Friday, November 6, 2009

Cuba en su coloquio de la experiencia


"No pienses en el encanto de la infancia, en el paraíso aromado, en las glorietas"
- Anton Arrufat, "La casa del porvenir".
I.

Las conferencias, los coloquios, los meetings, las reuniones, los cenáculos, en fin, todo tipo de secta secreta, docta de los saberes claustrofóbicos que ocurren en el espacio Académico – ya lo sabemos, pero es recomendable recordarlo – no solo son fútiles, sino estéticamente aburridos.

La arista del aburrimiento tiene al menos, un sentimiento existencial (o atroz, verzweifelt, como diría Heidegger) que es más sincero y pesimista que los altiplanos de una resistencia evocada, o un trazo de plan sin ejecución. La exaltación que algunos académicos muchas veces siente hacia Cuba es digno de admiración, pero también digno de la musa del aburrimiento: uno, como cubano se resigna a aguantar todo tipo de arengas: desde lujurias al régimen de Castro, a elogios a la medicina, justificaciones al pasado, y entendimiento multicultural entre los polos del exilio y el insilio. Más que aburridos, algunos de estos eventos académicos suelen ser abrumadores, ya que percibimos que están hechos desde la simulada posición de cambiar la política cubana (esa idea de estar siempre "haciendo historia", nada mas incierto), de tomar lugares comunes para fortificar una muralla epistemica, o simplemente especular sobre el futuro. Me pregunto si Cuba no es, para estos académicos una especie de juego de abolorios, un tiro hacia un blanco desconocido, navegar sobre las cercanías desde la distancia, es decir, un navío que nunca toca tierra, ya que, como es sabido desde los tiempos de Coleridge, el mar es el lugar donde se respira la pasión exaltada, y donde se puede aludir a todo un pasado, y evadir la realidad. No importa el destinatario. El ser-cubano hoy es homónimo del dialoguerismo, si se me permite el vocablo; en todas las esferas comunicativas (la de la isla, la de los blogs, las reuniones en el exilio en recintos académicos), se intenta llegar a un entendimiento de las "partes", a comprender esos "años duros" (título de Jesús Díaz) que han simbolizado el medio siglo pasado.

II.

Charlar sobre Cuba hoy presupone que existen diferencias sobre la visión histórica (pasado y futuro) de la nación. El diálogo tiende a dibujarse como aquel juego sofista, criticado por Sócrates, ante el elenco: incluye diferentes locutores que merecen ser oídos, comprendidos, y hasta aceptados. Se acepta, moralmente, la subjetivización de la catástrofe, ya que cada uno de nosotros es, en potencia, un biógrafo desconocido, ese "story-teller" secreto, oculto, repleto experiencias que todos desconocemos (la historias muchas veces se repiten: tuve que abandonar la casa de mis abuelos cuando me fui, o que me quitaron la posición de maestro en la Universidad una vez pedido el visado). El panel, al cual asistí el pasado lunes en la noche, en el community-Santa Fe College en Gainesville, buscaba seguir estas pautas del dialectismo cubano a la vez que trazaba rupturas inéditas sobre el modo operandi de los eventos coloquiales cubanos. Si en otras ocasiones hemos podido ver la exaltación pseudo-revolucionario por la "Revolución Cubana", ahora podemos ver la otra cara de esa exaltación: la historia contrafactual de la nostalgia. Así entra aquello que Emilio Ichikawa llama el "tuteo epistémico", una especie de fascinación kitsch del tono personal, pero de rasgos auténticos. De modo que todo cubano es una historia encarnizada, y la democracia actualiza esa potencialidad: cada uno puede contar su historia personal, amparándose así de las premoniciones de un colectivo, de la memoria del pasado y de sus diferencias.

III.

