Sunday, August 23, 2009

El humor de un ciclista


En un parque público o en una taberna, en la periferia de un museo o en los confines de una lavandería, el espacio en Ámsterdam se hincha de bicicletas de todo tipo y colores. Sorprende que, sobre todo para aquellos que han frecuentado los excesos automotrices de otros lugares [1], las bicicletas en esta ciudad sea una alternativa económica y una excusa para vislumbrar la ciudad. El paseo en bicicleta es como echar a rodar un film sobre una ciudad; es decir, imaginar una ciudad desde el espacio de la pantalla.

Cine y bicicleta, son dos aparatos que generan un saber con la estética fascista. El totalitarismo hoy solo ha quedado bajo las ruinas de algunos de sus símbolos estéticos: la bicicleta es uno de ellos.

De la misma forma que, la personalidad autoritaria, al decir de Adorno, es un suplemento del imaginario paternal, el deseo iluso por bicicletear es la forma explicita de dominación viril sobre el objeto (pienso en la forma de un animal o una mujer, que es casi lo mismo). Montar una bicicleta es, por encima de todo, dirigir la verticalidad del poder y postergar su caída. El Ché Guevara, en sus afanes épicos por el continente, prefirió una bici-moto por encima de un caballo o del rupestre andar. Prefirió una maquina de ensamblaje industrial y no de un carretón con el cual, si recordamos la historia de México, Benito Juárez recorrió de punta a punta su país bajo las bombas. La bicicleta corresponde a un ejercicio del cuerpo, y a una realización de sus límites, como ya ha indicado valientemente Giles Deleuze [2]. El cuerpo humano – un dispositivo politizado en nuestra Modernidad, ciertamente puede hacer muy poco, y casi todo lo que hace responde a la división de la labor. La bicicleta, en cambio, es ya una labor intrínseca, sin fragmentación alguna, ya que ésta es la totalidad de la musculatura corpórea. Pocos son los aparatos que pueden potencializar la contingencia nociva del rodaje: mientras que un carro nos atesora en su interior, o si bien un avión convierte el vuelo en flote; en la bicicleta el conductor está expuesto a la exterioridad, quiero decir, a su muerte. El avión nos transporta, con un mínimo de esfuerzo humano, mientras que nosotros transportamos la bicicleta como si fuese un componente ontológico. La bicicleta hace vivir esto último con la intensidad de entrar en el nublado límite de un circo cotidiano que dilata su montaje entre dos fuerzas vitales: la caída y lo rectilíneo.

En la colección permanente del Museo Harn de la Universidad de la Florida, se guardan varias pinturas, no muy grandes, del pintor americano Stuart Purser. Una obra que la pudiese haber pintado Eduardo Abela o Antonio Gattorno, pues el estilo, más que ser confundible, es harto simplista y monotemático. Una de estas obras, titulada Bicycles (1946), nos deja ver un conjunto de ciclistas reducidos a su figuración mínima: rostros negros pedaleando las ruedas por lo que intenta simular un campo. El artista ha salpicado la obra con algunos colores que buscan templar el movimiento: un brusco brochazo bermejo denota la flexibilidad de uno de los ciclistas. No es un gran cuadro, sin embargo, se me hace irresistible no pensar en él, o pensar el por qué de ese placer por lo común. La complejidad muchas veces es el refrán de lo sencillo, o el disfraz de lo simple. Abandonar el desacato de un artista es quizá un logro estético para sentir la extrañeza de la formalidad del color. Montar en bicicleta por un campo, si lo pensamos hoy, es casi tan mitológico como ese barco que, según aquellas metáforas nórdicas del kenning, cruzaba las anchura de mares hecho con las uñas de los muertos.

Esta semana esa pintura ha sido enriquecida por otra mitología, aunque esta vez ha sido una mitología de humor. Acompañaba a un amigo a comprar una bicicleta en la ciudad. No dejamos de ir a muchos lugares, y en muchos de ellos los argumentos para las ventas incurrían a la calidad de la bicicleta, a su origen, a la serie, o a los componentes. Estos argumentos justificaban ciertas seguridades de una "buena bicicleta", pero no eran sinceros. (Se dicen para fomentar un salario, o cultivar el vicio de la repetición).

Al menos no tan sinceros cómo este chiste de bicicleta desfasado por el tiempo: "Con las bicicletas todo dependa para qué la quieres. Si la quieres para llevarte una chica a la cama, entonces cómprate una italiana". Así tanteó un señor canoso de ojos azul de mar, con un tatuaje de un corazón en el brazo.

Aludía a una Bianchi del 2009. Ahora olvido el precio. Es hermoso pensar que un joven en bicicleta pueda conquistar los corazones de una dócil mujer con más facilidad que montado en un BMW o un Mercedes Benz. La sentencia era quimérica, arcaica, e incrédula, pero no admitía burlas ni contrarrestos. Era un paisaje que, quizá como el de Purser, estaba hecho desde el soto de la sinceridad.

[1] En nuestra plástica contemporánea cubana, nadie ha cursado con mayor profundidad en el tema como el artista Rafael López Ramos con su serie sobre los ostentosos carros de Miami.

[2] Deleuze, Gilles. Dialogue II (with Claire Parnet). 2007.

foto: Bicycles (1946) de Stuart Parnet. Colección del Museo Harn UF.


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Gerardo Munoz
Verano del 2009
Gainesville, Florida.

3 comments:

Anonymous said...

Bonita anecdota Gerardo,
saludos,

P

Gerardo Muñoz said...

Mis saludos.

G

Jeane Arneaud said...

Los ciclistas están echos con otro tipo de material al que se encuentra aquí en la tierra.
Saludos.