, se encuentra una fotografía silenciosa y ecuánime de un monje escribiendo. Se trata ante todo de un acto: la poética no solo la leemos, ya que a su vez también se hace visible. Su espacio, es un espacio ambiguo: el del la fotografía que encierra al sujeto en un marco visual limitado, y por otra parte el del tokonoma, ese otro silencioso espacio del ameno té en el hogar japonés. Una economía de objetos: un tazón, una mesa con mantel, dos velas, el fuego, una brocha y un pergamino. La presencia de los gestos caligráficos fijados en un tiempo cero: reducidos a esa eternidad del instante. Al fondo de la fotografía (¿es este realmente el fondo, no disuelve la mirada el fondo y la presencia?) un monje sentado, y su mano tendida sobre el mantel, mientras que la otra sostiene la pincelada del último trazo del signo en la página blanca. Este último signo como economía de la presencia borra toda mirada del espectador de la foto con un silencio de fin inacabado, de música interna e introspectiva, o como mejor ya ha dicho el propio Fernández-Ibáñez: “… una introspección ayuda, y entonces el silencio me habla con elocuencia inusual”. El haiku no borra la imagen, sino que la rescata del naufragio de su significado: se trata por encima de todo de un retrato que no exige palabras: es el acto de creación, del mismo haiku que en su momento de inscripción se alza y se convierte en traza de un momento poético. “Queda el haiku…” termina el haiku, esta confesión es análoga a la traza de la palabra que hace desaparecer al autor en palabras, como también al monje de la imagen fotográfica. El monje queda fragmentado por su temporalidad. La fotografía del mismo modo permite desde su forma la ofrenda del haiku: la imagen eterna, el evento libre de significado. El haiku no narra ni concluye el contenido de la fotografía, sino que vuelve a retomar otro instante, se coloca como imagen sobre imagen. Solo una transparencia. Es el lenguaje mismo el que escribe, como anunció Mallarme, y el que deja prueba de su condición de presencia borrosa, de fuga e impermanencia.

De aquellos hombres
que escribieron un haiku
queda su haiku.


Fue Ernst Fenollesa quien insertó en nuestro horizonte poético de Occidente, las posibilidades de una escritura ideogramática, así fundando un verdadero saber de la alquimia de la poesía oriental. En Hispanoamérica, el puente con Oriente ha sido espacioso: desde Tablada y su imaginario Japonés, a Casal y sus chinerías; de Paz y su vislumbrante India, a Severo Sarduy y el Marruecos posmoderno o el Himalaya. La presencia hispanoamericana del poeta/fotógrafo uruguayo (¿no es en su caso dos alas de un mismo pájaro?), Roberto Fernández Ibáñez, es una de las más autenticas de este continente que vuelve a trazar el cruce entre culturas y poéticas, entre imágenes y palabras. Mientras que en el presente otros dos poetas y un pintor (Arístides Falcón, el pintor Rubén Fuentes, y el que escribe) componen en una rengai sobre las estaciones, la obra de Fernández Ibáñez se muestra con principios afines de la creación de una poética oriental, libre de subjetivismos esencialistas calándoos en el Occidente. Solo se busca crear una deseada concatenación de imágenes que disipen al menos una emoción. El mundo sosegado del Oriente está todavía por ser redescubierto, y esta ruta es imposible de emprenderse sin la imprescindible compañía de Fernández Ibáñez.

Quizás le debo unas palabras finales a la Profesora Araceli Tinajero, quien con sus enormes esfuerzos críticos ha vuelto a poner en perspectiva nuestra literatura con la cultura del Oriente (se me hace imposible no subrayar, que ha sido quien desde hace ya años, ha revivido en mi una fascinación total por el las conexiones Oriente/América), por darme a conocer la belleza de las obras de Roberto Fernández Ibáñez. También me gustaría agradecerle al propio Roberto Fernández por permitirme hacer uso de su fotografía y haiku en esta nota de la cual espero que otras voces, como la mía, lleguen a murmurar el silencioso y oscuro espacio que emana su latente obra.
_
Gerardo Munoz
Florida, verano 2009.


_ _ _
_ _ _
OTRAS OBRAS EN LA WEB DE Roberto Fernández Ibáñez

No comments: