Monday, November 30, 2009

Prefacio a Las Iniciales de la Tierra de Fredric Jameson (Parte I)


Prefacio a Las Iniciales de la Tierra
por Fredric Jameson Traducción del prefacio de Jameson por Gerardo Muñoz. 2009.
Traducción de Kathleen Ross. Duke University Press 2006.
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Es alarmante encontrar cuan pocas obras literarias escritas en Cuba desde el Bloqueo han sido traducidas al inglés. Los exiliados (no todos disidentes), por su parte se han dado un gusto con esto, aunque el público norteamericano e intelectuales no especializados en estudios Latinoamericanos, han tenido una escasa visión de lo que ha sido la experiencia cubana de esos decisivos años. Ni se trata de cierto asunto extranjero (potencialmente exótico) de la naturaleza de esta experiencia, aunque uno tiene que insistir cuan diferente es la experiencia revolucionaria a la vida llevada en otras partes, una vida que se ha entendido tradicionalmente a través de la división entre espacio publico y privado. En pequeños países, estoy seguro, lo político y lo internacional intercede con la vida privada, a tal nivel, que es imposible de imaginar para los que viven en grandes potencias (aunque algunos de nosotros, insisten continuamente que lo privado siempre es político). Pero en el Socialismo – es decir, en países comprometido con ese proyecto colectivo que es la construcción del socialismo, como se ha ejercido en Cuba por ya casi cincuenta años, lo personal es político de una forma muy especial, de la misma forma que lo política es también siempre personal. Cómo los escritores registran esta experiencia única, lo examinaremos mas adelante, por ahora vale recordar que el caso cubano no solo es único, sino también es importancia para nosotros en Estados Unidos. Nunca jamás ha existido otra revolución socialista en el hemisferio, y mucho menos cerca de la gran superpotencia norteamericana. Desde una perspectiva global, el proyecto revolucionario cubano es distinto tanto al de China como el Soviético. Por otra parte, el gran interdicto de Fidel Castro – “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada” – ha dado lugar a una producción cultural plural de la cual solo conocemos algunos filmes, canciones, y danzas.
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La presente traducción de Las Iniciales de la Tierra es un evento excepcional, y una rara oportunidad para conocer lo que ha sido la experiencia cubana de primera mano. Los norteamericanos suelen ignorar que el género de la “novela de la revolución” es un género nuevo que surge en Cuba a partir de 1959 en diferentes escritores y que se convierte, posteriormente, en textos requeridos en las escuelas. No solamente difiere de Realismo Socialista de otros países del campo socialista (una práctica que en Cuba se ha convertido solo una variante entre muchos otros géneros), sino que es una forma que poco tiene que ver con la literatura y cinematografía de la guerra que estuvieron en el centro de la producción artística por mucho tiempo en la Unión Soviética.
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Las Iniciales de la Tierra considerada obra cumbre del género, no se limita al período de la lucha armada que derrocó a Fulgencio Batista del poder, también cubre los años 60s, dando así un amplio testimonio del período inaugural de la revolución como proceso político. La novela traza un movimiento por el cual la vida de Carlos Pérez Cifredo, inicialmente privada y refugiada dentro de lo político (o como ese ‘pistoletazo en medio de un concierto’ que define la política en la novela según Stendhal), se transforma, para que de este modo lo privado – sobretodo las experiencias sentimentales y los dramas amorosos – que se vuelve parte de una turbulenta dinámica pública, donde el personaje se alterna entre el compromiso y la reclusión.
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En ese debate perpetuo, entonces, saber lo que constituye lo político y lo que es la literatura política (o debe ser), Las Iniciales de la Tierra tiene mucho que decirnos. Aunque seria equívoco pensar que Jesús Díaz (1941-2002) fue solo un novelista político, o que solo fue un intelectual entre otros. De hecho, y como asegura Ambrosio Fornet en el epílogo de este libro, el autor fue una personalidad extraordinaria de mayor distinción – un apasionado militante político (inmerso en la revolución nicaragüense también) y un cineasta de cierto prestigio, cuyos filmes también nos enseñan de que forma el cine tiene y puede tener consecuencias políticas. (Lejanía (1985) en particular, es uno de los serios y más exitosos intentos en ilustrar las relaciones de los cubanos exiliados de Miami y sus parientes que viven en la Habana). Ni es tampoco Díaz, fundador de la revista del exilio Encuentro con la cultura cubana, otro disidente más del jardín de la diáspora (muchos de estos motivados por intereses personales o profesionales), aunque su exilio de Cuba surgió dado el descontento con el filme Alicia en el país de las maravillas (1990), donde se critica la burocracia cubana desde un pueblo ficticio llamado Las Maravillas. Desde el momento de este incidente, Díaz obtuvo una beca de investigación en Alemania, donde nunca regresó a Cuba. Pero cierto es que su posición inicial hacia una simpatía crítica con la revolución cubana se endureció hacia una crítica implacable contra Fidel Castro y el Estado revolucionario cubano mientras fueron pasando los años en su exilio; un exilio que, por otra parte, terminó trágicamente con su prematura muerte en 2002.

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