Tuesday, December 29, 2009

En el estudio del Maestro Baruj Salinas


Al Maestro Baruj Salinas, por su amistad y generosidad
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Su voz, al otro lado de la línea, filtró una lozanía saludable, aunque sabemos que el Maestro ya había excedido las muchas décadas temporales y demasiadas injustas lunas. Fió en mi, y me propuso que pasara por su estudio al otro día en la mañana, muy temprano, pues para el artista – quizá un tanto disímil al escritor – la mañana es la luz, y la luz es símbolo de los dones imaginarios, un vendaval creativo. No se si llamar el perímetro en el cual trabaja Baruj Salinas, un “estudio” o un “hogar”. Al entrar, me encontré con muebles, entre ellos puedo recordar una pequeña mesa de madera, con tazas de café, y acariciada con un modesto mantel de mimbre, muy pulcro y pulido por la escurridiza luz que derrochaba la compuerta de cristal que daba al patio. La verde yerba, empapada en sol, deslumbraba cristalina. En el interior, las paredes estaban cuajadas de cuadros: una Vía Láctea de colores, efusiones en el espacio, galaxias, movimientos, grafos de los rígidos pinceles, novas; y un cuadro que, ahora nebuloso desde la linde de la memoria que todo lo confunde y mezcla, un paisaje costumbrista – uno de sus primeros trabajos – como una funda, saturado en amarillo que pintaba un ambiente bucólico con una gran montaña de fondo. El amarillo: espejo de la luz de de un ambiente siempre visible, un microcosmo del espacio.
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He sentido más de una vez una obstinada fascinación por la inspección de manuscritos originales de algunos poetas, ya que llegar a éstos significa haber traspasado el pórtico de la letra y sentarse sobre el fogón simbólico del autor. Existe, sin dudas, cierta convulsión fetichista en inspeccionar los espacios de creación, los estudios, las trazas que han quedado en las cercanías del texto, y que se vuelven visibles. Las posesiones de este artista o de aquel pintor siempre resultan sinécdoques de la memoria: las huellas dactilar de Pollock en una tapia de su estudio, el enorme abrigo de Marti sobre el sillón de la casa de Alfonso Reyes.
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Al entrar en el estudio de Baruj Salinas, supe que en aquel instante no rendía cuentas con un inexplorado estudio de artista, sino que me encontraba en una especie de sarcófago donde se funde la creación. En un bello ensayo sobre el hogar de los poetas, Virginia Woolf, recoge el olor de la casa de Carlyle, y lo compara con aquel del hogar de Keats. La picadura de los cigarros, las cenizas de la chimenea, una mesa gastada por el roce diario de un puno, un anaquel con libros y espacios vacíos. El espacio de la creación es, antes que todo, una bóveda de perfumes, cuya fenomenología está gobernada por la forma de los colores imaginarios de que la memoria ha recluido en el pasado. En el estudio de Baruj Salinas, uno siente que ha entrado a estas concavidades de su pasado, pues se mezclaba el olor del óleo con el ámbar de las paredes, la frescura de la luz, la música rupestre, y algún que otro aroma de una colada de café recién sacado del fuego. Hay estudios que son inhabitables, y más que estudios son los infiernos del creador, aposentos del desquite contra las derrotas personales y el desvarío de algunos desamores. En cambio, en aquel estudio había cierto misterio del orden que, como recuerda Martín Buber en uno de sus rungs hasídicos, dilataba los confines del espacio hacia la no-presencia de las cosas.
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A diferencia de estos estudios virulentos –como el de Francis Bacon que quería simular más que una fiesta de colores, una batalla alegórica entre atentos pinceles y mudos lienzos – el estudio de Baruj guarda un secreto íntimo y hogareño. Hay paz en el orden, pero también sale al relieve la idea del orden como figuración articulada por otro ser, o simplemente de aquello que brota a través sin porqué de la creación. Creo que no he podido dar con las palabras, o con las sensaciones de esas palabras que nos pudieran acerca en el espacio al estudio del pintor: he querido decir que el estudio de Baruj Salinas es un agradable recinto de la hospitalidad. Una hospitalidad que, en si misma, es un espacio hipostático: el Maestro Baruj es la luz y el pórtico que se encarniza. Es decir no es el símbolo a la casa, sino la propia Beth.
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Se dejó extinguir la mañana como se apagan poco a pocos los brazos del Candelabro. Luego, en el silencio, resonaban nuestros canjes verbales y secretos sobre el arte y el judaísmo. Recordamos en nuestro diálogo que hace mucho también se habló en Jerusalén sobre el arte y el Nombre, y que el Impronunciable derrumbó los idolillos con su infinita ira. He aquí el misterio, y su imposibilidad de aludirlo. ¿Cómo era posible hablar de arte en el Judaísmo? ¿No es la abstracción de Salinas, después de todo, un regreso a las configuraciones visuales de la escritura nomádica, un rescate tras la ruina del Templo? Su represo, por su condición de doble exilio, implica de alguna forma la adopción de la isla como letra secreta, porque isla es una isla encavada con la densidad de la luz que el Nombre ciega en las alturas.
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Toda ciudad es poseedora de sus secretos. Ahora siento un agradecido vértigo de saber que he penetrado en uno de ellos, con el desasosiego de saber que nunca volveré, ya que el origen (el hogar, la isla) siempre permanece desalojado en lo que el Otro haya cifrado en su memoria escritorial.

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Gerardo Munoz
Gainesville, FL 2009
*Publicado originalmente en el espacio de Emilio Ichikawa

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