Tuesday, August 4, 2009

Gustavo Acosta y la ciudad del siglo XXI

(The doors of perception. 2008)
.

Sobrevolar una ciudad, como pueden atestiguar las mitologías y los sueños, es tan antigua como la experiencia misma de la imaginación humana. El aeroplano – intento recordar una sentencia de Saint Exupery, está en hermandad con Ícaro, como también con los pájaros, los ángeles, el carrusel mitológico, aunque podríamos agregar una larga lista de nuestros registros literarios e iconográficos del vuelo.

Existe sin embargo una singular diferencia entre las identidades simbólicas del pasado, y el avión del presente: los primeros eran semblanzas de lo inalcanzable, de una utopía etérea, a diferencia del avión, lleno de pasajeros, que traza un especio geográfico determinado, y que propone un desplazamiento concreto. Para los antiguos, volar no buscaba ser un móvil para llegar a otro espacio, pues se trataba de la experiencia concreta de una imagen. En contraste de nuestros tiempos, donde el viaje es siempre un mediador, si se quiere, el cual existe dentro de los posibles límites de llegar al final de un destinatario deseado. Si antes volar era la utopía, hoy el vuelo es una arriesgada, casi ansiosa, empresa para llegar a otra utopía: la ciudad.


En la serie de ciudades del pintor cubano Gustavo Acosta, muchas de estas captadas desde un vuelo aéreo, nos intentan devolver el antiguo sueño del vuelo como tránsito de la eternidad. Huyendo del lugar común y de las dicotomías políticas, las ciudades desde el aire tratan de dibujar una eternidad divina, o en todo caso, una eternidad sobre la cual descansa la ciudad contemporánea del siglo XXI. La divinidad de nuestras ciudades se hallan en su reproductibilidad global, y en su forma de estar, al decir de Pascal, en todas partes y en ninguna, pues estas buscan su espacio en la estrechez que existe entre la vivencia interior y la exterior, entre el tiempo y las producciones del espacio, o entre la fuga y lo constante. La divinidad es entonces siempre algo mental, una substancia de la imaginación de un gran fabulador de espacios subjetivos como la del pintor cubano Gustavo Acosta. 


Diestro en el arte especulador de los títulos, el pintor siempre encierra en sus cuadros un enigma a desentrañar, aunque pocas veces se trate de un secreto abierto, único, o sabido. Hablo de posibilidades en nuestros destinatarios: los paisajes que estas obras ofrecen pertenecen a una posibilidad post-utópica, a una regresión no a la ciudad reproductible que invoca Groys, sino a una ciudad oculta que en la antigüedad era una pasión encerrada por muros. Jerusalén, Shambala, el reino oculto de los cielos, eran recintos para nunca ser transitados. La ciudad posmodernista, en cambio, ofrece un exceso de una misma esencia universal, ya que siempre se encuentran todas sus puertas abiertas esperando al pasajero. Toda ciudad hoy no es nada mas que la repetición de un arquetipo que evocan las ruinas del presente desde el vuelo de la imaginación, para así prescindir de ese imán del consumista turístico. El vuelo, tan furtivo y fugaz, es el que realmente se presenta como anhelo de la antigua pasión del hombre. 


En términos formales, la última serie de Acosta afirma una posible teoría: el distanciamiento flotante que se percibe en sus obras cumple la función de una nueva estética de la topografía. Si bien desde los Pasajes de París a las piezas arquitectónicas de Le Corbusier, el espacio se convierte en un espacio total y de consumo; en las obras de Acosta el espacio es un pliegue de un orden cósmico o mónada-lógico. El resultado no es la rayuela woogie-boogie neo-plasticista de Piet Mondrian, sino una maqueta de lo imposible, una rúbrica que se ubica más allá de la utopía. Esta experiencia de representación post-humanista hace que la obra de Gustavo Acosta ingrese dentro del orden de lo político que, invisible desde el contexto explícito de sus obras, aparecen dentro de esas producciones del espacio que surgiere Michel Foucault para situar al individuo en las afueras de un poder reproductivo que posibilita una invención alterna. La reproducción de las áreas en estas obras dilata el límite entre el espacio atmosférico y los dominios de la tierra. Comienza de esta forma los primeros vestigios de una ciudad desde los aires.



Ilación de la mejor tradición espacial del Occidente (Monsu Desiderio, Piranesi, de Chirico, Duchamp), las vistas urbanas de Gustavo Acosta parecen estar inmersas en ese espíritu que, según el crítico Richard Sennett, hacen de la experiencia citadina una "operación mental de todo aquello que flota". Una ciudad ya no se puede representar en su totalidad*. El compromiso, si tal doxa existiese en la estética, se debe a lo fragmentario, y a las resistencias fugaces. En el mejor sentido, las imágenes de Acosta incurren no sobre la totalidad de una experiencia, sino sobre el desplazamiento de vidas y lenguas.


Si Marcel Duchamp salió de París hacia Nueva York con una ámpula farmacéutica que contenía "aire de París", los lienzos de Gustavo Acosta rescriben dentro de nuestra tradición las coordinas para una pintura realista de los aires. Se despejan los escombros de la Ciudad Letrada, y entrevemos como renacen las ciudades imaginarias de las que hablaba Calvino. 



__
Gerardo Munoz

[*] fotos: en el sitio web del artista Gustavo Acosta

5 comments:

Anonymous said...

"la ciudad del aire"!

Anonymous said...

Un texto muy merecido a uno de nuestros grandes pintores.
Gracias,

-Alex

Gerardo Muñoz said...

Muy cierto, gracias.

G

Ernesto Menéndez-Conde said...

Muy interesante tu trabajo sobre las vistas aereas de una ciudad. Igualmente, me parece magnifica la pintura de Gustavo Acosta.
Saludos,
Ernesto.

Gerardo Muñoz said...

Gracias Ernesto. La obra de Gustavo es impresionante, desde luego.
saludos,

G