Sunday, January 10, 2010

Lo visual y las palabras de Joan Brossa


Uno de los tantos sueños de la Modernidad, sugiere Michel Foucault en sus estudios de las ciencias humanas, fue estrechar la mediación entre las palabras y las cosas. Esta relación entre significación por una parte, y representación de un signo por otra, permitía la transición entre aparatos de análisis en diferentes economías del saber. Una de las formas de leer la Vanguardia – tal y como lo ha hecho Peter Burger por ejemplo – es ver la relación entre las palabras (los discursos) del arte y las formas que conforman su antinomia. De las muchas piedras angulares de esta Modernidad visual en la estética es de orden representacional entre espacios que, tanto en las palabras como en la visualidad, convergen hacia una manifestación de tipo "ergódica". La negociación, o las "correspondencias" como prefirió llamarles Baudelaire, entre las artes visuales y las palabras como significaciones de las cosas, cobran una intensidad peculiar en la obra de Joan Brossa, fundador del grupo vanguardista Dau al Set que, en compañía de Antoni Tapies, Antonio Saura, y Joan Ponc, construyó una serie de poemas desde la frontera de la materia de lo visual.
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Celebraban aquellos poetas y pintores de la década de la Posguerra Española, las nupcias (un tanto como hicieron los poetas norteamericanos de Sema) entre las artes visuales, el diseño, y la poesía. De cierto modo para Brossa, las artes visuales no correspondían a un espacio temporal indefinido, sino a una relación entre el objeto, la materia, y la visualidad. He aquí, entonces, la realidad de sus poemas arquitectónicos: modelos de madera con un bombillo, un zapato con un lazo indefinido, las letras del alfabeto que toman formas humanas, o que, como es muy de moda hoy (aunque no en la década de los cincuenta o sesenta), se "deconstruyen" entre si mismas. Debemos distinguir las letras de Brossa de los collages dadaístas.
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Si bien nos recuerdan muchas veces a los trucos y encerradas parodias de un artista como Francis Picabia, aquel cubano del cubismo como decía Alejo Carpentier, los objetos de Brossa no buscan sorprender, ni hallar relaciones inequívocas o "maravillosas", sino mostrarnos que la esencia de la representación, su significante, lo encontramos en la percepción propia de su referente, es decir, en su materialidad. William Bohn, estudioso de la poesía visual catalana, ya ha enseñado como el grupo de Brossa, trabajaba en términos similares a las vanguardias brasileñas (el Concretismo de un Joan Cabral de Melo, y después la poesía de Augusto de Campos), o el simbolismo decimonónico de Apollinaire y Mallarme. En Brossa, sin embargo, se ha pasado del terror de la página en blanco, al espacio de algo mucho más real que, aunque no deja de existir como plano exterior de la propia percepción, trasversa las intenciones de la representación nominal. El símbolo en estos poemas es la cosa y el límite de su signo.

Brossa fue un poeta de lo imposible, quien además de sus juegos y exploraciones de lo visual, se remontó en tradiciones complejas del formalismo poético: de Arnaut Daniel y de Fernando de Herrera desempolvó para el siglo XX, una de las formas clásicas mas arduas para el poeta actual: la sextina. En la poesía visual, Joan Brossa legó la otra posición de la forma: el acto del poema como presencia absoluta, el aura de lo creado en palabras que se esfuman desde lo materico. Tal pareciera que el espacio poético de Brossa es, valga la redundancia, el mismo "espacio": entre la percepción fenemonológica del veedor y algún bloque de madera, se encuentra la evolución de una significación sin trascendencia, el lugar de lo común. De aquello que es lo que es y no es. No por gusto en una reseña de los poemas visuales, Suites (1959), Peter Burger sentencia la imposibilidad de poder decir algo sobre estos poemas, esculturas, o pinturas. Según el filósofo del arte, en Brossa nos encontramos con una novedad que une las reglas del arte que se tenían demarcadas desde principios de la Vanguardia. Esta poesía visual o ecfrastica se mueve entre la naturalidad de las cosas (su representación como cosidad) dentro de un campo semántico que juega con el propio sentido del objeto. Cada objeto, entonces, es como un libro abierto – y no una palabra – que deja leer entre ese espacio que el artista ha abierto entre palabra y objeto, entre el objeto y espectador, entre la materia y el espacio.
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En la conquista de desmontar las esencias de las cosas, Brossa encontró otra finalidad: la desaparición de las palabras, o su inestabilidad incongruente. En sus trabajos sobre el alfabeto, algo que ya había asumido con cierta seriedad Rimbaud, en Brossa reaparece como dudas de los signos, de un lenguaje que nos permite expresar y tomar distancia. Se entiende aquí el arte como el lenguaje de la propia imposibilidad de hablar, de aclarar lo no visto entre lo visto, de sospechar que el poeta (o el pintor) es siempre un codificador de secretos visibles.
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De modo que en esta obra el desmontaje no opera a la manera de lo cinematográfico, o de lo visual, sino desde lo semántico. En la visualidad del objeto, Brossa incriminó sobre la descentralización de los signos.
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Gerardo Munoz
Enero del 2009
Gainesville, FL.

2 comments:

Laura De Valencia said...

el lazo infinito es una imagen poderosa.
Muy bueno,
De Valencia

Anonymous said...

Atención: Antonio Saura nunca formó parte del grupo "Dau al Set". Saura, activo en Madrid, perteneció al grupo "El Paso", formado diez años después de la aventura de los catalanes Brossa, Tàpies, Ponç, Cuixart, Tharrats y Cirlot. Hay abundante información en la red sobre ambos grupos.