Friday, June 26, 2009

Terror, Irán, y la estética de los medios



“Hoy, el arte parece solo existir en dos formas: dentro de su mercado, o en forma de comodidad”.
- Boris Groys


I.

Como eje interno del capitalismo por donde circulan las ideologías, los medios comunicativos necesitan la noticia para sobrevivir como industria “noticiosa”. También como motor de la ideología que siempre desplaza a un subalterno, la noticia hoy es inseparable de la forma del espectáculo o del terror. El terror es hoy virtualmente la nueva fase de la ideología mediática.

Ya sean con banalidades de algunas celebridades del mundo del espectáculo (pienso en Paris Hilton y su perro), o bien en un desastre natural (donde los medios llegan primero que la ayuda, o sea la imagen conquista siempre primero que el verdadero apoyo humano; verbigracia el huracán Katrina), como también las guerras (Corea, Irak), la topología de la imagen mediática se presenta como suceso importante para nuestras vidas. Ignorarlas culminaría en terror. Lo otro que ha acompañado paralelamente a la terrorización mediática es la multiplicidad de sus formas de diseminación. Ya sea a través de medios convencionales, o bien Twitter, Youtube, MySpace, o videos desde móbiles personales; la imagen hoy ha pasado de esa reproductibilidad que le llamó la atención a Walter Benjamin, a una híper-movilidad temporal de su propia reproductibilidad.

La guerra hoy, a diferencia de las clásicas descripciones líricas de un Virgilio u Homero, donde todavía el artista era la voz primordial de los sucesos épicos de la historia de un país o de la memoria de un pueblo, es fácilmente transmitida por diferentes canales, donde estas son comentadas, asimiladas, y finalmente consumidas. En el film biográfico, Into the Storm (2009), Winston Churchill tomó nota de esta ruptura al sentenciar mientras daba una cena: “La guerra que antes era un campo de gloria y de héroes, ahora se convertido en algo abominable y demacrado”. Desde luego que el gran hombre de Inglaterra no decía esto a causa de los medios, pero si establece, otra vez, la tesis que asegura que una creencia espiritual en la guerra ha dejado de existir, y que hoy en la era de la imagen, donde el ojo del poder puede penetrar cada espacio de nuestras vidas como había eficazmente pronosticado George Orwell, se confunde en sus repeticiones de simulacro, con una especie de carnaval que diseminan los medios. Como en carnaval, del cual ya M. Bajtín dirigía algunos pareceres sobre su aspecto trágico-estético del Medioevo, la sociedad contemporánea también funciona como un carnaval de la tragedia. Solo hoy hay una diferencia: los medios son los canales comunicativos y su forma es el arte del terror.


Los medios, como el arte, tienen la ventaja de fácilmente yuxtaponer o borrar las los contextos por los cuales se canaliza el evento o la noticia. Basta con un solo ejemplo. Se puede recordar que hace un año, Ingrid Betancourt fue felizmente rescatada de la selva colombiana, donde los terroristas de las FARC la habían sometido a un largo cautiverio, convirtiéndola en símbolo de la lucha interminable entre paramilitares, el gobierno, y los rastros de lucha armada que aun subsisten en Colombia. Durante su larga estadía en la salva, los medios ofuscaron a la figura de Ingrid dentro de una amplia resemantización visual de la mujer rehén, que encarnizaba los valores de la sociedad occidental por excelencia (la necesidad de la libertad, la resistencia pacifica, la mujer-héroe, etc.). Meses después de ser liberada, los medios drásticamente reformulan el significado de la imagen Ingrid dentro de otro contexto. Si antes había sido la imagen de la libertad y de la lucha contra la fuerza, ahora su figura personificaba la carencia moral (no haberle agradecido formalmente al Presidente Uribe), el gusto por el poder (sus reuniones con el Presidente francés, N. Sarkozy), y hasta los excesos del disfrute capitalista. El cambio de paradigma visual, por llamarlo de alguna forma, se pudiese resumir en una foto donde Ingrid aparece en traje de baño en alguna playa de Miami, sensualizada en una figura que ya forma parte de la sociedad normalizada. Es, ante todo y todos, el ideal de una mujer libre. Si antes servia como nutriente ideológico, posteriormente la ideología la aceptaría como “sex-symbol” comodificado. Lo que antes era una mitología del acatamiento y adoración secular, ahora se altera en producto de fácil consumo del paparazzi mediático. En resumen: la naturaleza de la imagen de los medios no solo es reproductible, sino también abierta de significados en las instancias de nuevos contextos y discursos.

