Monday, August 31, 2009

"Ponte, el último cronista" por Duanel Díaz

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[Desde hace varios meses he venido pensado en compartir con ustedes, atentos lectores, una reseña sobre la novela de Antonio J. Ponte, La Fiesta Vigilada (2007), pero confieso que no ha sido nada cómodo elegir, de las tantas que se han publicado (incluyendo la mía para Revista Sin Frontera), una adecuada para este espacio. Tras la lectura de muchas reseñas, he decido ponerle punto final a mi decisión, y publicar la reseña del historiador y crítico literario Duanel Díaz, la cual se ocupa uno de los núcleos formales que más me intrigan de esta novela: el uso de la crónica, o de la prosa ensayística. Le agradezco a Duanel por permitirme difundir su texto por este medio. ]
- GM
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Vengo de leer La fiesta vigilada, que acaba de presentarse en Barcelona. Publicado por Anagrama en la colección “Narrativas hispánicas”, este libro reflexivo y autobiográfico de Antonio José Ponte ofrece un singular testimonio de nuestra historia reciente. Aunque no escribe siempre en primera persona, la perspectiva de ese escritor cubano que durante su estadía en Porto en 1999 duda sobre si regresar a Cuba, y, ya de vuelta, es represaliado por las autoridades culturales, preside siempre este conjunto de meditaciones donde nombres como los de Sartre, Graham Greene y Simmel son convocados desde la Habana ruinosa y mísera del siglo XXI. El yo de Ponte aparece y desaparece como el Guadiana, confiriéndole a su ensayo una coherencia fundamental y algo de la urgencia que suele conllevar la autografía. “Escribo lo anterior en una casa que desaparecerá en esa marea”, confiesa luego de referirse a las inevitables demoliciones que en La Habana Vieja habrá que emprender. “Cuando pienso en el futuro, mi desesperación es urbanística. / A diferencia de quienes se centran en avizorar en otros campos la naturaleza de lo que vendrá, mi pregunta se centra en la suerte de unas calles.”

Se trata, pues, de la ciudad, de los efectos de la Revolución sobre ella. Ponte no es el último habitante de La Habana, como irónicamente fantasea, pero sí su último gran cronista, aquel a quien ha tocado dar fe de la etapa crepuscular que atravesamos. Si en sus Estampas de San Cristóbal Mañach ofreció el programa regeneracionista de una generación que reaccionaba a la corrupción política, y Lezama en sus artículos del Diario de la Marina vertió su nostalgia reaccionaria por una ciudad colonial de tradiciones criollas y fiestas católicas, a salvo de la impronta desustanciadora de la modernidad á la américaine, Ponte narra el efecto devastador de la Revolución Cubana sobre la ciudad capital, una devastación que constituye quizás el índice más visible de la destrucción de todo un país.

Las crónicas de Mañach, escritas y publicadas en 1925, reflejan la modernización de una ciudad en continuo movimiento, que acoge a inmigrantes europeos llegados por cientos y se encuentra en franca expansión en todas direcciones. La situación actual es justo la contraria: la gente trata de salir del país a toda costa, y, si viven en el interior, emigran a la capital, pero La Habana “no aguanta más” porque ha crecido muy poco en las últimas décadas y se ha deteriorado al punto de convertirse en un paisaje de ruinas habitadas. Tanto Mañach como Lezama lamentaron en sus crónicas habaneras la degradación de las antiguas casonas coloniales convertidas en cuarterías, pero la “tugurización” que describe Ponte va mucho más allá de aquel fenómeno propio de los tiempos republicanos; refleja un tipo de pobreza que, como la libreta de abastecimiento, caracteriza a la época revolucionaria.

Propiciadas por la desidia gubernamental, esas ruinas son el contexto apropiado para el discurso de estado de sitio que ha legitimado al régimen durante décadas: “La Habana es el escenario de una guerra ocurrida nunca”, dice Ponte. Y precisamente la preparación para esa guerra siempre anunciada y nunca producida en la que los cubanos hemos sido carne de cañón está estrechamente relacionada con la represión de la fiesta que convirtió a La Habana de 1958, ciudad de bares y victrolas cantada por Cabrera Infante, en la Habana austera y apagada de 1968, cantada por Cintio Vitier. La censura de PM marca el inicio del fin de la fiesta, que se consumó con aquella Ofensiva Revolucionaria que, nacionalizando lo que quedaba de propiedad privada y rebajando notablemente el poder del dinero, cerró bares y cabarets para una movilización total de la vida en torno a la defensa y la producción. Y no es hasta lo que vendría a ser la “defensiva contrarrevolucionaria” de los años noventa, cuando por causa de la crisis económica el gobierno se ve obligado a legalizar el dólar, que el dinero regresa, y con él la prostitución y la fiesta.