La nostalgia desentona una conversación: desmedido uso del pathos, y elevación del pasado sobre la realidad, aunque digna de sinceridad afectiva. Muchos de los profesores que dicen estudiar a Cuba en la Academia se dejan llevar por ese "fetichismo de la negación", al decir de Freud, cuyo molde opera en reconocer las fallas del régimen castrista revolucionario, para después realzarlo en justificaciones. Algo por el estilo siempre se intenta: "Sí, Cuba es un país que carece de libertades cívicas y públicas, lo sé, pero hay que reconocer que tiene unos de los sistemas de salud publica mejores del mundo". innoble justificaciones de esta índole tienen una larga etcétera. La nostalgia, en cambio, tiene la fuerza de haberse nutrido por la experiencia destructiva de una vida personal, algo que, los ciegos estudiosos de la Universidad, se niegan a ver en las frías casillas de las estadísticas. Para estos, la nostalgia es un síntoma psiquiátrico de la condición del cubano de Miami, fotograma trillado del exiliado cubano. Los nostálgicos, sin embargo, carecen de una dimensión crucial del analista: la histórica. Para el nostálgico – ya sea en una novela de Cristina García, de Daina Chaviana, o de Fabiola Santiago – el pasado es un espacio memorioso que flota en la distancia, una utopia en la niebla, una abstracción total sin sedimento histórico (de conflicto de clases, de violencia, de miserias humanas). No es, sin embargo, una contradicción que se recuerdo lo dulce del pasado: la memoria también funciona bajo el precepto de olvidar las calamidades (he ahí asimismo de las recientes reivindicaciones de Fulgencio Batista, por ejemplo.)

IV.

En Memorias del Subdesarrollo vemos una temprana crítica del coloquio revolucionario cubano cuando, en medio de la ponencia en la que participa el propio Edmundo Desnoes, un norteamericano intervine para cuestionar la forma de aquella conversación que giraba sobre la revolución, el subdesarrollo, y el materialismo dialéctico. ¿No parodian hoy, los mismos cubanos en la oposición, desde estas aburridas y nostálgicas mesas, púlpitos, y micrófonos de salón aluminado, el espacio de la "mesa redonda" insular? ¿Volver hablar de los exotismos de la buena vida, el placer, y la felicidad bajo Batista, no es por su parte una incursión violenta sobre el olvido haciéndose pasar por reflexión repetitiva de la nostalgia?

V.

"Mas conversación solo consigue plantear mas problemas" rezaba una frase de Peter Sloterdijk en la cual se alertan los peligros de esa "razón comunicativa" que rige el paradigma ético de nuestra contemporaneidad. Cuando Raúl Castro habla hoy de su disponibilidad del "diálogo" se apropia del discurso liberal y globalizador, cuyo directriz es entender nuestras diferencias para así localizar la reconciliación del presente. Salvo que, ni en la particularidad cubana ni en marco comunicativo, nadie se pregunta sobre las deficiencias de los interlocutores, del asimetría del diálogo, o de la imposibilidad misma de entendernos. Esta "razón dialógica" es de alguna forma, ad hoc, un gesto civilizador de un intento fallido. No me atrevo a proponer o vislumbrar una estructura futura del diálogo cubano, solo discierno los deseos voluntarios de los bienaventurados por la habladuría nostálgica.

VI.

Los cinco integrantes de este coloquio (Ricardo Acosta, Fabiola Santiago, Caridad Martínez, Sonia Calero, Nereida García) dieron una lección de la imposibilidad del diálogo por dos razones: primero, no dejaron hablar a nadie del público, y segundo, muchas veces no analizaron los problemas, situándose así en los frescos lugares comunes (Caridad Martínez, arriesgó muchas veces no transmitir una sola palabra: "Yo no tengo opinión sobre mis memorias en Cuba…", entre otras privaciones). Proyectaron una irrefutable nostalgia de miel, es cierto, pero hicieron posible otro discurso en la Academia: hablar de Cuba con dificultosos silencios. Olvidar a Cuba en el intento de recordarla. Soria Calero, profesora de danza contemporánea, en una de las preguntas que moderaba Ricardo Acosta dejó un bosquejo de lo que fue el evento: "Yo no recuerdo nada, tiendo a olvidar las cosas, yo tengo problemas con la memoria". Entre la repetición de la memoria – una memoria que ha sido universalizada por la misma existencia de la diáspora – es preferible callarla, y ocultarla: de-instrumentalizar la memoria en el presente.

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Gerardo Munoz
Noviembre de 2009
Gainesville, FL.

2 comments:

Anonymous said...

yo creo que esas personalidades que han perseguido el virtuosismo de otras "artes" ( o del cuerpo, por ejemplo ) pierden por completo el virtuosismo de la mente...
a este tipo disertaciones, lo ideal sería invitar solo y exlcusivamente, gente pensante.

Gerardo Muñoz said...

Estoy de acuerdo. El problema tambien radica, creo yo, en el menosprecio que se tiene hoy por la "experiencia". El sabio o el pensante no es aquel que ha vivido (de hecho no ha vivido nada), sino aquel que ha quedado inmerso en su estudio; esta la primera "diferencia" a la hora del ver los problemas. Luego, le siguen otras, por supuesto.