Friday, July 24, 2009

El Kimono japonés y el arte deco (Exhibición)


En pocos objetos se ha podido ver con tanto detalle el imborrable diálogo entre el Occidente y el Oriente desde comienzos de la Modernidad como en una pieza de vestir que conocemos como el kimono. Cuando hace poco asistí a una exposición de estas telas orientales que muchas veces parecen batas o elegantes paños para adornar una ventana, se me hizo imposible no recordar a ese otro cubano, Julián del Casal que según Rubén Darío y otros testigos de la época, se paseaba con una de estas piezas mientras vivía en la Habana decimonónica. Mientras Casal soñaba con la nevada en la capital, o intentaba construir un espacio orientalizante en su hogar, ya existía toda una esquina lujuriosa del Japón en su casa: abanicos, grabados del ukiyo-e, porcelanas con cintillas azules, versos breves al haiku, y claro, no podía faltar el atuendo clásico japonés, el kimono.

Si para el Occidente el vestir, como lo conocemos hoy, comienza en la época de la industrialización mecanizada, en el Oriente, el kimono más que una pieza de vestir, es un símbolo del alma, o mejor: de la persona que en el lo anima. El mas simple detalle es digno de atención en el kimono japonés: desde las figuras que son dibujadas en la tela, hasta la textura o el color, y pasando por los pliegues y la finura del hilo. Recuerdo haber visto un pez verde en trompe o'leil saltando de un fondo rojo. Un viaje textil a través del kimono nos acerca tanto al Oriente como al Occidente, y a la ruptura de la tragedia del Japón en la Modernidad.



Titulada Fashioning Kimono: Dress and Modernity in Japan, la exposición que ha estado recorriendo el mundo desde el 2005 hasta el 2009, es una amplia muestra de la historia del kimono, que lleva, y no por vanidad, el titulo de prenda nacional japonesa. Una historia que, como ya hemos dicho, roza también la historia del Occidente. Lo curioso de estos diálogos estéticos entre Occidente y el Japón es que ocurren de una forma sintética, es decir, que no se trata de un simple "acoplamiento" de las formas de un lado hacia el otro, ni de una extraña influencia imperial, sino de un canje en ambas vías. Tanto el Art Nouveau como el Deco, así lo explica rigurosamente la crítica Anna Jackson en el catalogo de la exhibición, se nutrieron de las formas orientales a través de las Ferias Mundiales que, a la par de la modernización del Japón, fueron dieron a conocer el Deco en el Japón. Es así como en los kimonos de principios del siglo veinte se pueden entrever formas del Deco, cuando no es tampoco desmesurado confirmar que las formas Deco y Nouveau incurren en los lazos con el descubrimiento de las texturas del Japón. El intercambio, como toda transculturación provechosa, fue doble: de ambas costas se pueden pensar a la otra como un original, como un espejo de si mismo. Un espejo que ha sido del otro. El recorrido del kimono en su historia es mucho mas largo, pues se remonta a la época del Edo, y queda impregnado por el uso en el altisonante Teatro Noh, y por los diferentes estilos que estos impresionantes batilongos fueron llevados a la par de los cambios socio-políticos de una sociedad japonesa de la pre-segunda guerra mundial. Una riqueza de prototipos: para niños y niñas, para damas de casas (estos conocidos con el vernáculo de "taisho modo" o "furisode"), o simplemente para el diario andar en la ciudad.

Tras la llegada de la Segunda Guerra Mundial, el kimono pasa de ser una prenda donde convive la tradición de un arte viviente para convertirse en una rareza, ya que como es sabido desde los apuntes del sistema de la moda occidental que nos ha enseñado Roland Barthes, la ropa manufacturada conquista hasta las tierras orientales. Cambian así las texturas y el arte de las telas: el kimono (una pieza siempre desigual, pero arquetípica) es remplazado por los jeans y los pantalones de cuero, por las camisas de rayas, por la costura rígida de las blusas occidentales, y un largo etc. (no quisiera ni imaginar la transformación de los paños íntimos dentro de estos cambios de la moda). El kimono, una vez prenda uniforme por su exactitud (aunque siempre distinta una de otra por sus formas), queda monumentalizada frente a lo moderno. El kimono se vuelve símbolo del pasado imperial, de la gloria; de las ruinas que se ocupan de restaurar los museos y exhibiciones como estas.

El kimono tiene un raro parecer con los parangoles plásticos de Helio Oiticica: se trata, en un sentido general, de un color materializado sobre un cuerpo. La belleza del kimono quizás consiste en ello, y no tanto en la antigüedad o en el hecho que provienen de otras tierras, de otras costumbres, o que fueron usados por otras tribus como quieren hacernos ver algunos malintencionados orientalistas; sino que es una prenda donde el color vive (una idea suprematista) y que acompaña a todo aquel decidido a llevarlo consigo.
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Gerardo Munoz
Verano 2009
Miami, FL.

1 comment:

María E. Soto said...

Muy buen artículo. Como veo tenemos algunos gustos en común,por ejemplo lo japonés -me encantan los japonismos, Casal incluido- le invito a visitar mi blog
http://www.laseducciondelpapel.blogspot.com
Un saludo.