Tuesday, January 5, 2010

Bonsái de Alejandro Zambra



A Bonsái – novela que apenas alcanza las noventa paginas en edición de bolsillo – se le puede leer desde los espacios y tiempos más recónditos e inesperados de algún momento del día: en la ruta nocturna de la noche a la casa, desde una parada de autobús, sentado en el autobús, o mientras tomamos el desayuno en la mañana. Leer con la prisa esta novela no significa de ningún modo sobregirar su forma, pues está ya, desde la forma misma, la velocidad de esta novela que quiere comenzar y nunca llega a arrancar. Se trata de todo y de nada: de la literatura, de las mentiras, del amor, del Eros, de los desencuentros, de los puntos de contactos, de los silencios del lenguaje; pero se trata – si es valido resaltar un tema para mostrar la grandeza pequeña de este libro de Alejandro Zambra – de la imposibilidad de escribir. De la incompetencia y ceguera de los intelectuales, o al menos, de aquellos que siempre aparentan serlos.

Desde el canon hispanoamericano, Bonsái es una reescritura de un cuento de Macedonio Fernández, "Tantalia", relato que, como recordaran aquellos que han revisado la Antología de la literatura fantástica compilada por Bioy Casares, Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges, trata de una pareja que compran una planta como símbolo de su amor. Con esperanzas de que su amor sea eterno, la pareja (de Macedonio) decide cultivar esa maceta, hasta que un buen día la colocan junto a cientos de otras, en las cuales nunca se sabrá si realmente vivió o no aquella planta. Zambra no propone en la escritura de esta novela "menor", casi como una planta (bueno, es una planta, es un bonsái), de un amor eterno, sino precisamente de un amor que no pudo ser: amor tronchado desde el comienzo por los deslindes del lenguaje y de las mentiras. Y digo que esta novela es una obra "menor", en el sentido de Gilles Deleuze, por el cual se entiende lo menor como el intento de trasformar una lengua anti-hegemónica, en un fluir múltiple de lo subalterno. Lo mejor de esta novela está en su poder de síntesis, y en su economía sentimental, es decir, en poder llevar a cabo una narración de la muerte a la par de una belleza formal que une, al concluir, el acto de la escritura con las redes de los personajes. Colocándose en la mejor tradición de una brevedad que roza con lo poético (Borges, Kafka, Monterroso); el lector encuentra en la escritura de Zambra una renovación de lo "menor" dentro del idioma castellano. Un idioma que, por lo demás, siempre ha intentado estancarse por las sombras de lo barroco, lo totalizador, la grandilocuencia. Fría e imperturbable en la retórica, telegráfico y anémico de forma – así se cifra el posible estilo de Zambra. Ocurre algo raro también en su narración: leemos cada párrafo como si cayera en un vacío, en el espacio entre el recuerdo y el olvido.

"Cuidar un bonsái es como escribir, piensa Julio. Escribir es como cuidar un bonsái, piensa Julio".

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Reza una de los fragmentos más memorables de la novela. . En verdad la metáfora del bonsái aparece casi al final de la novelita, cuando el personaje, tras un fracaso de convertirse en un traductor de la nueva novela de un importante escritor chileno de improbable nombre Guzmari. Antes de la brevedad de esta analogía (bonsái =escritura), tenemos la idea de las lecturas de novelas infinitas: se citan aquí – y se dicen mentiras los personajes que han leído – novelas como las de Henrich Boll, los libros y aforismos de Nietzsche, libros de Marcel Schwob, y El Tiempo Perdido de Marcel Proust. Teniendo esto en cuenta la novela poética de Zambra se puede cortar en dos partes: primero como una crítica de la lectura – afín a las ideas del último libro de Pierre Bayard acerca de los libros no leídos – y la segunda parte como una estrategia de la escritura. Aunque se entiende aquí la escritura como la supervivencia humana, como aquellos momentos que, en nuestra corta existencia que en cualquier momento llega a su fin, trazan una historia entre rostros, sexos, cuerpos, y árboles. Zambra entiende cada palabra como un acto efímero de la intrascendencia humana, y de esto se trata un bonsái: de la fragilidad de lo delicado, del arte por lo minúsculo. De este ars minima del bonsái tomamos el lirismo de lo absurdo. Todo amor es un desencuentro, advertía Jacques Derrida en Dar Tiempo, y aquí Julio sobrevive, casi por puro azar, su verdadero amor, Emilia. Solo le queda un bonsái, la composición de Bonsái, el recuerdo de las amadas. Cuatro mil pesos. Estos personajes (escasamente son cinco o seis en todo el librito) rodean los caminos de la ciudad global sin rumbo alguno, parecen muchas veces flotar, carecer de lenguajes y de rostros (identidad de lo moderno según Agamben), seres del aquí presente.
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Seria injusto recomendar un libro como Bonsái (por general los libros recomendables son bloques de ladrillo o juicios sentimentales), mejor eludir su forma y evocar la experiencia. Creo haber cumplido con lo primero, y confieso haberme emocionado en lo segundo. Si la literatura es placer y lo que resta, entonces la novela de Zambra es la forma de esa narrativa contemporánea que sabe posicionarse más allá de la ficción: solo sabemos que los nombres sobreviven nuestra propia existencia. Y que solo queda la literatura o un bonsái para recordarnos. .
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Gerardo Munoz
Enero del 2010
Gainesville, FL.

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