Sunday, February 14, 2010

Destierro, Cuba, Ou-Topos



Cuando se pregunta si se extraña la tierra nacional se entra, antes que todo, en el rizoma de lo sensible. Por un lado, responder a una pregunta como: "¿Extrañas a tu tierra?" exige una indagación en ese espacio que, según Lacan, habita en lo Real de la conciencia subjetiva, pues allí habita el momento en el cual la memoria del sujeto persiste en la memoria de un colectivo. Al mismo tiempo, una pregunta de esta índole presupone, al menos desde una normativa metafísica, que estamos operando bajo un signo de lo melancólico, es decir, desde el espacio de una perdida que se intenta recuperar a través del don que ejerce el enunciado. El sujeto saturniano extraña la tierra y vive entre lo extraño (el espacio del exilio) y la extrañeza por el lugar rememorado, de ahí, que la pregunta quiera insertarse entre la intersección de lo sensible y la topología del recuerdo. ¿Y no es el recuerdo una condición necesaria del sujeto exiliado? Si de alguna forma esto es cierto, la idea de añorar un lugar es solo posible desde el espacio actual del desplazamiento, desde un no-lugar, o en términos filosóficos, desde la repetición de la forma que actualiza una utopía de la no-presencia al lugar que oscila entre potencia hacia la kinesis de lo actualidad del lenguaje.

Formulemos la pregunta de una vez más: ¿Se puede extrañar a Cuba? ¿Y bajo que condiciones es posible la actualización de este extrañamiento? La propia indagación de esta cuestión, divide la respuesta entre un "que" y un "quien": ¿se trata de un sujeto que extraña o de una parte de la memoria de este sujeto? ¿Se extraña parte de la tierra o se extraña la tierra en su totalidad? La diferencia otológica entre lo particular y lo general – entre genus y especie – queda aquí movilizado en una aporía lingüística. Esta pregunta, de hecho, solo es posible desde un espacio disímil a la predicación del espacio en cuestión. De ahí que extrañar a Cuba – o de recordar a Cuba a través de una lengua – interroga la posibilidad de hablar sobre un espacio ajeno, o al menos, un espacio en la distancia. Es solo en la lejanía que, como reza una de las películas de Jesús Díaz, la extrañeza puede llegar a plantearse a nivel de lo que Aristóteles llamó intellectu (a nivel conceptual).

Quien puede hablar de Cuba es un cubano cualquiera, o es siempre un cubano-otro. Y como aquí Cuba está ligada a la facultad del extrañamiento, lo general es potencia de lo particular. Extrañar, a diferencia del verbo "to miss" en inglés, proporciona dos acepciones posibles: extrañar a un lugar, es decir, a querer volver a ese lugar por la nostalgia desde el futuro; y extraño, no saber que o quien es aquel lugar, y de la imposibilidad de acceder a él.

Si es cualquier [tel quel] cubano el que, desde su particularidad, puede extrañar a Cuba, entonces Proust pueda que nos sirva de guía. Extrañar un lugar significaría multiplicar los espacios de la memoria que existe, aunque en ruinas y nebulosas, hacia una recuperación de ese espacio sensible. Hablaríamos de una relación asimétrica entre un concepto de facultad intelectual y el precepto de la experiencia, ya que es indudable que movilice el recuerdo sin la experiencia. Entre el espacio de la experiencia y la formación de lo sensible, localizamos la extrañeza en el umbral del lenguaje que actualiza la memoria. En otras palabras, al decir "extrañar X lugar", decimos desde la futuralidad de la experiencia sobre el evento del pasado, deseamos mantenernos a cierta distancia de eticidad, por la cual lo extrañable es igual posible que imposible.

Pensemos en una situación: cuando una madre pierde a su hija, ella no solo imagina la experiencia del pasado como tal, sino que recupera lo pasado a través del fantasma como lo actual en el presente.

En un segundo nivel semántico, esta pregunta que predica Cuba como un lugar del pasado, se encuentra atravesada por la definición de un nombre plural que es "Cuba": país, Estado, pueblo, exilio, familia, idiosincrasia". ¿Cual es la forma que potencializa la actualización al decir "Cuba"? En este sentido Cuba es dos espacios: aquello que resiste a la memoria y el pasado de una experiencia singular. Cuba, desde esta topología es una Cuba cualquiera. Es decir, donde quiera – no importa el lugar, la raza, o el lenguaje – que exista la singularidad del ser cubano, en las afueras de la nación, persiste la nación como conjunto abierto. Pues el conjunto de la comunidad se actualiza en la singularidad de la impresión, al decir del arkeon de los Estoicos, de un cubano. Este modelo singular de la referencia empírica hace entendible que extrañar a Cuba es a su vez, algo individual y colectivo.

Todo regreso es imposible nos dice Aristóteles en su Física. Como potencia o actualidad, lo singular no puede volver a la colectividad del presente. Todo regreso es posible desde la promesa de un futuro. Allí lo singular es posible con lo general. Cuando Cavafis expresa que Ulises nunca regresará a Ítaca no solo estaba pensado en la imposibilidad de atravesar el deseo que gravita en el melancólico, sino en el movimiento que actualiza la potencia del regreso cada vez mas como una lejana posibilidad.

Tierra y memoria: la isla es la figura que firma lo telúrico. El exilio es el espacio en el cual la subjetividad flota, o cohabita con la escritura del aire como sentenció alguna vez Catulo. Imposible, entonces, llegar al signo de la tierra, ya que la posibilidad habita en las huellas que han quedado entre la travesía de la tierra al aire. Allí solo anida el mar. Como suele decir un filosofo cubano que admiro: "Donde quiera que hallan cubanos existirá Cuba…la isla virtual subsiste en su dispersión diaspórica, e infinita en su realidad metafísica".
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Gerardo Munoz
Febrero 2010
Gainesville, FL.
*Fragmentos de un excursus sobre Exilio y Memoria
fotografia de Noh Suntag

1 comment:

Anonymous said...

No entiendo mucho, puedes explicar?