Wednesday, January 27, 2010

Dan Perjovschi: el garabato contra el museo


Desde la misma niñez se nos hace irresistible garabatear con el pulgar los espejos empañados, colorear un mantel mientra comemos, o rayar las paredes de la casa con una crayola. Casi siempre estos ejercicios, tan banales como apasionantes, terminan por ser castigados por alguno de nuestros supervisores. Cuando se reprime a un niño de marcar, es decir, de dejar su traza sobre una pared, se le convierte en un ser de lo inexpresivo, en un objeto que solo puede existir bajo la sombra de otro organismo que vela por el. No se equivocaba entonces Gilles Deleuze al decir que los niños eran presos políticos, y no deja de ser cierto: niño que ensucia una pared, niño que será automáticamente puesto en penitencia. Ser infantil es, en todo caso, una reacción contra el orden – en efecto, un movimiento hacia el desorden – en los lugares donde se ejerce el poder para amparar cierto equilibrio en el imaginario especular. De ahí que fastidie tanto un mensaje anónimo – y de contenido muchas veces apócrifo – en los baños públicos que, además de resultar risueños muchas veces, también lanzan vituperios y diatribas contra los lectores. La importancia del arte graffiti en las ultimas décadas es prueba de como el mismo gesto del signo artístico que involucre el acto de marcar paredes o muros, puede convulsionar las autoridades, o propiciar toda una carrera de policías detrás de un grupo de grafiteros.

El arte de las calles se ha entendido mas de una vez como la expresión de cierto estirpe criminal, no solo porque aquellos que los hacen son criminales en potencia, sino porque el mero acto de vandalismo contra zonas públicas suspende las normas visuales preestablecidas de una comunidad. El que garabatea una pared, entonces, atenta contra la imaginación de los otros, y posterga su mortalidad tras su huella.
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Radicalizando esta estética como medio, el artista de origen rumano Dan Perjovschi se ha instalado en una de las rotundas del Museo Harn de Gainesville para garabatear por unos días sus paredes. Mi primera impresión del hombre no deja de traer estereotipos de los Balcanes (ese subconsciente de Europa, según me ha dicho Dragan Kujundzic): barbudo, un tanto esquizofrénico, y con un humor lastimero. Trepado en una escalera eléctrica, se paseaba el artista por la periferia de la sala, como si garabatear las blancas paredes era aun un deporte sujetivo del infantilismo. Y desde la altura, Perjovschi fraseaba símbolos, trazas, seres imaginarios en forma de stick figures, obscenidades de lo incorrectamente político, aclamaciones politicas anti-hegemónicas, o consuelo para los desdichados. La obra de Perjovschi es el resultado (y la evolución) del uso del grafo en el arte contemporáneo que se trasladada a los interiores del museo, disfrazándolo así de parque de diversión y de circo posmoderno de la grafiteria del siglo XXI.

Las caricaturas de Perjovschi hacen de su acto de significación en la esfera semiótica del museo a través de la ironía y el humor político. Aunque si bien los croquis y los dibujos están desconectados entre si, la cadena de significantes se hace visible en su vitriólica crítica contra el capitalismo y sus instituciones, la democracia y sus actores, la participación de las masas y el consumo de la globalización, las marcas hegemónicas y el iconismo de la Unión Europea. En un mundo multicultural, gobernado bajo los discursos de la tolerancia y de la culturalización de las esferas públicas y estéticas, los acerbos enunciados de Perjovschi, vuelven a retomar las viejas ansiedades vanguardistas de lo iconoclasta y la crítica inoportuna. En uno de las caricaturas mas llamativas de toda la rotunda, el artista inscribió: "Artist in Residence in Gainesville" acompañado de su stick figure con cola de cocodrilo. De esta forma el artista se hace reflejar la contradicción entre crítica y practica, negando toda posibilidad de reconciliación redentora. En casi todas las caricaturas de Perjovschi se esconde una narrativa – ya sea fuera o dentro de la histórica – que nos anuncia un pesimismo sobre el futuro del arte y del Occidente.
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Anoto tres: dos hombrecitos alzando una botella en el aire. El primero es de 1968 y lanza una bomba molotov, y el segundo, en pleno siglo XXI, sostiene, seguramente desde un concierto de música pop, una botella de Coca-Cola Zero. En otro croqui se juega con los niveles semánticos de Facebook: primero el rostro de un hombre leyendo, seguido por el rostro de un hombre cuya cara es un libro. La cara de un payaso con un sombrero de tres picos, se vuelve un sombrero de un pico tras la crisis económica global.

Malevich proponía a principios del siglo XX la destrucción física del museo, Perjovschi, sin embargo, propone algo mas infantil, y quizás menos estimulante: destruir el museo desde adentro con sus croquis y caricaturas delirantes. Denigrarlo, o simplemente reducir su aura. Al ensuciar la pared con sus trazos efímeros – al menos durante ese periodo de la obra – se está desacralizando el espacio museológico, es decir, profanando el aura de lo que por siglos ha sido la institución legitimadora de lo bello e impecable. Aunque tanto el artista, los curadores y los espectadores están concientes de lo efímero de este proceso artístico, la documentación del proceso, es decir, los mismos límites estructurantes del espacio, posibilitan un medio para que el artista se coloque en esa zona donde se destruye en el museo desde su interior, tal y como proponía Derrida en su proyecto deconstructivo de la presencia de una obra.

En uno de las entradas más hermosas de todo el Diario de Witold Gombrowicz, el escritor polaco cuenta como una vez sintió un inmenso placer en escribir una obscenidad en una pared de una de las calles de Buenos Aires con su lápiz rojo. Fue tanta la felicidad que, nos cuenta Gombrowicz, durante mucho tiempo vivió con la conciencia que su escrito vivía allá, a la distancia, con el íntimo secreto de que esa marca, tan efímera como insustancial, dialogaba con su autor. De igual forma, los dibujos de Perjovschi tienden a poseer y transmitir estas sugerencias de irreverencias mínimas que, a punto de desaparecer otra vez por el inconciente museológico, nos otorgan en cambio un desenmascaramiento ideológico. Un pábulo para la risa.
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Gerardo Munoz
Enero 25, 2009
Gainesville, Fl.
*las fotos que acompañan este texto fueron tomadas por mi.

3 comments:

Anonymous said...

Perjovschi es grande.

Gerardo Muñoz said...

Bueno si usted lo dice le creeemos. Conviene creerle.

G

Anonymous said...

A DAN PERJOVSCHI LO VI HACE UN PAR DE ANOS EN NUEVA YORK Y ME PARECIO UN HOMBRE BASTATNTE SIMPATICO, SUBIDO EN UNA ESCALERA, Y SALUDANDO A LAS PERSONAS, Y A LOS QUE LE SALUDABAN.