Monday, January 4, 2010

Los oros de este Mundo


A Laura, entre el arte y Dios

I.

La idea del mundo como oro alcanza su mayor fulgor en la artes de la alquimia medievalista: aquí los alquimistas y científicos (precursores de la ciencia moderna, no eran simplemente "brujos") buscaban fatigosamente la transmutación de la materia vil en el oro. Pocas veces los encontraban: iban tras el oro, y terminaban encontrando el fósforo, como nos cuenta un cuadro de Wright of Derby. Poco nos dice esto sobre la fascinación humana por el oro, como tampoco se sabe sobre el porqué de los orígenes del amor. Amor y oro: hallamos aquí los orígenes perdidos de lo humano, la lengua de lo imposible. Y no en vano, José Ángel Valente, ese poeta de las sombras y de las luces, recuerda que el lenguaje aguarda al otro como un oropel dorado, una luz de oro que es la propia palabra. Otro momento: en la Cuba perdida, un grupo de poetas que buscaban los "orígenes" también en el Oro, y para esta empresa inventaron falsas imitaciones barrocas: columnas verbales, cortijos babilónicos de sierpes gongorinas, vasos órficos, y fijaciones místicas.

Lo peculiar del oro, a primera vista, es su propia substancia simbólica entre el poder y el placer. En el oro encontramos la mirada: el ojo de Polifemo es la concavidad de aquello que es dorado. Digo placer, y me refiero no solo al espectáculo especular, sino el verbal; decir Oro, es por si mismo, una palabra en forma de círculo en eterno retorno: una elocución que deja caer un relámpago, una repetición de la O (glifo de la vista ruskiana); allí, cerrado, la eterna de la vida y su silencio. Allí, como en el satori del Zen, la operación del pensamiento: la Iluminación y el olvido. De esta paradoja se nutre también la obra de Leon Bloy, aquel soñador del oro que imaginó, en vez de una Torre Eiffel, un crucifijo macizo de catorce quilates erigido en la ciudad francesa. En todas estas complejidades, Bloy entendió como nadie el dinero como metáfora dorada, no como símbolo o valor social, sino como substancia metalúrgica: deseo circular que se cifra en la repetición del intercambio. ¿Y no es el Oro una repetición constante?

O:

Según Freud el primer regalo de un crío a sus padres es excremento: oro que gira sobre la nebulosa de lo humano antes de la sedimentación del propio lenguaje. De cierta forma el oro se encuentra antes que el lenguaje y en el origen del leguaje. (No es coincidencia que el comienzo semántica de "Orígenes" es también el del "Oro"…). Uno siente – o la imaginación siente, lo cual es un homónimo – vibraciones acústicas cuando decimos Oro, como una especie de palabra o vocal perdida en las tumbas de las distribuciones del lenguaje. ¿Que significa decir Oro? ¿A qué o a quien le podemos dar el Oro? Preguntas como estas ya las hacía Jacques Derrida en uno de sus más brillantes ensayos sobre la presencia de D'or en el Mimique de Mallarme, pues le interesaba a Derrida, como se desprende de solo tres grafemas, la eternidad de la luz. El sentido del poema.

II.

Cuando igualamos la luz con el oro, comenzamos por el camino de lo atroz: nos dejamos llevar, si se quiere, por solo una de sus vías. La otra, claro está, es la de la sombra, solo embarcada por los poetas del Oriente, en quienes la sombra y la luz se confunden. Mejor: convergen y divergen. Entre esta caesura – entre la sombra y la luz que refleja una mañana – se vislumbra el Oro. El átomo de oro que encontró Casal en el fondo de un pantano, las láminas doradas que lanzó Yves Klein en la densidad del Sena.

Podemos recordar el oro en la historia, pero ya lo hecho otro admirable artista contemporáneo, Cildo Meireles, quien en su incitación Como construir catedrales (1987), ideó una visión orista de la Historia. Se trata de una exposición que conmemoró las misiones jesuitas en America en el siglo XVII. Para erradicar la antropofagia, los católicos ofrecían el cuerpo de Cristo en la eucaristía, de esta forma se remplazaba el viejo canibalismo por otro. La pasión del oro. Tres elementos se reúnen en el espacio del museo: casi un millón de monedas de oro, y más de dos mil huesos humanos colgados del techo, que se conectan por una escalera de más de ochocientos eucaristías. Se trata, ante todo, de un proyecto transcultural, o al menos, de mediar entre las dos barbaries, es decir, entre una causa y un efecto: la búsqueda del oro – aquella quimérica ciudad de Oro que satiriza Voltaire y que otros intentaron buscar en la Patagonia – y la muerte total de una comunidad. El espacio entre estos dos momentos sagrados (el oro y la vida en comunidad) se conectan en Meireles por la Iglesia, institución de doble naturaleza: en el camino de la iluminación solo se encontrará en su final el exterminio.

III.

En la obra de Meireles, la construcción de esta "Catedral" es perfecta: se unen y se desunen allí dos poderes infinitos, dos símbolos de la imaginación humana, que a su vez revelan un tercero. Éste último es Dios en su mistificación material de la justicia. El deterioro de un mundo y la conquista de otro.

Oro, Muerte, Dios. Hablábamos de las sombras del oro, pues en la obra de Cildo Meireles, el espectador vislumbra la unión de ambos elementos antagónicos. En el ámbito de la oscuridad y de un siniestro velo negruzco, aparece ante nosotros el espacio de la historia: ese hilo dorado de una catástrofe a punto de llevarnos a la muerte. El oro también puede ser material de una experiencia destructiva, la sombra de un pecado. A nivel poético, el oro significó para la Conquista la redención de los poderes eclesiásticos sobre la tierra, de Dios sobre los hombres, de las verdades iluminadas sobre las sombras apagadas que habló alguna vez Virgilio en la Eneida. La religión abrió paso a un nuevo mito del oro.

Y no muy arduo es recordar aquellas líneas memorables del más famoso poema de Yeats:

Con la heceduria de los griegos cerrajeros…
Y dejaban las hojas doradas que cantasen,
Del presente pasado, del futuro, y del porvenir
Para una ruta hacia Bizancio.



La colonización y autonomía del poder fue esa otra alquimia de la Historia que, en vez de convertirse en la ruta a Bizancio, fue sin dudas, la ruta de la dominación. Desde entonces el oro es poder, hambre, desposesión, opulencia, capital. El oro es una cosa: las voces de los sufridos. Desde entonces, aquellos que vivieron en tinieblas se apoderaron de los oros del mundo. Y nadie puede poseer el oro como símbolo, el oro en posesión será para siempre la distancia que existe entre el poder y la muerte. La posesión de los tiempos, como sugería Yeats.


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Gerardo Munoz
Gainesville FL
*Fragmento en Enero del 2010

2 comments:

Zoé Valdés said...

Excelente. Alquimia pura.

Laura De Valencia said...

Gracias mi querido Gerry, a quien quiero desde la distancia.
Laura