Friday, September 11, 2009

La Izquierda del futuro: recordando a Salvador Allende

(Lentes de Sep 11, 1973)



Un día como hoy del año 1973, el Doctor Salvador Allende fue derrocado en La Moneda. Con un fusil entre las piernas y sentado en una butaca; lleno de brío y gallardía, procuró tirar del gatillo antes de ser humillado por los militares del golpe. En Chile, hasta hace muy poco la figura de Allende fue una prohibición de la memoria colectiva nacional, mientras que para la Izquierda la figura de Allende sigue siendo menos atractiva que la del guerrillero Guevara o la del octogenario Fidel Castro.

Aunque los dos casos previos son arquetipos del héroe épico, la figura de Allende gusta menos porque no fue un mártir, y creo intuir, desde mi posición de intelectual post-totalitario, que también se ignora por haber sido un hombre demasiado valiente para ser identificado como el guía de la lucha del socialismo. Cuando hoy he pasado por el campus de la Universidad de la Florida y he visto miembros de la Organización de Jóvenes Socialistas me les he acercado y he preguntado: ¿saben que día se conmemora hoy para la Izquierda? De mas está decir que no supieron decir, o que pensaron, ingenuamente, que era un chiste vitriólico a la conmemoración de otro año de los ataques terroristas de NYC 9/11. De igual manera, Allende es una figura ambigua para la Izquierda, porque hasta el presente no hemos comprendido la necesidad histórica de perder o de entender la catástrofe como proceso dialéctico natural. Cuando Walter Benjamin habla en su ensayo fundamental contra Carl Schmitt, Critica de la Violencia, de una forma de "violencia divina", no solo está incurriendo en las oscuras laderas del pensamiento apocalíptico judaico, sino proponiendo un modelo revolucionario, en el cual, el fracaso, es decir, la auto-violencia, sirva como modelo crítico a nuestra especificidad en el marco del materialismo dialéctico. No nos hemos dado cuenta que, con el suicidio de Allende, más que presenciar la muerte de uno de los lideres mas carismáticos y democráticos de los últimos suspiros utópicos del Cono Sur, estamos frente a la catástrofe que alimenta nuestra misma necesidad y creencia historicista para no abandonar nuestra posición ideológica de un mundo diferente y libre de los avasallamientos e injusticias del poder hacia esos, al decir de Frantz Fanon, que son los condenados de la tierra.

Allende no es la figura simbólica del líder triunfante, ni mucho menos la de un Cristo en la resurrección de la humanidad. Siento que la figura de Allende es rescatable porque fue un evento histórico libre de mistificación simbólica por las ideologías. La Izquierda debe mirar a la figura de Allende, no como ejemplo de lo que hay que hacer, sino como el "evento" que está presente en toda lucha por cambiar el mundo: un espejo para reconocer, no necesariamente evitar, en los abismos de la Historia. Allende no es un símbolo, sino la autocrítica de la Izquierda que asiente que, la violencia contra si misma, no solo es necesaria, sino justa y de raíces autenticas para el dinamismo del proceso. A la Izquierda le ha faltado un poco de humildad en sus fracasos, y Allende podría cubrir esa laguna memoriosa.

Así lo recordaba Rafael Alberti en su hermoso poema metonímico "Al Presidente de Chile Salvador Allende":

No lo creáis, cubría
su rostro la misma mascara.
La lealtad en la boca,
pero en la mano una bala.
Al fin, los mismo en Chile
que en España.
Ya se acabo. Mas la muerte,
La muerte no acaba nada
Mirad! Han matado a un hombre.
Ciega la mano que mata.
Pero su sangre
Hoy ya mismo se levanta.

Alberti en su poema no sacraliza al muerto, ni lo vuelve una victima: se da a entender que la caída es solo un envite para un nuevo ejercicio de alzarse. Comenzar otra vez como si aquello no hubiese pasado: "ciega la mano que mata". La mano no ha visto, aunque ha sido la asesina. Igualmente, la Izquierda no debe ser detenida por un martirologio que, con el paso del tiempo, pueda cegar caminos favorables a las críticas y resistencias. La violencia contra la Izquierda debe servir en todo caso de forma inversa de la violencia armada ejecutada por la Izquierda, en otras palabras, la violencia como catalizador de condiciones para el futuro. La muerte de Allende no puede significar el fin de la utopia, sino la perpetuación de ésta. Su esencia es solo cuestión de tiempo.