Quienes se interesen en esta parábola histórica no dejen de leer el libro de Ponte, lleno de observaciones agudas y referencias interesantes. Estetas del “período especial” llama a los jineteros y las jineteras, en lo que constituye una clara inversión de valores: la Revolución redimió a las prostitutas convirtiéndolas en taxistas o costureras; ahora las prostitutas vendrían a redimir al país de la grisura, gritando a los cuatro vientos, con todo el cuerpo, el fracaso de la ingeniería social comunista. Mejor que materia prima para la producción en serie del hombre nuevo, ser nuevamente objeto del deseo extranjero, paraíso caribeño como en los cincuenta. Como si la Revolución no dejara más herencia que esa especie de regreso al pasado, pero sin aquel esplendor, sin aquella gracia. Ya no está La Lupe, que tanto impresionó a Sartre y que representaba, con su frenesí y su teatralidad, esa energía erótica que el régimen canalizó en las movilizaciones, las campañas y las consignas, sino Buena Vista Social Club: unos viejitos rescatados por un músico norteamericano, buscando el club del célebre danzón en una ciudad donde la tradicional imprevisión y el choteo criollo sobreviven entre la ruina y la miseria.

Tiene razón Ponte cuando afirma que Buena Vista Social Club marca, simbólicamente, el regreso de la fiesta como la censura de PM anunció su clausura. Aunque no creo, como Ponte, que el documental de Sabá Cabrera infante y Orlando Jiménez Leal representara sólo una fiesta absolutamente ajena a la Revolución. Es cierto que la pareja del borracho y la mujer con la cerveza “adoptan la ligereza de un dios con respecto al momento del triunfo revolucionario”, pero quizás no dejan de expresar, ellos y los otros que fueron grabados aquella noche ordinaria de enero de 1961, una alegría que era también de algún modo consecuencia del triunfo de 1959. En defensa de PM, Jaime Sarusky señaló en la reunión de la Casa de las Américas que justamente por aquellos días había aumentado la producción de cerveza, y es cierto que muchas de las medidas tomadas por el gobierno revolucionario mejoraron notablemente la situación de las clases populares que son las que aparecen representadas en el documental.

No me parece exacto, tampoco, atribuirle a la fiesta clausurada por la revolución los valores de la festividad tradicional que Canetti describe en el fragmento citado por Ponte. Pues a esa fiesta donde se superan prohibiciones y separaciones la revolución, en tanto subversión del orden que fue el primero de enero de 1959, se acerca mucho más que el baile y la música de un bar. En el momento intempestivo del triunfo, ese que Piñera contara magistralmente en “La inundación”, la fiesta se une a la historia en un carnaval que dura poco. Luego viene la institucionalización de esa fiesta revolucionaria, la continua conmemoración del triunfo, el decreto de ser felices y de dar gracias por ello: la pedagogía y la policía, el puritanismo y los comités. Esa pretensión de hacer Historia que no nos ha dejado, al cabo de casi medio siglo, más que una ciudad que es, como bien dice Ponte, “un museo en ruinas” y una historia de represiones y miserias que este libro recién publicado nos cuenta como ningún otro.

Aunque hasta ahora me he referido sobre todo a los temas de dos de las cuatro partes que conforman La fiesta vigilada -“Caja negra de la fiesta” y “Un paréntesis de ruinas”- , las otras dos -“Nuestro hombre en La Habana(remix)” y “Una visita al Museo de la Inteligencia”, no son menos interesantes y sugerentes. Pero de seguir con ambas, mi comentario se extendería demasiado. No quiero, sin embargo, dejar de señalar lo mucho que este libro destaca entre los que en su género se han publicado en los últimos años. Se trata de una obra orgánica, no de un conjunto de escritos autónomos reunidos con la pretensión de pasar por tal; un ensayo escrito con el estilo irónico y sobrio al que Ponte nos tiene acostumbrados, haciendo gala de su extensa cultura pero sin referencias impertinentes, con la sensibilidad agudísima y algo melancólica del viandante que lo mismo camina por la ciudad que por la historia.

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Duanel Díaz
foto: A.J Ponte en el set del documental El Nuevo arte de hacer ruinas.

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