Wednesday, March 10, 2010

Arte y post-utopía


I
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A estas alturas, la idea de que el arte no puede transformar la sociedad debiera aceptarse como un lugar común. Esa fue una concepción decimonónica, más o menos plausible en el París de 1824, cuando los partidarios del romanticismo y el neoclasicismo, movidos por sus predilecciones estéticas, protagonizaron una trifulca callejera a raíz de la representación de una obra teatral de Víctor Hugo. En aquella época y todavía un poco más tarde, en la Italia de Verdi o en la Rusia de Tolstoi, el arte poseía la capacidad de despertar simpatías que influyeron poderosamente sobre los movimientos políticos. Las utopías vanguardistas de fusionar el arte a la vida mediante el experimento de derogar las paredes de las instituciones y promover una integración entre las artes (como la arquitectura, el diseño gráfico y la escultura) y la producción de bienes materiales, fueron a parar a las colecciones de los museos o quedaron desvitalizadas en edificios que hoy se consideran poco funcionales, visualmente monótonos y deshumanizados. Esto cuando, como en el caso soviético, las experiencias vanguardistas no fueron bruscamente cercenadas y sustituidas por otro proyecto totalizador como lo fue, según Boris Groys, la producción cultural del estalinismo.
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La psicodélica –un fenómeno que incidió simultáneamente sobre las modas, las artes visuales, la música, el cine e incluso la arquitectura- fue seguramente el momento en el que la integración de las artes se articuló de manera más exitosa en movimientos juveniles alternativos; pero la rebelión psicodélica más que cambiar el orden social, fue una manera provisional de evadirlo (en formas de vida asociadas a comunidades hippies, consumo de alucinógenos, prácticas filosóficas trascendentales y festivales de rock). La psicodélica vendría a demostrar que, en el mejor de los casos, el arte podría insertarse en la sociedad a modo de resistencia frente al orden imperante, mediante su auto-exclusión y la acentuación de su marginalidad. Sólo aprovechando su carácter asocial el arte puede socializarse. De ahí que la censura de las imágenes artísticas –en la medida en que contribuye a aislar a la obra de arte- no sólo sea innecesaria; sino que incluso se vuelve una estrategia que atenta contra las propias instituciones que la ejercen. No es mediante la censura, sino mediante la transformación en producto mediático que las instituciones del poder han conseguido contrarrestar la resonancia social del arte. En tal sentido, el arte conserva frente al poder de lo hermético. La apelación a lo metafórico, lo oscuro, lo indefinible y lo diferente, son las maneras en las que el arte actual podría, a un mismo tiempo, afirmar su carácter asocial y sus distinciones con respecto a las imágenes mediáticas.
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II
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En el mundo contemporáneo, la crítica al neo-liberalismo corre el riesgo de ser descartada como una forma de pensamiento anárquico o comunista. En nuestras sociedades Post-utópicas, la crítica al capitalismo neo-liberal carece de modelos sociales que puedan erigirse como paradigmas o que de alguna manera le confieran una dirección a la inconformidad. La crítica al neo-liberalismo implica, por tanto, no sólo una crítica a sistemas sociales –como el cubano o el norcoreano- dictatoriales e improductivos; sino también la necesidad de redefinir el pensamiento utópico. Éste es seguramente uno de los problemas más arduos que debiera encarar cualquier pensamiento progresista contemporáneo. Para el artista británico Liam Gillick, el arte proporciona al menos las condiciones para redefinir las concepciones utópicas. Gillick habla de la posibilidad de construir “utopías funcionales”. Es decir, la creación de utopías en movimiento, paralelas al presente, que existan en el espacio (asocial) del arte y que sean una crítica social. En Literalmente ningún lugar ("Literally No Place"), Gillick escribió:
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Retener una relación semi-autónoma con el mundo exterior para hacer notar cómo las cosas habrían podido ser.
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Más adelante se refiere a la necesidad de alcanzar la idea de “una comuna funcional y racional que pueda realmente funcionar y ser productiva”. Algunos de sus experimentos artísticos podrían ofrecer las condiciones desde las que podrían pensarse dichos modelos sociales. Una “utopía funcional” sería participativa. Crearía, dice Gillick, un “un mejor lugar y realmente haría pasar un mejor rato, en lugar de limitarse a proporcionar imágenes sorprendentes de la arquitectura experimental y una mezcolanza de estructuras interactivas”. El espacio del arte, como el propio significado literal de la palabra “utopía”, es ningún lugar.
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Ernesto Menéndez-Conde
Febrero del 2010
New York

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