Monday, March 29, 2010

La segunda muerte de Hélio Oiticica



El fenómeno de la alteración de las piezas únicas y anti-artísticas por la reproducción en masa todavía no tiene un Walter Benjamin que lo analice. Hoy son cada vez más los casos de instituciones que convierten el trabajo anónimo, ubicuo y transgresor de un artista en un objeto votivo. Un caso posible es el de Hélio Oiticica. En Brasil, críticos, comisarios, directores de museo y familiares de este artista, fallecido inesperadamente en 1980 a los 42 años, han abierto el debate sobre la conveniencia o no de reconstruir sus obras, después de que en octubre pasado un incendio devorara la práctica totalidad de sus trabajos y archivos. “El fuego dura hasta que se extingue, pero mientras está ahí, es eterno”, escribió el fundador del movimiento cultural Tropicalismo en 1966.
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Una segunda muerte, la de Oiticica. Aquel fuego originado en la casa familiar, en Río, a causa de un cortocircuito, había reducido a cenizas una obra radical y única. Pero no su memoria. Y aunque Hélio Oiticica nunca estuvo interesado ni en los museos ni en los coleccionistas (vendió muy poco a lo largo de su vida) allí, inmaculadamente almacenadas, permanecía para historiadores y curadores el trabajo de una figura central de las prácticas experimentales, antecedente del arte social y relacional contemporáneo: las pinturas de geometrías abstractas y relieves, de su fase neoconcreta; los Bólides; los Parangolés (prendas de ropa que creaban sobre el cuerpo complejas arquitecturas); maquetas para laberintos irrealizables, cine expandido, dibujos, anotaciones, fotografías; por no mencionar la obra de su padre, el fotógrafo experimental y entomólogo José Oiticica Filho.
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Durante las semanas que siguieron al desastre, miembros del gobierno criticaron a la familia por no haber querido donar las obras al Centro de Arte Hélio Oiticica (curiosamente, el argumento había sido que el museo, ubicado en el downtown de Río, no cumplía las condiciones de seguridad que exigían). Para muchos artistas latinoamericanos, el incidente era profundamente político: con la venta de las mejores colecciones del país a instituciones extranjeras, el arte experimental de aquellos años sólo era posible verlo en Europa y Norteamérica. Hoy, la Tate Modern de Londres es, con sólo ocho piezas, la institución que más obras de Oiticica atesora. Es por eso que tanto conservadores como familiares ven indispensable la recuperación y reconstrucción de la mayor parte de las piezas quemadas, a partir de notas, planos y archivos digitales que todavía existen.
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¿Cómo se harían las ediciones y cómo estarían fechadas? ¿Por cuánto y a quién se venderían?. ¿Se entenderían como obras de arte, documentos, copias para la exhibición, o simplemente mercancía para las subastas?, se pregunta la historiadora Irene V. Small en la revista Artforum. En el espíritu de estas cuestiones estarían las interpretaciones sobre la verdadera naturaleza de su trabajo, ya que Oiticica rechazaba el objeto autónomo de la cultura del museo. En su lugar, creaba work-actions, objetos para ser tocados, manipulados, habitados, consumidos… deteriorados por el público y posteriormente re-creados por las instituciones. Es la existencia póstuma de las réplicas la que hoy preserva la memoria de los originales.
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Lo que no cabe duda es que la obra de Oiticica fue en muchos casos fetichizada. Para Small, el incendio pudo haber sido el fuego liberador que habría sacado el trabajo de Oiticica de su jaula material.
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Ángela Molina
Febrero del 2010
Originalmente publicado en el blog de la autora.
*imagen: Bolides de Helio Oiticica.

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