Friday, February 12, 2010

Mario Levrero: la hormiga de la imaginación


La correspondencia decimonónica entre una poética y el estilo de la nación tiene una expresión coherente en uno de los ensayos literarios de Heinrich Heine, en el cual se proponía, en forma tripartita, una topología de tres estilos continentales. Francia era el país de las escrituras solapadas en los eventos políticos, los países germánicos pertenecían a la fundación poética, mientras que Inglaterra y Rusia eran países que producían, por diferentes contextos y episodios nacionales, una literatura épica. Recientemente el filósofo esloveno Slavoj Zizek ha propuesto un modelo similar, a propósito de las diferenciaciones ideológicas en diferentes naciones. Para el autor de Metástasis del goce, estas ideologías aparecen como metáforas en tres tipos de inodoros que simbolizan el orden epistemológico de cada nación.
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Entonces, el pensamiento Alemán, tomando en cuenta la forma de su retrete, seria metafísico, donde se pausa por lapsos temporales en busca de una Idea trascendental, claro está, aquí pensaríamos en Kant o Hegel. En America e Inglaterra, prima el pragmatismo racional, en donde todo flota hasta que se termina descargando, y finalmente el pensamiento francés, como la guillotina de Terror de 1794, no medita ninguna consideración, pues el desecho humano no alcanza a ser visto por ninguno de los hombres. Es meritorio recordar estas apócrifas distinciones nacionales, ya que en la geografía Latinoamericana, también se suele distinguir entre diferentes estilos, escrituras, y géneros. El caso de Uruguay en específico, a diferencia de la Argentina o de Cuba, se ha leído, al menos desde que Rubén Darío publicase aquel opúsculo en el cual rotulaba a los “raros”, como un país que ha producido escritores excéntricos y marginados de los discursos hegemónicos del lenguaje. En su antología Cien Años de raros de 1966, Ángel Rama también sugería leer una tradición literaria subalterna uruguaya que iba desde el Conde de Lautreamont hasta Onetti.

Escritores que, aunque ya institucionalizados en academias y cánones nacionales, siguen siendo voces de esa “literatura menor” que Deleuze entrevió en la escritura de Kafka. La excentricidad no solo se entiende aquí por el perfil de estos escritores – aunque no deja de ser irresistible la correlación entre la vida de estos autores y los personajes fantasmagóricos que habitan por sus páginas – sino también desde la capacidad semántica de una escritura que, además de romper con los límites de la representación, buscan situarse en una caesura de lo fantástico como advertía Roger Caollois al definir la literatura de lo fantástico.

Mario Levrero como Herrera y Reissig, Juan Carlos Onetti, o Felisberto Hernández, es miembro de esa injuriosa “secta de los iconoclastas” – Wilcock dixit – que hace de su escritura un modelo para batirse entre el espacio de lo real y la utopía de lo imaginario. Tradicionalmente se ha identificado la utopía como un lugar idílico, es decir, como una variante secular de los paraísos perdidos que van desde la Atlántida de Platón hasta la Utopía del Sr. Tomas Moro. A diferencia de estas entonaciones por un mundo de la armonía, Levrero – al igual que Wilcock, quien estuvo atraído por la ciencia cuántica y los sortilegios de la entropía – construye una poética desde el no-espacio de la realidad misma, una distopia de residuos humanos. En Irrupciones (2001), dos tomos que reúnen su obra ensayística, se pueden rastrear lo que el propio autor entendió por la incursión en el mundo fantástico.

En aquellas páginas aparece una polémica con un crítico que, según el autor es brillante y un gran escritor, comete el galimatías de distinguir, binario mediante, entre realidad e imaginación, como si acaso la realidad no tuviera que estar suplementada de imaginación para poder ser percibida en la experiencia:

“No entiendo por qué ustedes oponen realidad a imaginación, como si la imaginación estuviera fuera de la realidad, o lo que estuviera en la mente o en el espíritu no tuviera existencia real y efectiva, o fuera un ente “no verdadero, es decir una mentira”…No es posible situarse desde la “Realidad” y desde allí juzgar. Para el crítico que citas la realidad es una realidad social que no tiene en cuenta la física contemporánea…la realidad siempre queda en tinieblas” (p.109-110)

