Thursday, March 25, 2010

Dioramas y cronotopías del post-Apocalipsis


"Incluso si es ilusorio y utópico, lo importante es introducir una especie de igualdad, suponer que entre yo -que estoy en el origen de un dispositivo, de un sistema- y el otro, las mismas capacidades, la posibilidad de una idéntica relación, le permiten organizar su propia historia como respuesta a la que acaba de ver, con sus propias referencias”.
- Dominique González-Foerster 1999

"At the first ridge of the desert / And there marked out those emblems on the sand"
- W.B. Yeats

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El presente en las artes registra una fascinación mediática por el fin del mundo, un espejismo que ya Marx, como ha advertido Antonio Negri en su estudio sobre Grundisse, entreveía en el siglo XIX. Es decir, la crisis (económica, o moral) para la burguesía o la clase dominante significa la aniquilación de su propia existencia, y el devenir de una legitimidad democrática total. Desde los filmes 2012 o El libro de Elías, hasta las últimas obras de Slavoj Zizek y Enrique Vila-Matas (Dublinesca, Seix-Barral 2010) presenciamos un interés unánime por representar aquello que, inesperadamente, resiste toda representación, pensar mas allá de la superveniencia del a especie humana.

Ya Ballard – después de Kafka – imaginó uno de los mundos más oblicuos después de la catástrofe, sin colores, de mutaciones incesantes, y donde la lengua ya no puede decir. Si bien todas la épocas imaginaron sus formas del “fin del mundo”, lo particular de la imaginación capitalista de imaginar el futuro, es su insensibilidad por la transcendencia, por los residuos que puedan servir de capacidad redentora en la propia destrucción de los días de los ocasos. El capitalismo identifica (o se identifica) como el mundo natural donde solo es posible un mundo de vida (el suyo), y cuya desaparición significa, ni mas ni menos, el fin de un pasadizo de la luz. Descrito por Walter Benjamin en aquel fragmento, aunque lúcido, escolio “Capitalismo como religión”, el filósofo alemán veía en la separación del campo teológico y el secular, la continuidad del primero en la proliferación mundial del segundo. A Benjamin – quien también se mantuvo fascinado por el pensamiento mesiánico y el fin del mundo – le fascinaba, como a Marx, como el capitalismo podía imaginar su propia muerte sin pasar por las plegarias de los ritos religiosos, sino como un rito en si mismo. En otras palabras, el capitalismo y su próxima muerte era un culto sobre si mismo: una veneración de la declinación del consumo.
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En un mundo azotado por lo que se ha venido llamando los “desencuentros de las culturas”, “el fin del arte y la política”, y las recientes amenazas de la ecología y el desorden de la naturaleza, la imaginación de la artista francesa Dominique González-Foerster imagina (o colecciona) lo que serian dioramas de un post-mundo. Por una parte su obra TH2058 es un homenaje a los grandes fabuladores modernos de alter-mundos – de Borges y Bioy a Roberto Bolaño y Phillip Dick – y una colección del presente que, según la artista, ya comienza a mostrar los signos de una catástrofe.

Como a Borges o a los monjes librescos de El Nombre de la Rosa, la idea de los dioramas que gravitan en la obra de González-Foerster se deben a una conjunción en una biblioteca. En Nueva York, la Sociedad Hispana que fundó a principios del pasado siglo el coleccionista y magnate Huntington, guarda un sinnúmero de mapas y libros antiguos, volviéndola una especie de memoria alterna de otras historias (Las Américas). En todo caso la atracción de González-Foerster, como la de Zoé Leonard con su proyecto sobre mapas antiguos, se entiende tanto como un proyecto de imaginación como de archivo, donde el objeto de la cultura funciona como una cita de lo que ha pasado en el tiempo mismo. 2058 y los dioramas de un mundo devenir en catástrofe hacen imaginar sin embargo, que son algunos momentos de la cultura los que se negarán a ser absortos por un final, ya que ellos mismos representan las peores pesadillas del hombre ante un mundo que se quiebra en su momento de mejor esplendor. El archivo, como lo ha visto Jacques Derrida en su Mal de Archivo, opera bajo la aporía de su supervivencia y su destrucción, es también la voz de la autoridad (La Ley, Dios, la Burocracia, el Mesías), como también un nuevo comienzo; una nueva apertura hacia algo o alguien. Los dioramas se leen, no por una hermenéutica de asociación, como fragmentación total del mundo y como ausencia de un archivo que viene del porvenir.