Si el poema de Alberti impulsa el lema del futuro, la historia de Salvador Allende ha permanecido retratada en el documental de Patricio Guzmán a través de silencios y espacios que plantean una de las mas difíciles cuestiones para un destino nacional: '¿Qué habría pasado si Salvador Allende no hubiese sido derrocado? '¿Hubiese existido otra memoria del pasado? Más que instar una postura especulativa futurista de ese intento hacia una unidad socialista en Latinoamérica, el socialismo de Allende, a diferencia del Castrismo que ya mostraba sus tendencias estalinistas tras los campos laborales UMAP o las purgas literarias con Caso Padilla de 1971; era una fuerza rejuvenecida que venia a reemplazar las inigualdades laborales del proletariado, no a través del llamado a las armas o a la violencia, sino con el despego de esa organicidad intelectual hegemónica (el Estado), es decir, desde las mismas estructuras democráticas, como había recomendado el pensador italiano Antonio Gramsci. Allende, aunque un líder de la Izquierda, comprometido con los ideales de una época y de un pueblo fue ante todo, como recuerda el político y crítico literario Volodia Teitelboim, un ser ético: "Nadie recuerda a Allende porque es una figura ética, y seria un golpe para nuestra conciencia". El socialismo de Allende tiene como base específica una ideología de la eticidad. Una eticidad que la Izquierda hoy olvida al contender que la batalla es contra el capitalismo y que los derechos humanos, la pluralidad, la democracia, son valores impuestos y creados por la misma hegemonía orgánica. Una de las lecciones allendistas radica en que, en efecto, la Democracia es un camino fértil hacia la consagración de un sistema superior de bienestar social.

El muy logrado documental de Patricio Guzmán, además puede ser visto bajo ese marco teórico que en Alemania, después de la Segunda Guerra, adquirió el fatídico título de Vergangenheisbewaltgang o las "formas de recordar o perpetuar el pasado". Multiplicador de sutiles yuxtaposiciones entre la narración histórica, el tono personal e introvertido, y los múltiples gestos espaciales, el director recoge los momentos cruciales de esos lugares que deben ser recordados para no volver, al decir de Santayana, a repetir nuestra historia. Desde las últimas fotografías de Allende hasta los autobuses que no participaron en la huelga, al descascaro de las paredes que fueron olvidadas; desde la residencia saqueada del propio Presidente por la porosidad del tiempo hasta los mas fúnebres testimonios de obreros y participantes de aquella época utópica, el documental Allende va escarbando y codificando diferentes capas simbólicas con el propósito de evocar el sufrimiento y el desasosiego de momentos claves en la memoria colectiva chilena.

Como en una especie de "crónica de muerte anunciada", Allende no solo sabía que su vida estaba al borde de la muerte, como se atestigua en uno de sus últimos discursos, sino que tuvo la gallardía de morir en La Moneda. (A diferencia del Che, no se rindió ni dialogó para salir del país, algo que pudiese haber hecho). Sin rendirse, se mantuvo firme frente a las ráfagas de los tanques del golpe militar que arremetían entre las llamaradas y los escombros del centro de Santiago. Una foto lo muestra con un casco, haciendo su último discurso por teléfono. Esa misma mano luego lo desnucaría.

Se conmemoró la muerte de Allende hace ya una década al agrandar sus lentes ópticos mutilados, productos del asedio, a un tamaño desproporcionado y situados en una plaza abierta. Quizá se trata de miopía, pero es ahora que la Izquierda debe intentar ver más allá de los logros y entender sus propios fracasos. Quizá migajas como éstas sean los lugares inacabados que poseemos para recobrar la memoria de un gran hombre que, como Allende, es la alegoría postrema y futura del sufrimiento de nuestros pueblos. Nuestra propia imagen olvidada.

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Gerardo Munoz
Septiembre 11, 2009
Gainesville FL.

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