Friday, July 3, 2009

"Orlando Oriental" por Antonio José Ponte

(El jardin de las mariposas - Issa Kobayashi)

El poema más célebre de la literatura japonesa es sin dudas una pieza de sólo tres versos, dos de cinco sílabas y uno de siete, cuyo protagonista (nos recuerda Orlando González Esteva) es una rana, o el sonido hecho por ella al zambullirse.

Dicho lo anterior, quien no haya tropezado nunca con un haiku podrá pensar que tal clase de poesía pertenece a la de los libros infantiles o cabe perfectamente en una historieta. Porque una rana que merezca tanta atención, ¿dónde estará mejor que en uno de esos volúmenes con figuras llamativas bajo las cuales queda un poemita rimado? Y un zas, un chas o un plaff, ¿de dónde brota sino de una secuencia de dibujos que narran la lucha entre héroes y villanos?

“Ah, qué graciosa/esa nube que lanzan. /Pura pelota”, leemos la versión de González Esteva de este haiku de Kobayashi Issa y podríamos creernos en el reino de los libros para niños, donde existen los mejores rincones para dar con cachorros dormidos, saltamontes, arañas hogareñas, gatos a la carrera tras hojas que vuelan... En ese reino ocurren las más extrañas coincidencias, como la de este otro poema: “El sapo deja/que lo huela el caballo. /Imita piedra”. Y se estaría tentado a confiar en la amabilidad de un universo que reserva cortesía hasta para los bichos chupadores de sangre humana.

Canas y arrugas son saludadas con la misma parsimonia dedicada a pulgas y mosquitos. El frío que entra por una grieta no logra hacer que se blasfeme del invierno. Todo marcha tan bien, ¡hasta los contratiempos! Sin embargo, Issa ha escrito: “Chorro de orina. /Pero mira debajo:/lirio que mira”, y de ese encontronazo de sexo y flor brota, asordinada, una onomatopeya de puñetazo, de arremetida. (Todo el poema estriba en el chorro que liga a lirio y sexo, ese chorro equivale al salto de la rana.)

Alejándose del plácido rincón de los cachorros en siesta, el haiku llega a celebrar lo escalofriante en esta pieza de Yosa Buson (que lamentablemente cito sin recuerdo de su traductor): “Frío hasta la médula:/pisé en la oscuridad/el peine de mi esposa muerta”. (El espanto, lo mismo que en el cine japonés de terror, emana de los objetos cotidianos, la aparición aguarda en los dientes de un peine.) Lo terrible, y vuelvo a Issa, reside en los detalles: “Ardió la casa,/pero entre sus rescoldos/las pulgas bailan”.

¿Bailan las pulgas por achicharramiento, o es puro recomponerse de la naturaleza apenas sobrepasado el desastre? “Luego de una matanza”, supo ver Kurt Vonnegut, “queda sólo gente muerta que nada dice ni nada desea, queda todo en silencio para siempre. Sólo los pájaros cantan. ¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza, ¿algo así como pío-pío-pí?”
Pían los pájaros de Vonnegut, salta la rana de Basho, las pulgas de Issa bailan. Con sus versiones de poemas de este último, Orlando González Esteva viene a recordarnos que el haiku fue, en sus orígenes, una forma del humor. Y que no ha dejado de serlo. Habría, por supuesto, que especificar de cuál humor se trata, pues el mayor peligro del haiku es la inanidad y la zoncera. (Ninguna otra estrofa parece convenir mejor al balbuceo de idiotas y poetastros.)
Imaginar un álbum de haikus para niños es contar entonces con que alguno de esos poemas sirva de escarmiento a los pequeños lectores, les pegue un buen susto, los trate en tanto criaturas perversas. Y apreciar el haiku vuelto interjección en historieta no va a ser para que ese rayo de letras señale el consabido puñetazo en la mandíbula, sino un sonido menos trucable: aquel que corresponda a un movimiento del pensar. (Quienes sientan admiración por el Pop Art entenderán como haikus algunas de las piezas de Lichtenstein.)

Orlando González Esteva ha demostrado suficiente sagacidad como para pecar ahora de ingenuo en estas aventuras japonesas. Hay en su obra, tanto en prosa como en poesía, muchísimos ejemplos de atención al detalle, de menuda delicadeza. Y hay también un toque mordaz que lo libra de la mimosería: si dedica un libro breve a las hormigas, tema de obligadas horas a ras del piso, la carga acarreada rumbo al hormiguero está compuesta por fragmentos de cadáver y quien habla en Fosa común es el poeta destazado. Enumera, en Todo lo que brilla ve, las miradas que echan objetos inanimados, y junta la sublime perla a la ridícula calva. O escribe esta espléndida línea: “El ojo de vidrio ve”.

Debido a la mirada de esa prótesis, debido a las migajas de cadáver portadas por hormigas, pueden confiarse a González Esteva los más nimios detenimientos de su libro de haikus propios y de su libro de haikus ajenos.

