Sunday, July 26, 2009

José Gómez Sicre: El crítico errado en su tiempo

(de izquierda a derecha: Alfred Barr, Fidelio Ponce, y Gómez Sicre.
Foto tomada por Mario Carreño en Matanzas 1943. Archivo de Anreus)
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El afán y la importancia que ha venido cobrando el arte cubano durante más de tres décadas han exigido revisionismos de archivos con el fin de contextualizar a todos los principales promotores que jugaron, con menor o mayor relieve, un papel en los vaivenes del curso internacional de la plástica cubana durante el siglo veinte. Este ha sido un ejercicio que solo durante los últimos años ha venido desempolvando figuras y cuadros, agentes extra-oficiales y comisarios, anécdotas curiosas y paraderos biográficos de los artistas clásicos de Cuba. Esta arqueología ha sido perpetrada por múltiples móviles. Por una parte existe, y cada vez como mayor fuerza y peso académico, una disciplina dentro de la historiográfica del arte latinoamericano como espacio autónomo y legitimo para entender lo que ha sido la modernidad en las artes visuales. Lo otro es más servil, y se trata de algún modo, de un mercado de arte cubano que, y crisis aparte, ha ido ganando espacio dentro de la esfera del mercado mundial, hasta convertirse en un negocio con alta rentabilidad y estabilidad como se ha podido comprobar con la última venta del cuadro de Mario Carreño El Fuego en el Batey. Coincide entonces un mecanismo que, como ya advertía el sociólogo Pierre Bourdieu, vincula el campo cultural con las exigencias y los gustos de un mercado. No digo que esto se trate de una lógica simétrica (donde la crítica sirva instrumentalmente con el fin de legitimizar las obras que se venden en el mercado), sino de dos nuevos espacios o planos que promueven, estudian, y discuten la naturaleza sobre un mismo eje. En nuestro caso, este eje se trata del arte cubano.

El pasado jueves estuve presente en la galería de arte del amigo Ramón Cernuda para oír la charla del Profesor Alejandro Anreus, especialista de la obra del mexicano Clemente Orozco y del arte latinoamericano, quien presentó una grata conferencia sobre el perfil del crítico y comisario cubano, José Gómez Sicre. Personaje central, aunque controvertido dentro de la cultura cubana. Sicre – trató de ensayar Anreus; no solo es trascendental en la historia de la pintura cubana, sino en la totalidad de las artes plásticas latinoamericanas de mediados del siglo veinte. José Luis Cuevas, Fernando De Szyszlo, Jacobo Borges, Rufino Tamayo, la Vanguardia Cubana, y algunos pintores cubanos exiliados, fueron solo algunos de los grandes artistas, ya reconocidos mundialmente, que Gómez Sicre promovió desde su posición burocrática como fundador de la agencia cultural de la OEA en Washington. La figura de Sicre se puede leer como la del primer comisario viajero en el continente americano, que entendió la importancia y la riqueza de la pintura Latinoamericana. Fue el primero en introducir el arte latinoamericano en los mercados de Estados Unidos, y de hacer de nuestro arte un acicate para el mercado norteamericano.

Ya bien lo decía (nos recuerda el Profesor Anreus) de Szyszlo en sus palabras: "La persona que verdaderamente promovió una idea del arte Latinoamericano fue Pepe Gómez Sicre. Antes de él, solo había pintura argentina, pintura colombiana, pintura venezolana o pintura mexicana; Gómez Sicre fue el primero en hablar de la pintura Latinoamericana". La tesis de Anreus sobre Gómez Sicre no es difícil de aceptar: el legado de Sicre como crítico es de peso, pues fue un hombre de visión, un corporativista, un comisario, y quizás fue el primero en unir en un puente el arte de todo un continente.

