Monday, October 26, 2009

La tercera categoría del intelectual cubano



Ahora que el sociólogo Rafael Hernández ha estado por las tierras cálidas de "Playa Albina", me gustaría reflexionar sobre un tema que, aunque lo he tratado en otros lugares y en instancias diferentes, sospecho que se aplica a su caso, ya que se trata, mas que de una posición asilada, del paradigma intelectual cubano después de la caída del Muro de Berlín.

Existen más de dos formas de pensar la intelectualidad en el totalitarismo cubano: por una parte existe una cultura oficial de lazos rígidos y vínculos verticales con el poder del Estado, mientras que por otra, se escurre una forma intelectual subalterna al poder – disidentes y opositores que se organizan dentro de la isla – y que de muchas formas no figuran en lo que la cultura oficial ha delegado en normas imperativas al homogenizar el gremio revolucionario. Pero mas allá de esta mera dicotomía de oficialismo y cultura, existe (y en varias ocasiones he pensado que quizá ésta sea una de los funcionamientos más eficaces de los Totalitarismos del siglo XX) una especie de tercera opción: el intelectual oficial-disidente. Quizá lo más próximo ha entender este dilema lo hayamos en esa especulación ontológica de Primo Levi con el concepto de la "zona gris". Según Levi, en los campos de concentración existían aquellos que sufrían (las victimas) y los otros que fomentaban el sufrimiento (los victimarios), sin embargo, luego surgieron víctimas que, por razones psicológicas e infrahumanas, se pasaron al bando de los victimarios, a la vez que ellos mismos eran victimas. ¿No es acaso la vida de Anton Arrufat o de las balsas que vuelven a la Habana del artista Kcho industrias análogas a esa zona gris? Si "PAIDEIA" fue el último intento de esa búsqueda de una "terca vía" real, de un desplazamiento de esa "mala conciencia" del intelectual revolucionario hacia una especie de neo-hombre nuevo gramsciano; entre el Estado cubano y las esferas de la cultura se puede anunciar que, con la caída del Muro de Berlín, la intelectualidad cubana funciona en la tercera tipología del intelectual disidente-oficial: una extravagante condición que ha podido sostener el discurso castrista en las ultimas décadas en el espacio interior nacional, como también en los espacios culturales académicos norteamericanos.

No se me olvida que hace mas de un año el escritor y antropólogo, Pedro Pérez Sarduy estuvo de visita en el Departamento de Estudios Latinoamericanos de esta institución (Univeristy of Florida). Como pocas veces me ha sucedido, me tomó desprevenido la incursión de Pérez-Sarduy en aquella tarde donde, entre muchas cosas que prefiero olvidar y que he olvidado, se dijo que Fidel no era un dictador (o que lo era condicionalmente: pues para los negros, según dijo Sarduy, no lo es), se lanzaron improperios contra el sector conservador del exilio cubano, y hasta se dijo que los debates de los "blanquitos cubanos" – código racista refriéndose a blogs como el de Ernesto Hernández Busto entre otros – eran unos racistas oportunistas. Después descubrí que Pérez-Sarduy, además de ser allegado del régimen castrista, era un fallido novelista de una sola novela, aunque aquella tarde se afanó de algún premio que ganó en un concurso donde participaron – según sus propias palabras – "otros grandes escritores cubanos", y que era el mismo individuo que había insultado post-mortem a Jesús Díaz en La Jiribilla. Rafael Hernández, aunque disímil en su ejecución formal y étnica, muestra un singular parecer intelectual con Pérez-Sarduy, y éste es el hecho que ambos prediquen la "parcialidad" discursiva en torno al Castrismo. Ambos están de acuerdo de la fragilidad existente en el proceso revolucionario cubano, pero su crítica alimenta el poder desde diferentes anunciaciones. Si para Rafael Hernández la revolución cubana ha sabido acatar sus errores, ese trillado argumento del revisionismo después de la década de los setenta, para Pérez-Sarduy la revolución cubana alivió los pesares de la población negra, y otorgó oportunidades más justas, y esto, mas allá de las miserias causadas por "el tercermundismo" y el Bloqueo, de alguna forma justifican el proceso revolucionario.

Hay pocas cosas que exciten tanto a los académicos norteamericanos como el fetichismo actual por el multiculturalismo y la subjetivización de un conflicto. Como lo ha definido Wendy Brown en su excursus sobre la tolerancia en la globalización posmoderna: "tu enemigo es aquel, cuya historia tu ignoras". Es imposible hoy defender a Castro (quizá Ramonet sea una excepción tardía), pero si se defienden los Castristas, cuya historia no solo se debe oír, sino aceptar testimonio de lo (in)creíble. El intelectual cubano del post-1989 de la isla, ya sea en las artes plásticas, la literatura, o las humanidades o los estudios sociales, cubre la crítica y la resistencia al Castrismo, a la vez que la alimenta.

Esta nota no se debe leer como una diatriba a la posición intelectual de la Izquierda, o mucho menos que el cubano deba renunciar a la posibilidad de la Izquierda una vez en el exilio. Intelectuales cubanos como Desiderio Navarro, Rafael Hernández o Pedro Pérez Sarduy por solo citar tres, aunque siendo de esa "Izquierda Clásica de la Modernidad", como acota Jameson, carecen al menos de un parecer fundamental: una posición sincera de la crítica desde los márgenes. Cada día se me hace más arduo explicarle, tanto a algunos compañeros como a profesores de Humanidades, como se puede seguir siendo de la "Izquierda" luego de haber naufragado a causa de un Totalitarismo de esa misma estirpe. En el mejor de los casos, un cubano de la Izquierda resulta una contradicción, para no decir una contumelia. Hay una vertiente existencial en ese cambio político, y por ello la cuestión sigue siendo la misma que ha dibujado Iván de la Nuez en casi todos sus libros: ¿de que forma puede uno aplazarse en el paisaje poscomunista? Aquellos que apoyan a la Derecha, salvo los que se posicionan por móviles económicos o convicciones dogmáticas, siguen vinculados con el pasado, atados a la memoria y al rencor, controlados psíquicamente por la represión y la discordia operante de la memoria, como explicó alguna vez Eric Fromm. Si existiese algún gesto intelectual de coraje para el exiliado cubano hoy es, en efecto, el no temer a dar el brinco desde el pasado hacia el presente. En otras palabras, criticar al sistema actual con la misma vehemencia que alguna vez se criticó el pasado del comunismo cubano. Habría que diferenciar, a la manera de Alain Badiou, la historia estatal del comunismo totalitario durante el siglo XX, y la vigencia que aun algunas venas del comunismo puedan tener como forma de pertinacia política en la era de nuestra culturización total.

La Izquierda es, como lo ha dicho Cornel West, una forma de hablarle al poder, y de retar a las formas existentes de dominación, Imperio, y hegemonía. Los intelectuales cubanos de la isla, como funcionarios "acríticos" o como muchas veces lo tildan en un bello eufemismo los académicos norteamericanos, de "la línea suave", son portadores de esa misma precaria condición del intelectual que no se decide afrontar al poder, sino morar con servilismo un reformismo tolerante. La crítica de los primeros es contraproducente (alimentan el propio poder en su crítica), para los últimos, la crítica es constante, cuyo telos es un gesto de inestabilizar las condiciones que regulan todo discurso del poder.

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Gerardo Munoz
Octubre 2009
Gainesville, FL.

foto: Pedro Perez-Sarduy con Choco

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