II.

Una revolución* está ocurriendo en Irán, y otra vez el viejo Marx no parece equivocarse cuando rectifica que la dialéctica de la historia no se repite como tragedia, sino primero como tragedia y solo después como farsa. Como la representación de Ingrid Betancourt, la revolución opera bajo una lógica de la estatización: la de una “revolución” mediatizada, cuya imagen es filtrada por los registros de valores del Occidente. Aunque queda mucho por pensar y revisar sobre los últimos eventos sobre Irán, quizás podemos aludir tres pareceres, ya que no me atrevo a comentar sobre su esencia, ni predecir a corto plazo lo que será de esto que acontece.

Primero, vale recordar que esta revolución verde, un término que en efecto llama la atención por su significación semántica (a la otra revolución ecológica, quiero decir), ha sido la primera en salir a la luz como la revolución construida desde todas las fronteras de la tecnología: ya no solo los medios centrales, sino también la periferia sirve instrumentalmente para alimentar al núcleo central. No causa asombro por ejemplo, que una de las pioneras de la guerra en televisión, Christinne Amanpour, declare que “es, en efecto, en momentos como estos que uno se convierte en periodista”, otorgándole así una definición pragmática al periodismo de hoy. Ya sea guerra, hecatombe o terror, el evento apocalíptico es necesario para la propia sobrevivencia simbólica de los medios. La ideología de los medios, bajo el aparente velo de mantener instruidos a todo ciudadano en un país democrático, crea de la guerra su mejor espectáculo. Este espectáculo supera por mucho a los “reality-shows”, ya que no hay mejor realidad que el muerto real, y supera aun más a las noticias políticas del mismo país. La guerra visual funciona como terror exteriorizado de esos “otros” diferentes a nosotros. Por una parte esta ideología comparte aquello que, en términos de Deleuze, podríamos llamar la “totalización de la guerra visual” por la cual el terror funciona como componente estético que envuelve al producto en su aura fetichista. Curiosamente mientras más horrendas son las imágenes, más placer genera el acto visual sobre los espectadores. La inmediatez de la imagen articula una aparente dialéctica: aun cuando las imágenes son instantáneas, o sea que nos hacen vivir el tiempo real de los hechos, un ahora eternizante, también buscan alejarnos de los hechos a través de un compromiso sentimentalista desde la propia imagen. La horrenda imagen de la guerra crea el pathos, pero con el también la distancia entre el que sufre y que contempla el sufrimiento.

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III.

La dimisión estética de las revueltas en Irán, por solo tomar un ejemplo, es fácilmente demostrada en la circulación de la muerte de una joven iraní, Neda, quien tras haber sido baleada en el pecho, nos mira tendida en las calles como un Cristo agonizante. La escena, dentro del imaginario occidental no solo corresponde a la muerte de Cristo, sino a los registros del martirologio. De este sórdido momento ya se ha confeccionado un afiche que simétricamente a la estatización de Ingrid Betancourt, invierte el orden de representación de la tragedia en farsa. Los medios, al mas claro estilo de Hollywood (las manchas de sangre del póster nos recuerdan a la cubierta de Resevoir Dogs de Q. Tarantino, mientras que la imagen de su cara remontan al sensualismo de algún film de Fellini, o a una joven árabe de algún Harem de León-Gerome), hicieron de Neda símbolo de la lucha contra el poder. La consigna del afiche lee: ¡Neda quédate con nosotros!… ¡no puedo para de llorar por ella!

