Sunday, February 21, 2010

Radiografías de la tierra


Un mapa carente de coordenadas ya no es un mapa, sino una zona de lo arcano, pues se hace imposible entrever sobre la tierra que andamos y hacia donde nos conducen sus rutas. Pero si acaso el mapa también carece de rutas, lo que nos queda, como espectador activo de estas obras, es contemplar desde afuera, como una especie de ente flotante de un topos, el sentimiento de la soledad del paisaje. Los mapas del arte contemporáneo quizá tenga como concepto medular el precepto de estar trazados bajo la continua repetición de una pérdida que, entre la dialéctica del no-lugar (la utopía) y la extrañeza de ser una imagen, se abre el espacio de la tierra. Son figuras mentales que arraigan su concepto desde la materialidad más cruda del paisaje.

Despobladas y desnudas, las tierras andinas hoy ofrecen un fértil imaginario para el artista contemporáneo. Si la urbe es la zona global de fusiones culturales, poseedora de una ontología híbrida, y de pérdidas residuales; las tierras originales ya sean de Bolivia o Perú, Brasil o Argentina, comparten, más que un escape mental, la ventaja de contener todo el espacio en su vastedad ordinaria. Como símbolo de América Latina, la tierra ha sido más que la "barbarie", si partimos de la bipolaridad de Echevarria, también el dominio por donde lo social entra en aprieto con lo natural. La distribución asimétrica de tierra más de una vez empujó a movimientos sociales revolucionarios. De la Revolución Mexicana a las reformas políticas del Perú o las penúltimas políticas sociales del Presidente indígena Evo Morales, se retoma la tierra como recinto de una lucha espiritual. La tierra es, como contraparte de la ciudad, el tropo de la imaginación que ha quedado del colonizado, es decir, de aquel que se resiste a ser vencido.
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Y estas tierras antediluvianas comparten con la ciudad un nivel menos aparente: su deformación total, y la multiplicidad continua de expresiones que se acrecientan con el paso del tiempo. La artista boliviana y residente en los Estados Unidos, Natalie Richardson, ha explorado, casi al nivel de la fatiga iterativa, la representación de la tierra en forma de dibujos cartográficos y mapas terrenales.

Si existiera un arte de la cartografía (diferente del arte tradicional como lo conocemos en Occidente), entonces la obra de Natalie Richardson nos puede convencer de la potencialidad expresiva – tanto visual como cromática – de la tierra como lugar que antecede al hombre y donde puede existir un más allá de su estructura cambiante y efímera. En las series Cordillera Tunari, Campos Ilmani, o Altiplanos, vislumbramos a masas de tierras compuestas de "cuerpos sin órganos", en el sentido de Gilles Deleuze en las Mil Mesetas, donde los lagos, las montanas, en fin, la diversidad de la tierra cobra sentido desde las diferencias termodinámicas de los cuerpos naturales que las animan. Precisamente la carencia de humanidad, la antinomia del discurso ecologista de los ideólogos contemporáneos, es lo que hace que estas tierras vivan en su mayor boato. La representación desnuda de estos paisajes nos asegura que no hay una vuelta atrás, como buscaban los paisajistas románticos de antaño, entre la naturaleza y el hombre. En las topografías de Natalie Richardson el paisaje existe en una dimensión alterna a la del hombre: la diferencia entre la tierra y el ente es la única posible unión. Reconocer los intrincados y extraviados caminos es quizá el único movimiento estilístico que arman estas piezas. Ya sean cordilleras, lomas, o piedras, estos dibujos funcionan para develar la tierra.
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El crítico Franco Moretti se preguntaba recientemente qué función puede tener un mapa si, por solo citar un ejemplo, uno de lo mejores ensayos la función del espacio y el tiempo en la novela como es el de cronotopos de Bajtín prescinde de toda grafía de un mapa. De modo que un derrotero no solo representa y eleva un referente al nivel del signficante, sino que, en su incursión sobre la representación, también cifra un imaginario perpendicular desde el ojo del poder hacia los límites de la tierra. Si el mapa en la Modernidad fue un instrumento para organizar ciudades, ubicar personas, y categorizar formas en el espacio, la desnudez de un espacio abierto, como las que se abren la obra de Richardson, proceden precisamente sobre una instrumentación de una economía espacial. Es por esto que, desde la pretensión semiótica del espacio, el signo es una radiografía de un paisaje que pierde su referente temporal. Como en la La Radiografía de la Pampa de Martínez Estrada, estas radiografías sobre tierras bolivianas buscan de algún modo situar la vastedad del lugar en la dimensión de lo Real. Es decir, aunque no vivan seres, ni deambulen campesinos, la tierra como dimensión alegórica nos remite a las coordenadas de un mundo americano. Esta tierra sigue siendo el espacio de os desposeídos que despueblan una soledad perturbadora.

Estos mapas no son representaciones mesiánicas de un acontecer en el tiempo, sino eventos en el espacio. Lugares donde se yuxtapone, si acaso es posible hablar en términos de la imagen, una laguna mental con máscaras telúricas. Asumimos la impresión de que cada una de estas piezas es un paisaje que se repite (sin rutas), y que los cambios se deben al espacio de su alternaza. El instante es siempre el mismo: un momento de consumación.
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Gerardo Munoz
Febrero 20, 2010
Gainesville, FL.
*imágenes cortesía de la artista Natalie Richardson

4 comments:

Lu* said...

tuve un amigo que trabajó en el Maps library de UF. you should check it out... ;)

Anonymous said...

MUY INTERESANTE LA OBRA DE NATALIE GERARDO, SOBRE TODO PORQUE SE PRESTAN MUY BIEN AL DIBUJO. SON DIBUJOS COMO LA TIERRA.

Gerardo Muñoz said...

Gracias por comentar Lu, las piezas de Richardson son muy buenas. Los mapas de la biblioteca de UF son excelentes, imposible estar en desacuerdo. Anonimo, gracias por comentar.

G

Anonymous said...

Hola, me gustaria saber de donde es exactamente Richardson?

Linda,