Tuesday, January 19, 2010

Groys y la política de la inmortalidad



Tal como apunta Peter Slotedijk, Boris Groys debe ser considerado un revulsivo para la filosofía contemporánea. Su teoría de la producción de archivos culturales representa una brillante aproximación al estado del arte actual y recrea, en gran medida, toda la teoría estética escrita hasta el momento. Su curriculum, no en vano, presenta muchas facetas relacionadas con el arte. Desde 1994 es profesor de filosofía y teoría de los medios en la Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe. En 2001 recibe el cargo de vicerrector de la Academia de Artes Plásticas de Viena. Groys ha sido también comisario en varias exposiciones, es crítico de arte y también artista, “The Art Judgement Show” (2001) e “Iconoclastic delights” (2002) así lo demuestran.
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Pero el hecho de conocer la mayoría de haces que conforman la experiencia del arte no es suficiente para poder hablar con profundidad y original de este fenómeno. Antes que eso, la particularidad de Groys es sin duda el peso filosófico que sustentan sus argumentos. En las cuatro conversaciones que contiene Política de la inmortalidad Groys desgrana, de la mano de un inspirado Thomas Knoefel, la morfología filosófica del paisaje cultural actual de una forma tan original que es difícil quedar indiferente. Groys se suma a esa larga tradición de autores que consideran que es posible tender un puente entre nuestras condiciones de interpretación y las manifestaciones de la cultura. En cierto sentido, dicen, la experiencia de la producción cultural nos manifiesta la verdad de la experiencia. Hegel, Kierkegaard, Bataille y Derrida desfilan por estas páginas como referentes para una reflexión de estas características.

El libro parte de la experiencia del filósofo. En este sentido qué significa filosofar y para quien se filosofa forman un nudo desde el que el entrevistador tira del hilo hasta llegar a las originales consecuencias que se derivan del pensamiento groysiano. “El filósofo habla para los muertos” nos recuerda en uno de sus pasajes. El pensamiento, como el arte, depende del archivo, de la historia, del contenido significativo que subyace al uso del lenguaje y de la memoria. Filosofar es hacerse un hueco entre los muertos porque su finalidad es tender a la inmortalidad. Cómo uno cava su tumba de la manera más original posible en el espacio de la memoria colectiva es lo que intenta responder Política de la inmortalidad.

Pero eso no es fácil. Groys lo repite de varias maneras antes de abordar las principales conclusiones de “Sobre lo nuevo” (Pre-textos, 2007) libro en el que intenta describir las condiciones de aparición de lo nuevo cuando el espacio de la inmortalidad ha sido sometido a una teatralización radical. El hombre, angustiado por el tiempo faltante, se ha dejado llevar tanto por su deseo que he entablado una intensa lucha por la interpretación de lo viejo olvidándose de lo nuevo. Por eso es tan difícil encontrarlo hoy en día sumidos como estamos en un continuo debate paralizante entre la tradición y la innovación.

La conversación va más allá y en la tercera sección del libro se abordan temas como la identidad fragmentada, la idea de poder, el totalitarismo y la vanguardia, todos ellos fragmentos contenidos en su “Stalin, la obra de arte total”. Stalin pertenece a la misma serie que Duchamp, y puede ser considerado cofundador del procedimiento readymade. Su verdadero trabajo artístico es y será el monumento, el museo con la momia de Lenin como obra de arte. Groys plantea, bajo conceptos estéticos, la revolución que supone desconsiderar el límite tradicional entre vida y muerte. Eso es lo que hace el readymade y por ello es la figura artística propia de nuestro tiempo. Una vez presentado como muerto, el hombre puede convertirse en lo que quiera. Lo importante para Groys ya no es lo que somos, sino cómo nos contextualizamos.

La última de las conversaciones que contiene este excitante volumen se titula “La economía de la credibilidad o el maná de la sospecha”. En ella “Bajo sospecha”, segundo título del autor vertido por Pre-textos al castellano, es abordado de manera exhaustiva. El rendimiento de la sospecha, nos dice Groys, es aquello que hace que algo pueda ser considerado para ser introducido en el archivo universal. La sospecha es el fundamento del archivo. Así que si queremos introducir algo en él, lo primero es hacerlo devenir sospechoso. Finalmente, aparece la tensión entre lo nuevo y la sospecha, conclusión final de un recorrido cuanto menos novedoso.

Lo curioso es que la sospecha no es algo que podamos controlar. La sospecha migra. No hay nada más allá del trueque simbólico, porque el más allá mismo es lo que se permuta aquí. Por eso se puede decir que hay este más allá, y al mismo tiempo no hay este más allá. La sospecha es el más allá. Lo único que podemos observar es la migración de este más allá a través de nuestro mundo. Aceptar la sospecha tiene que ver co aceptar nuestra finitud. Paradójicamente ella es la condición de posibilidad para huir del propio tiempo y poder contemplar el tiempo inmortal del archivo.

Es difícil reseguir todas las suposiciones, aclaraciones y propuestas que se derivan de la conversación entre Boris Groys y Thomas Knoefel editada por Katz bajo el título Política de la inmortalidad. Su lectura exige nuestro esfuerzo y cierta dedicación, pero una vez superado el susto Groys, sin duda alguna, dará mucho que pensar.

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