¿Qué se está diciendo realmente en este afiche? ¿Qué ha muerto una mujer de un balazo en Irán, o que debemos unirnos a la desconocida causa de una heroína trágica? Otra vez un cercano paralelo con la imagen de Ingrid Betancourt en bikini, y hasta con aquella descripción que anotaba Roland Barthes sobre el rostro de Greta Garbo es recomendable. Todo rostro como representación marca un momento frágil de la existencia que nos fascina por su mortalidad, y cuya esencia nos remite a la imagen arquetípica de la mujer occidental**. El rostro de Neda se nos concede como un significante matizado en forma iconográfica del apóstata. Ya nada sabemos nada de Neda: ¿sigue siendo musulmán? ¿Es acaso Fátima o María? Salvo lo que el signo de su rostro atomizado nos sugiere: soy la esencia de la mujer, mírame a los ojos. Yo soy también tú. Adórame.

El video de la muerte agonizante de Neda impacta emocionalmente a todo espectador. Nos reúne bajo el sufrimiento del otro. A diferencia de la muerte de Cristo, la muerte televisada constituye una idolatría del terror secular. El afiche es la resurrección de Neda en forma de comodidad espectral.

Los medios comunicativos por otra parte, han fundamentalmente adulterado el significado de estas revueltas en Irán. Esta aseveración se puede explicar en dos niveles: por una parte la idealización liberal de los opositores de Ahmadinejad en el Occidente, y por otra la mitificación de Musavi, quien lejos de ser un candidato de la democracia y de las libertades universales que hoy entendemos en la Modernidad, es un aspirante islamista que desea, no un Estado de derecho como el que hoy se acepta en el Occidente, sino una mas sana teocracia islámica en Irán. El discurso mediático del Occidente de alguna forma se ha pronunciado a favor de Musavi y de la oposición iraní desde una imagen ideológica de si misma, que le atribuye una política liberalista y democrática, algo que precisamente se encuentra en las antipodas de la verdadera lucha en Irán. Es un hecho factual que tanto el candidato que como las masas desean una emancipación espiritual, como aquella que ya advertía Michel Foucault desde su estadía en Irán en 1978, y una vuelta a los verdaderos principios de la revolución original. La meta revolucionaria iraní es, repito, la de una vuelta hacia 1979, una vuelta al pensamiento de Ali Shariati, que a diferencia del Occidente, busca la verdadera emancipación no en los principios de la democracia y el liberalismo pluralista, sino en una dialéctica materialista del espíritu islámico: recobrar el pasado oriental (el Islam como forma metamorfoseada de la revolución) como oponente a los valores del consumismo occidental. La errada interpretación de los medios occidentales hacia las fines de las revueltas en Irán, responden de cierta forma a la consumada paranoia contra el fundamentalismo y a la visión opacada que este lado del mundo ha construido, a través del escurridizo manejo del terror de los medios, de la diferencias existentes en el Medio Oriente. El error tanto visual como ideológico no ha podido ser más trágico: se han entendido las protestas como signos de una “verdadera oposición” a un Islamismo radical.

La fotografía no es la esencia de mirar, sino una de las formas de la mirada. Así pensó Susan Sontag en uno de sus apuntes sobre la fotografía. Los medios cada vez con más frecuencia hacen uso de la estética y de formas artísticas para dirigir sus mensajes hacia la sociedad de consumo. Hoy es ciertamente arduo de definir las fronteras entre la ideología y el arte, entre el terror y la violencia, entre el caos y el orden visual. Estas oposiciones han optado por un sistema de cooperación múltiple entre el arte y las formas más explicitas de la dominación de las imágenes. El futuro de la imagen dependerá de encontrar una camino para entender la democratización total de la imagen, como también su mitificación de lo real***.

El arte contemporáneo no solo debe aprender a vivir bajo el aura de la mediatización del terror y de las formas comunicativas, sino que el espectador debe dudar, a sano juicio de su pudor e inteligencia, de toda forma visual que opere contra el orden de una verdad bajo el disfraz de la farsa.


[ * ] Aquí vale arriesgar una pregunta, inquietante hasta para la izquierda: ¿debemos usar el término “revolución” con todo aquello que luzca una forma de manifestación, una revuelta contra el status quo, sin antes pausar y preguntarnos que forma teórica exige una revolución?

[**] Mythologies de Roland Barthes, “The face of Garbo”.

[***] Ver El Futuro de la Imagen por Jacques Ranciere.

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Gerardo Munoz
Junio del 2009

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