Los dioramas parten inmediatamente de una configuración radical del espacio. Ya sean globos, espacios de posproducción, o archivos, el arte del siglo XXI es realmente el arte de nuevos espacios, o de la negación de los mismos. El fracaso de las utopías del siglo XX, y el confinamiento institucional del XIX, hacen del veinte un porvenir donde el espacio quedara sujeta sobre otros sueños no menos aterradores: el espacio de Internet y de parques de diversión digital, Dubai y campos de concentración en Palestina, las celdas de tortura de Guantánamo y los Starbucks donde el consumo ayuda a aliviar el SIDA en África. Las cronotopías de Bajtín estrechan las mediaciones entre el espacio y el tiempo, entre la estructura lingüística del sistema de comunicabilidad y las cosas perceptibles de este mundo, dando lugar a toda una variedad heteroglósica de la época geo-histórica de las ideas con la finitud de los objetos materiales de la tierra. Por su parte, los dioramas que abarcan un espacio alterno y post-humano de González Foerster desembocan en un diacronismo entre espacio y tiempo, en el cual ya no es el lenguaje el que puede modificar las cosas del mundo, o lo que puede trasformar la materia con la actividad de las técnicas humanas, sino que el mundo se vuelve un espacio total de poshumanismo, y los libros módulos despegados por una ciudad irreconocible. Las huellas del hombre han sido sus libros, aunque nadie sabrá con el paso del tiempo/espacio quien compuso qué, o a que historia pertenecieron. Podemos imaginar obras maestras de la literatura en zanjas más inhóspitas del espacio, aunque menos realizable es la imagen de un hombre leyéndolas.
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La noche, el desierto, el agua que aun no se evapora, los susurros de una playa, o entonaciones de un espacio inmaterial, son las re-semantizaciones que González-Foerster ha creado en sus dioramas. Horizontalmente atraviesan vastas geografías – territorios inhóspitos – y verticalmente recorren el tiempo de la literatura, de la creación, y de los límites de la lengua humana. O mejor: de lo que fue(ron) aquellas lenguas, y de lo que “después”, no en la sucesión de la temporalidad, sino en los residuos geografías de un nómada extraviado. Seria en realidad más apropiado hablar de geo-espacios y terriorializaciones que de espacios y lugares. Como lo veía Gilles Deleuze en sus Mil Mesetas, de un territorio a otro, de un movimiento del ser en el abismo de la tierra, hallamos una línea de fuga por donde se encuentra el nómada de la sociedad post-capitalista. Salvo que el mundo que imagina González-Foerster ya no es un mundo post-capitalista ni post-ideológico, sino un anti-mundo, donde ya no existen gobiernos ni autoridades, solo el poder del nómadas animalizados o espectrales que hacen sus recorridos sin ansias del encuentro o del colofón.

Justificado quizá por aquella entrada en la cual Jorge Luis Borges decía que, tras su estancia en el Sahara, había modificado todo el diserto; la sequedad, los espacios del desierto funcionan como dioramas del último poemario Tiempo de Vicente Luis Mora. (Acaso como si se adelantara a éste poema publicado hace solo unos cuantos meses). Aquí, como en los dos ejemplos aludidos, el tiempo se entiende en relación a una geografía de la materia, a un espacio consumado donde el trance de la mente y la multiplicidad infinita ya recuerda el último recorrido del hombre por el globo. Más que sol y luz, lo que atrae del desierto es su sensibilidad por desfigurar la vida, acaso hacer, terroríficamente, del mundo un estado único de efectos porosos. La relación con el tiempo es un devenir (como el río del Griego), pero en la lentitud de una catástrofe inminente, o que quiere empantanarse por toda la urbe.

Tiempo, sequedad, monocromía, dioramas; hablamos de un mundo donde el hombre ha perdido el lenguaje y donde el lenguaje de la tierra también ha desencontrado (descentrado le gustaría decir a los posmodernos) la subjetividad.

Con "Dioramas y cronotopías" y la secuencia de TH2058, Dominique González-Foerster ha creado más que espacios distócicos: ha puesto a los espectadores del arte en relación con el devenir espacial de toda la humanidad. Aportándose de los ya agotados tratamientos de culturas de diferencias, de visiones del resentimiento, o de juegos crítico (que terminan inclinándose ante el poder), la totalización de González-Foerster muestra la potencia que puede desprender el arte para el siglo XXI. La radicalización no se encontrará más en las políticas de la diferencia ni en representaciones de los oprimidos, sino en la propia existencia de la especie humana. Para eso está el mundo, y el arte como comunicador de geografías que existen entre unidades invisibles, pero reales.
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Gerardo Munoz
Marzo del 2010
Gainesville, FL.
*Escrito originalmente en inglés para una reseña, modificado en español.

1 comment:

Anonymous said...

viendo este post no puedo evitar recordar una web que me encontré cuando buscaba información acerca de dioramas. Creo que es bastante interesante y sorprendente:
www.grubercreaciones.com