Como hombre de las artes, José Gómez Sicre quizás fue un actor incompleto. Lo primero que se debe subrayar es su profundo desconocimiento sobre la historia del arte, sus lagunas sobre las bases de la historiografía del arte occidental y por los argumentos del arte moderno. Gómez Sicre, a diferencia de Guy Pérez Cisneros u otros intelectuales de la época republicana, le quedaría grande el título de intelectual. Solo fue en 1944, a propósito de la exposición de arte cubano organizada por Alrefd H. Barr para el MOMA que, con la ayuda del comisario americano, pudo asistir a conferencias teóricas del arte impartidas por Erwin Panofsky y Meyer Shapiro en las universidades de Nueva York. Conferencias de mucho vuelo y que debieron dejar vagas huellas en su posterior visión crítica. Si se hojean los tres monografías publicadas de Sicre (Pintura Cubana Hoy (1944), La pintura de Mario Carreño (1947), Art of Cuba in Exile (1987) ) vemos que, aunque atiborrando sus comentarios con cifras y años, carece de un estilo analítico, es decir, de poder situar los estilos de los pintores con las ideas del momento. Estos catálogos si de algo nos sirven hoy, es por sus referencias casi olvidadas, para precisar años y nombres que el futuro invariablemente ha borrado con el tiempo. El otro defecto de Sicre fue su militancia en la derecha republicana, su odio por una estética de lo social, algo que lo llevó a repudiar a grandes pintores de corte social como Marcelo Pogolotti, los muralistas mexicanos, y hasta el propio Lam, con quien tuvo crispadas riñas en varios momentos de su vida pública. Si Jorge Mañach era la contraparte de Juan Marinello en términos ideológicos; Gómez Sicre fue lo opuesto de Guy Pérez Cisneros, el brillante crítico liberal cubano, promotor junto con Lezama Lima de la primera revista Espuela de Plata. Tampoco se debe leer la militancia derechista de Sicre como absoluta, ya que las primeras exposiciones que organizó en el Lyceum de La Habana fueron junto a Alejo Carpentier y Juan Marinello, y curiosamente Anreus mostró una foto de Sicre, en pleno apogeo de la Guerra Civil Española, junto a otros ilustres miembros de la izquierda: Nicolás Guillen, Paul Eluard, Juan Marinello, Louis Aragón, y Alejo Carpentier. El fervor anti-socialista de Sicre fue asentándose con el paso del tiempo, y alcanzó su cenit con el triunfo de la Revolución cubana de 1959, donde llegó a distanciarse de su cubanidad, argumentando a favor de una identidad latinoamericana y no cubana.

"He terminado por identificarme con todos los países hermanos, o sentirme igualmente bien en cualquiera de ellos" – así le respondía a Santiago Amón, a propósito de la incomparecencia de la plástica cubana durante la exposición organizada de arte latinoamericano (1977) en España". El ideal formulado por Gómez Sicre, inconciliable desde nuestro horizonte actual, se centraba en la idea de un arte apolítico, impregnado de las últimas huellas de un arte por el arte francés, que a su vez se encontraba dentro de las normas del marco visual de la Modernidad (Cezanne, Picasso, Malevich), así librándose de lo que, en su imaginario, eran corrientes de un arte al servicio "del comunismo mundial". Sicre en este sentido careció de visión crítica y de astucia estética, pues nunca llegó a reconocer la importancia de la plástica de Wifredo Lam, de Raúl Martínez, o de Agustín Cárdenas. El crítico deseando no rozar con lo político, caía en la encrucijada de la Izquierda frente a la pintura abstracta, al no poder distinguir la formalidad y el significado de las bases socioeconómicas, y de lo estético como resultando de una red tan política como el mismo arte que tiene conciencia del compromiso social. Mejor aún: la agenda estética de Sicre no es tan modernista, sino clasicista. Un clasismo que, sin embargo, permitía deslices con las fronteras de la abstracción, el figurativismo, o el cubismo; pero que buscaba en cada una de estas formas una universalización monumental y un conjunto de valores que recen a la sensibilidad ideal de la mimesis. Gómez Sicre hubiese estado de acuerdo con la expulsión de los fauvistas del Salón D'Automne, salvo que en su tiempo los iconoclastas eran otros, donde el espacio para un arte transgresor y político, un arte que uniera las fronteras de la politización de la vida y el arte como instrumento de conciencia, al decir de Georg Lukacs, era simplemente abominable desde su punto de vista. Al mirar el paisaje latinoamericano, Sicre solo pudo ver ciertos talentos desde su prejuicio político, más no llegó a reconocer las diferencias sociales, económicas, y políticas que armaron las variantes vanguardistas del siglo veinte. Mientras jugaba el ajedrez de la Guerra Fría, su error respondía a su prepotencia subjetivista, a una banalidad que tan poco o nada tiene que ver con el arte, y con el hecho de ser un defensor de sus intimismos, gustos personales, esencialismos, y modelos arcaicos que en un lustro han sido condenados al ostracismo.

Dicho esto, creo que las palabras que pronunció el Profesor Anreus en la clausura de su evento, aunque sinceras, fueron falsas (intento citar de memoria): "Gómez Sicre fue el Gerardo Mosquera de hoy, porque fue el primero en recorrer el continente en busca de diferencias y similitudes". Si el crítico es solo un peregrino andante, un comisario que crea exposiciones desde posiciones de intereses abstractos, entonces Gómez Sicre ha sido uno de los críticos mas grandes nuestra plástica. Pero si se entiende el crítico como un intelectual orgánico que critica la exclusión, que analiza las políticas en el arte, y que forma sus análisis desde disímiles puntos de contención, entonces la comparación con Mosquera es inconmensurable con la función que llevó a cabo Gómez Sicre, quien resultó además, insuficiente en sus esfuerzos para el desarrollo de una crítica del arte latinoamericano.
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Gerardo Munoz
Julio 23, 2009
Miami, FL.

2 comments:

R.L.R. said...

Gracias Gerardo, muy interesante.

Gerardo Muñoz said...

Gracias Rafa. Sicre fue un personaje tremendo, es lamentable que no pudo ver "mas alla" de su horizonte ideologico.

G