Monday, January 18, 2010

Confesiones apolíticas en el Diario Argentino de W. Gombrowicz


Si buena parte de la literatura de la Modernidad – en especial del siglo XX, tal y como lo ha entendido George Steiner, consiste en infinitos y fluidos desplazamientos tanto geográficos como lingüísticos, la obra de Witold Gombrowicz cobra un nuevo sentido una vez que se encuadra su experiencia diaspórica en la Argentina. Esta dispersión de escritores por el mundo (pensamos en María Zambrano o Juan Ramón Jiménez en la Habana de los años cuarenta, o del gremio intelectual español en Suiza o México), hizo posible que, tanto modelos lingüísticos, tradiciones nacionales, y experiencia de varias escritura, vinculada tanto a los lindes de la memoria como a los confines del presente; se entrelazaran formando nuevas formas de mediar la expresión. Este canje, por otra parte, produce una iterabilidad en la escritura que, por medios de códigos culturales, hace de los mensajes literarios un recinto de la desterritorializacion continua. Convergen, pues, en estas prácticas de escrituras del exilio, las trazas de un lenguaje que imaginamos de una tradición que nos pertenece, y por otra, enfrentamos nuevas formas de descifrar una realidad que nos es ajena. La obra de Gombrowicz, al decir de Ricardo Piglia, puede partir de este momento donde la iterabilidad de la que hablaba Jacques Derrida, llega a su mejor definición: "Podemos sospechar los efectos del español en la literatura argentina…y sirve también para imaginar lo que pudo haber sido el español de Gombrowicz: esa mezcla rara de formas populares y acento eslavo". En efecto, si seguimos la línea crítica de Piglia, la "lengua de Gombrowicz" es una especie de construcción en proceso: una obra que, con el cubaneo republicano de Virgilio Piñera y las angostas elocuciones del grupo Sur, toman nuevos giros semánticos y formales.

La deformación (o diríamos "re-formación", intra-formación") de la lengua a su vez se sumerge en una nueva realidad política y a unas nuevas "reglas del arte" como ya ha señalado con bastante rigor el sociólogo francés Pierre Bourdieu. La extrañeza – y de cierta forma también su grandeza, si se me excusa el giro satírico sobre la fascinación gombrowicziana sobre lo joven o "menor" – de los apuntes en el Diario Argentino de Gombrowicz (en traducción al español por el escritor Mexicano Sergio Pitol), es el movimiento que el lector va detectando entre una experiencia pública, por una parte, sobre todo al comienzo; yuxtapuesto a un estilo introspectivo, intimista, y erotizante de la segunda parte del diario. Ambos pareceres girar sobre un eje axiológico de lo político. Me explico: ya en el prólogo del Diario, Gombrowicz demuestra una reticencia por comentar el contorno político de la sociedad argentina. Allí advierte:

"No encontrareis aquí una descripción de la Argentina. Quizás incluso no recoceros sus paisajes. El paisaje es aquí un "estado de anónimo"….Argentina es aquí tan solo mi aventura, nada mas…. – y continua mas adelante Gombrowicz con no muy leve matiz sardónico – Si casi no toco los temas políticos, si no me asocio con ese otro coro que hoy predomina entre los argentinos es porque mi diario quiere ser lo contrario de la literatura comprometido, quier ser literatura privada. Me parece que ese tipo de literatura es ahora necesario, seria extremadamente aburrido que todos remitirá siempre o mismo y al unísono". (p.7-9)

Las declaraciones de Gombrowicz despiertan el interés crítico entre lo que Adorno definió como la función criminal de los impulsos de art pour art al petrender marginalizar la realidad social de una enunciado literario del discurso político de sus escrituras. En los diarios, sin embargo, en medio de toda una discusión sobre los meta-temas de Gombrowicz – como son la posibilidad e imposibilidad de la escritura, el nihilismo cultural, el azar como parte de la condición del flaneur moderno, o la fascinación por ser joven; comprobamos toda una diseminación de ataques políticos y sociales en su obra. De hecho, desde el mismo acto del discurso apolítico de Gombrowicz, es decir, ya en su pronunciamiento que anuncia esa actitud, encontramos las relaciones, según Sartre, de la vinculación por lo político. En especial Gombrowicz ataca con vituperios y pensamientos no libres de tonos risueños, a la burguesía argentina que: "Se les exige tan poco y ni siquiera a eso llegan! Esas personas deberían saber que la música es solo un pretexto para que se reunía la sociedad de la que forman parte, con sus buenos modales y manicuras". Gombrowicz, mediante el diario, toma el lugar de un Marcel Proust que diserta la alta clase argentina a través de una crítica mordaz. Tras su amistad con el poeta Carlos Mastronardi, no eximía al gremio intelectual de Sur:

"Mostraonardi mantenía buenas relaciones con el grupo de Victoria Ocampo, el centro literario mas importante del país, concentrado alrededor de Sur, revista editad por la misma Victoria Ocampo, dama aristocrática, apoyada en millones…el tuyo insistente de esos millones, ese aroma financiero un tanto irritante a la nariz, me hacia desear no conocerla". (p.45)

Aquel ambiente, europeizante y de gaffes argentinos, le resultaba un poco, para no decir del todo, pedante para el autor de Ferdydurke que buscaba las sombras y la quietud de los arrabales, y no los chistes estrafalarios de un grupo que miraba, un poco al estilo de los Modernistas hispanoamericanos, más a Europa y a Paris, que a Buenos Aires y a la realidad de su presente. Y me pregunto, ¿qué habrá pensado Gombrowicz si hubiese pasado por el salón de Trocadero 162 de Lezama Lima una tarde que se reunía el grupo Orígenes para bordear la intersección tripartita entre un manjar barroco, el culteranismo grecolatino, y resurrección católica? En última instancia, la crítica de Gombrowicz en su dimensión social se entiende solamente desde su formalismo estético: en aquellos intelectuales argentinos Gombrowicz percibió cierta frialdad lúgubre, una seriedad patética que proscribía los propios principios de su ars poetica. Los laberintos y los juegos metafísicos de Borges, seguramente le resultaron viejos escuadrones de un ser calcinado por los años y por el deseo de la otredad. En Gombrowicz, en cambio, se lleva hasta el fin el momento de la germinación infantilista en la literatura, un tanto a la manera del hommo ludens de Huizinga: su plano abstracto, entonces, no es el laberinto, sino la rayuela. Su sitio no es la biblioteca infinita, sino el parque de arena.

Cuanta Eckermann que una tarde de 1832 un grupo de amigos visitaron como todas las tardes al Maestro Goethe, y éste, a propósito de una conversación sobre su obra, les dijo: "mis obras están nutridas por miles de individuos diversos, ignorantes y sabios, inteligentes y obtusos; mi obra es la de un ser colectivo que lleva de nombre Goethe". Sospecho que es Gombrowicz quien ha llevado la aseveración de Goethe más allá de su significado: aquí tampoco hay nombres, sino palabras extraviadas en la heterogeneidad de los lenguajes. Este descarrío, recorrido por derroteros geográficos y culturales, se deben leer como fragmentos de una escritura política que se inserta en la crítica del no-lugar, o como quería Gilles Deleuze, en el espacio donde habita el nómada global.
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Gerardo Munoz
Enero del 2010
Gainesville, FL.

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