Thursday, January 28, 2010

La abstracción de Zilia Sánchez


Una de las ventajas del arte abstracto es poder abrir y democratizar el espacio de la recepción. El que mira un cuadro naranja de Marko Rothko, una escultura de Donald Judd, o un collage de Arp, se entrepone desde el afuera para intervenir en el significado de la obra. La abstracción es, en este sentido, una de las tendencias más radicales del arte moderno, puesto que, por una parte puede abolir todos los íconos y figuras, y por otra, crear desde su presencia, un espacio contextual de una mirada que se pierde en el gesto participativo. En la abstracción, a diferencia, de las otras tendencias del arte moderno, se prescinde del retorno de la mirada, y de la percepción de símbolos.

Tradicionalmente desde la historia del Judaísmo se ha pensado la abstracción como el modo adquirido para representar aquello que, bajo el Segundo Mandamiento bíblico, no es permitido representar. Y, por esto que, la abstracción comparte con la religión un origen teológico: prevale el sentimiento y las emociones por encima de la lucidez o de la figuración. Según Soren Kierkegaard en La Repetición, la existencia está compuesta de un movimiento hacia delante que repite hábitos, movimientos, y secuencias que son diferentes una vez que el ser termina cree que la diferencia constituye lo nuevo del devenir de la experiencia. De igual forma, el arte abstracto repite formalmente, ya sea en líneas o colores, la misma novedad. Y sin embargo, la libertad de la abstracción consiste precisamente en sentir la repetición – digamos de un cuadro de Malevich donde predomina y se repite el blanco, o un azul de Klein – como un efecto diferente sobre nosotros. Para Kierkegaard, por ejemplo, Jesucristo era un tipo que se repetía en la historia de la humanidad, en otras palabras, era otro mero profeta, de modo que lo único que nos puede hacer creer en su transcendencia singular desde una universalidad es, en efecto, la fe del creyente. La abstracción que reduce la forma a un conjunto de sensibles, pluraliza y libera el significado de lo originalidad para hacer proliferar una repetición receptiva.
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Abiertos, punzados, o abyectos, los cuadros de Zilia Sánchez repiten una sola forma abstracta. Aunque se nos hace imposible no pensar en las obras de Lucio Fontana – por la mediación del artista en el espacio dimensional de la obra – las formas de Zilia Sánchez siempre guardan una repetición que se encuentra más allá del sentimiento que fluye desde lo abstracto. Y es que, como en casi toda su obra, la silueta del cuerpo ha sido la base conceptual de la obra de esta pintora cubana radicada en Puerto Rico desde los años sesenta. En su ensayo sobre la facultad de la mimesis, Walter Benjamin discute la posibilidad de estudiar las cosas bajo un análisis que cuente de una semiótica de signos que operen bajo la operación de la semejanza. Las obras que conforma la serie de Topologías eróticas (1968-70s), como lo sugiere el rótulo, buscan una remanencia en los lugares más íntimos del cuerpo humano: los senos, las concavidades, las curvas, el falo, la confluencia de dos cuerpos, el coito, las nalgas. Lugares de la carne que de ninguna manera han sido reducidos a estos esquemas, y que, por otra parte, giran sobre el signo de una semejanza primordial, o de un deseo pre-simbólico. Uno de los sentidos que emana de la obra de Zilia Sánchez es el deseo por el cuerpo o mejor, por los contornos del cuerpo. Aquí el erotismo y la abstracción también coinciden: al negar la representación de lo erótico, fluye el deseo.

Fue sin duda Malevich el primero en vincular lo fluido con un código cromático cuando escribía: "el blanco es nadar en el abismo, nadar en el libre abismo blanco, el infinito está delante de ti".

Se separaba, por un lado el significante del abismo, homólogo de la nada, y por otra, el evento de la fluidez en el espacio de ese abismo. Materializado el abismo, las topografías de Zilia cuentan siempre con cierta facilidad de la superficie, con lo que pudiéramos llamar perfectamente una radiografía del blanco. Con el fluir del blanco se van creando diferentes matices, sombras, aciertos, agujeros, que, por más que homogenicen la obra, marcan la diferencia en sus abstracciones. Lo blanco siempre es una singularidad de lo blanco. Y es por ello también que las sugerencias en torno al deseo en las obras de Zilia, corporizan un movimiento, un desplome, entre la cual se puede adonizar la inestabilidad del deseo. Dos cuerpos que se tocan y se invierten fluyen aquí bajo un mismo color en el espacio. Pero, aquí se ha puesto en superposición lo topológico sobre el cuerpo, ya que como en los blancos sobre blancos de Malevich, la forma se reduce a su momento de inserción, y de allí se relaciona elementos extraformales. En su manera de combinar lo sensible en el espacio del marco, Sánchez ha creado un modo de concebir un gesto del Eros en la abstracción. Para la artista, como para los que enfrentan su obra, no hay abstracción sin erotismo. Rondamos por un paisaje donde toda andanza erótica no se logra sino por el signo de lo no representado, es decir, por aquello que siempre antecede al lenguaje.
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Gerardo Munoz
Enero 25, 2010
Gainesville. FL.

2 comments:

Anonymous said...

Me perturba un poco esa obra de Sanchez. Esas 'topografias' se ven como los 'ports' que sobresalen de la piel de los enfermos de cancer, por donde les inyectan la quimio (cura o veneno). No le vi nada erotico, pero esa fue solo mi experiencia.
Estas escribiendo distinto, me gusta mucho.
un abrazo amigo imaginario.

Laura de Valencia

Gerardo Muñoz said...

Quiza responda - tu juicio - a un registro de insensibilidad. Pero de igual forma, ya sean puertos o agujeros, topos o huecos, la visualidad siempre es Eros. Como tambien la enfermedad, su otra cara.
Gracias por comentar,

G