Sunday, October 18, 2009

La Tierra de nadie: Insularidad, Derrida, y el Japón


Al filósofo Gustavo Pita Céspedes, porque el Japón, ese ente imaginario, nos persigue.

0.

La isla es un signo operante del lenguaje, ya que cuando se habla de la insularidad se está aludiendo a otro problema: el de los límites. La isla es, además de un código léxico, un territorio de lo incierto, un fragmento de una totalidad, con lo cual nace la pregunta de la posibilidad de pensar su propia esencia, o si es acaso posible pensarla desde sus fragmentos. En la Meditacion XVII de John Donne encontramos una explicación epistemológica: "No man is an island; entire of itself every man is a piece of the continent". ¿Dónde surge el continente? ¿Cómo identificar la totalidad del fragmento, o desde donde situarla en el Todo? Quizá la Isla ya sea, desde su propia anunciación, un fragmento de imposible explicación: una cavilación imposible de no asentir al reto de los límites.
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I.
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Una de las intrigas de pensar la identidad insular es aproximarla desde el marco de la ética, es decir, como un territorio que difiere tanto de las geografías continentales como de las de un territorio desconocido y continuo. Desde este marco, la isla es un espacio que, valga la redundancia, se aísla de algo, e infiere un valor propio, una nueva forma de ser, y de esperar al Ser, si quisiéramos parafrasear a Heidegger. Una ética de la Isla tendría que investigar su relación con el exterior, con lo Otro – aquello que se encuentra en el futurismo de su esencia, o lo otro que está apunto de venir o de no venir, inesperado entre el cruce de las aguas. Cuando pienso en la isla, sin embargo, se me hace irresistible no pensar en la idea del flote: de un pedazo de tierra que funciona como un desplace en las calidas aguas. Algo que ha surgido como una extrañeza sobre las aguas, y que existe como una forma única de vida, aunque en cualquier momento puede desaparecer. Zarpar al vacío de litoral.
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II.
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Parte de la violencia emprendida desde la Isla, es su persistencia en lo telúrico. La isla, de hecho, cobra sentido desde su exclusión de todo aquello que no sea terrenal: viento, mar, arena, y sol, quedan suspendidos en la gabela semántica de la metafísica de la Isla. Rafael Rojas, por ejemplo, ha anotado en su Motivos de Anteo que, entre las muchas metáforas que le sirvieron al imaginario Origenista de los 50s, quizá ninguna supera a la idea de la "imagocracia", aquella doxa poética que veía en la isla una especie de imagen mística con fines únicos dentro de su tradición política. Esta idea que va desde Lezama y Vitier, a Marruz y luego afrentada por Piñera, se esboza en aquellas primeras paginas del Coloquio con Juan Ramón Jiménez, en donde la isla debe trazar su propio destino, ya que su futuro es único y teleológico. La respuesta de Juan Ramón, cuya inteligencia andaluza no estaba del todo alejada de la injuria, señaló que, en tal caso, donde estaría la diferencia crucial entre la isla de Cuba, y las otras islas (Inglaterra, Australia, Japón...)? Parte del pathos republicano origenista aprovechó la idea insular para recrear una violencia atroz contra aquello que no tenía destino, o que deseaba crea su propio destino en base de una culturización heterogénea y azarosa. Tanto el Lezama teleológico, como aquel que postula las eras imaginarias como esencias de todo el Continente, corre el albur de confundir la isla con la presuposición de la esencia. Una isla, en cambio, es siempre un lugar provechoso para la contingencia, el azar (los huracanes tropicales, como le dedicó uno de sus libros Fernando Ortiz), los vientos huracanados que esparcen el paisaje, que tuercen las palmas, que desfiguran la topografía, que aplastan el pueblo contra el barro de la tierra. La dicotomía entre Tierra y Mar como forma de otredad, no era nueva, y ya José Marti diferenciaba en su poema "Odio el Mar" (aunque se puede encontrar un amplio registro entre la yuxtaposición – como lo ha investigado recientemente Desiderio Navarro en un trabajo aun inédito – entre el tropo del Sol y las Alturas del Hombre Alado, y la idea de la tierra que tienden a trascender), entre el mar como zona desconocida, llana, y monótona; mientras que la tierra es el espacio simbólico de la belleza, de lo "nuestro", en otras palabras, de una finalidad eticista compartida entre una comunidad electa. Basta con reparar sobre estos versos:
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Odio el mar: vasto y llano, igual y frío
No cual la selva hojosa echa sus ramas
[….]
Buena es la tierra, la existencia es santa…
Que por el llanto de sus ojos surge
Más grande y hermoso que los mares.



III.

En una conferencia escuetamente titulada "Faxitexture" leída en Japón, Jacques Derrida aproxima la problemática insular, o lo que el filosofo llama "cierta política de la tierra" (une certaine politique de la terre). Esta política terrenal, a diferencia de aquellas que buscan la teleología cerrada de una historia, es una cuestión de apertura, de existir en el espacio con repetición en todas partes, como también de constituir la dispersión de los fragmentos sobre una multiplicidad de unidades.
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Al igual que Fernando Ortiz, quien había recordado que la isla de Cuba no es otra cosa sino un archipiélago, para Derrida la isla es un territorio de la inmanencia entre sus dos polos aleatorios: la tierra y el agua. La differance, existe entre estos dos polos ambiguos, donde el arte de la espera niega la hospitalidad hacia ese Otro que viene en algún momento, desde alguna parte. Este otro es la Democracia. La tragedia de la Isla reside en que, a diferencia del continente, siempre se resiste a otro espacio, quedando así recluida en ella misma, sin apertura de frontera. Esta violencia insular corresponde, según Derrida a una violencia de esencia contra el Otro: "La insularidad siempre ha estado privilegiada, y por consiguiente, es un espacio ambiguo, el borde de toda hospitalidad como tanbien de toda violencia…el cuerpo de un isleño suele defenderse y exponerse mas que cualquier otro". Defensa y violencia: para la Ínsula esperar al otro comparte la hospitalidad infinita, pero a la vez, a su llegada la isla cierra, vuelve sobre si misma con la obliteración infame de la tierra. En este gesto de suprimir y abrir también se ha encontrado la isla de Cuba: fluctuación ética y política, umbral de la Historia. Pero pensar más allá de la isla es olvidarla, crear un signo de ella portátil, manejable, es transportarla más allá de su presencia geodésica. Como la configuración japonesa, nuestra Isla se repite, no bajo el continuismo de su Historia, sino en su ruptura de aquellos que la han desplazado. La isla del futuro dibujaría el espacio de la amistad incondicional, y esa seria la Isla que, más allá de la esencia de su insularidad, se abriría a la idea de una post-cubanidad.

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Gerardo Muñoz
Gainesville, FL.
Octubre 2009

2 comments:

Anonymous said...

Que buen post Maestro! Un abrazo,

Alex

Patricia Miranda said...

una isla que ha sido aislada del mundo! es posible aislar una isla!?
este post, particularmente, me ha hecho sonreir, pensar en mi misma como si fuera una isla!
un abrazo gerardo!