Una “historia natural de la realidad” tendría que repasar la relación entre imaginación y realidad en el pensamiento del movimiento poético de Gastón Bachelard, el vacío de lo Real en Lacan, o la distinción entre lo virtual y lo actual expuesto por Gilles Deleuze en Diferencia y repetición. Como en los sistemas de estos pensadores franceses, la poética de Levrero se mueve en una dirección análoga: la imaginación no se opone a la realidad como tal [tel quel], sino que habita en ella, o mejor, la imaginación conforma lo que Lacan presuponía en el primer nivel de lo simbólico.
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Pero, de igual modo, qué es lo particular del pensamiento imaginativo o fantástico de Mario Levrero? Convine pensar esta cuestión desde el laberinto borgeano. Para Borges, lo fantástico es un campo autónomo, proveniente del intelecto, y por consecuente ceñido en el espacio de la metafísica. El mismo tropo del laberinto, para Borges no es un lugar – un topos - que se encuentra a la vuelta de la esquina, ni tampoco en Grecia, sino en el recinto de la imaginación intelectual. Para Levrero, la imaginación responde un significante de la realidad personal que, como en el cuento de “La carta robada” de Poe, esconde en la superficie todos los misterios posibles. De ahí, entonces, su interés por la literatura de Franz Kafka y Raymond Queneau, su parentesco literario con George Perec y con César Aira, con el mundo absurdo de Onetti o con la rareza de algunos cuentos espeluznantes de Calvert Casey. Este mundo fantástico se nutre, entre otras cosas, por lo especular y por el espacio arquitectónico de la memoria. En ficciones como El Lugar, Paris, o los microrelatos insertados en la ultima obra La novela luminosa, se construye la extrañeza de mundos que pueden existir, con inexactitudes rarísimas, dentro de un closet o en una habitación, en una escalera, o por medio del descascaro de una uña. Son circunstancias del devenir azaroso, de las mutaciones imposibles, y a diferencia de Kafka con sus metamorfosis, el devenir siempre transgrede tras los fluidos, al decir de Deleuze y Guattari, de la constante animalización de lo sujetos.

Una mariposa, una hormiga, una invasión de moscas en paracaídas; el mundo fantástico de Levrero es una unidad, como lo ha identificado Todorov en su Introducción a la literatura fantástica, donde convive lo insólito como conjunto de hechos previos, y lo fantástico, en el sentido vacilante de fomentar el sentido de lo maravilloso en el presente. En Levrero detectamos una y otra vez una fascinación por lo minúsculo, como quería Walter Benjamin para su metodología del materialismo dialéctico en la cultura, sobre todo por detalles que encierran la dimensión fantástica de la realidad. Una descripción de una moscas posadas sobre una tela de araña o la fisura sanguinolenta después de una afeitada, son pensamientos contra una realidad que intenta generalizar en vez de particularizar las multiplicidades de los instantes. El oficio de Levrero es, de algún modo, hacer visible esos instantes, como hacían los ancianos haijin de Japón, y dejar que los seres microscópicos hablen por si.
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“Sentado a la puerta de hotel caigo en la fascinación de los trabajos de una hormiga que se mueve cerca de mis pies” – dice el escritor en Irrupciones II. En un poema de 1974 “La hormiga y la escalera, José Lezama Lima también describe los pasos gigantes de una hormiga bajando una escalinata en “prolongación lenta”. A finales del siglo XIX, el historiador de arte Giovanni Morelli, formuló una teoría psicoanalítica de la pintura que proponía buscar el significado en los detalles más microscópicos: en los pliegues de un guante, en las formas de los lóbulos, en las trenzas del cabello, en las monedas en una mesa, en fin, en la yema de los dedos. Estos detalles para Morelli salían de una dialéctica de la totalidad. De igual modo, el mundo fantástico que genera el discurso de Levrero eleva lo minúsculo a un ruptura con lo Real, haciendo que, más que una invención un mundo imaginario, puedan existir esferas que contengan aquellos seres microscópicos.
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Gerardo Munoz
Febrero 10, 2010
Gainesville, FL

2 comments:

Ginebra said...

Muy bien lo tuyo sobre Levrero, muy atendible. Me sorprendió que se tratara de alguien tan joven, aún estudiante: hay una madurez mayor que en la de muchos "críticos literarios" que andan sueltos por ahí.
Seguramente no te fuiste en buenos términos con tu país, pero tengo la impresión de que tu formación de base fue muy buena.
Saludos desde Montevideo!
Una "rara" de corazón

Gerardo Muñoz said...

Ginebra, agradezco y acepto con modestia tu reconocimiento. Levrero es gran escritor, como tantos otros que ha dado su pais. En cuanto a lo de irse de Cuba, creo que pocos son los que se realmente se van en "buenos terminos". Se puede ser exiliado en buenos terminos? Eso encierra, a mi parecer, una paradoja.
En fin, gracias por pasar, y va otro calido saludo desde Florida.

Gerardo

February 12,