No se trata, en el segundo caso, de traslados directos de la lengua japonesa, sino de versiones compuestas a partir de diversas traducciones de Kobayashi Issa al inglés. Y vaya contra los escrúpulos de quien no acepte más de un intermediario el ejemplo de Octavio Paz, quien se rodeó de traducciones al inglés, francés e italiano, de textos que él no alcanzaba a descifrar en japonés, sánscrito o chino. (El narrador y poeta Juan José Saer dio con un título que avisa de las múltiples traducciones consultadas para sus propias versiones de poemas japoneses: Un choix de sixty e quattro haikus.) Paz también supo rodearse de ayudantes y de ilustres ejemplos que lo envalentonaran: Claudel diplomático en Pekín traduciendo poemas autóctonos cuyo idioma apenas comprendía, y no al francés sino al inglés. O el Ezra Pound de Cathay, que trabajó sobre borradores de Fenollosa, quien tampoco había leído esos poemas en lengua original, sino en japonés.

“Leer un poema en traducción es como besar a una mujer a través de un velo”, sostuvo el poeta y traductor H. N. Bialik. Si es así, ¿qué tocan los labios cuando leemos la traducción de una traducción? El problema, en este caso, resulta irrelevante pues Orlando González Esteva anda lejos de reclamar sitio académico para sus versiones de Issa. Las suyas han de ser consideradas como simples poemas. (“I make no claim for the book as piece of Oriental scholarship. Just some poems”, advirtió Kenneth Rexroth a propósito de sus traducciones del chino y del japonés.)
Podrá aceptarse entonces la presencia de rima en piezas que, por eufónicas que sean, no llevan rima en su lengua original. Tales haikus rimados son la consecución de las décimas de González Esteva, quien se detiene a explicar cómo la utilización de este recurso podría aproximar sus versiones a lo lúdico del haiku, a su espíritu original. (Sus libros de poemas llevan casi siempre, como prólogo o epílogo o notas, unas páginas de excelente prosa. Emparentada con la de sus libros ensayísticos, el autor enuncia allí su poética.

“Considérese este libro como una colaboración entre los viejos bardos, quienes ahora viven en un ‘luminoso cuerpo de palabras’ y un poeta estadounidense contemporáneo”, pidió Andrew Schelling al inicio de sus traducciones de poemas eróticos de la antigua India. Y lo mismo vale reclamar para las versiones del maestro japonés hechas por el poeta cubano.

Signo de lo extendida de tal colaboración va en otro libro suyo reseñado en estas páginas por Carlos Espinosa: La noche (Galería Estampa, Madrid, 2003) lleva como epígrafe un haiku de Issa. Y en Casa de todos el poeta regresa a los viejos maestros japoneses: Matsuo Basho, Fujiwara no Teika.

Orlando González Esteva parece haber descubierto en el haiku una reserva de humor de la cual no andaba escasa su obra publicada. Ha dado, además, con un estímulo que se encuentra en el origen de todos sus trabajos: la construcción de series. Por una parte ánimo despejado, suelto y asombrable. Por la otra, disciplina de variar sobre un mismo tema o figura. Soltura y cadena: quizás estribe en ello su predilección por el haiku primigenio, sarta de breves poemas humorísticos.

De cualquier modo, lo que lo empujó a esta aventura japonesa no es (declara al final de Casa de todos) el haiku en tanto forma poética, sino en tanto poética. “Quien insiste en el haiku no fatiga una estrofa: madura una forma de ser”, cree. Y aquí están, para probarlo, estos dos libros suyos.
_
Antonio José Ponte
originalmente aparecido en Encuentro de la Cultura Cubana, No. 40. 2006.
*Le agradezco al amigo Ponte por permitirme difundir este ensayo en mi espacio.

4 comments:

Patricia Miranda said...

gracias por mostrarnos este ensayo en tu blog! de otra manera me lo hubiera perdido y eso si que hubiese significado una gran pena! no conocia este genero dentro la poesia oriental! y ahora he quedado fascinada con la brevedad y gravedad de esta poesia simbolista o simbolica! que se yo! la relacion con los cuadros de Lichtenstein me parecio divertida y extragna!
gracias nuevamente y un abrazo!

Gerardo Muñoz said...

Gracias Patricia, de hecho dentro de la obra de Ponte es un ensayo un poco raro, por eso lo incluyo en este homenaje a Esteva del mes. La analogia con Lihtenstein es muy buena, aunque es con la fotografia con lo que siempre se le comprara.

Si te gusta el haiku dame un tiempito y te mando mi ultimo libro que es de una coleccion de haikus.
otro abrazo para ti,

Gerardo

Patricia Miranda said...

ah! que dicha! me encantaria leerlo! eso y la lista de recomendaciones sobre NY que me prometiste! espero pacientemente!

Gerardo Muñoz said...

Patricia: ahora me he dado cuenta que no tengo tu email. No lo he visto en tu blog, si puedes me lo pasas, vale?

abrazos, - G