Wednesday, March 10, 2010

Los excesos del cuerpo


Trastocados o aislados por un vidrio que la artista construye como un trompe-l'œil en sus cuadros, las inmensas figuras obsesas que habitan estas piezas nos parecen a primera vista lugares de la abstracción, cifras que la retina aun no puede llegar a poder ver en su totalidad. Monstruos, deidades, cuerpos de la morgue. Y son todo esto y más: son mujeres atrapadas por la carne, o recluidas en ese templo del deseo.

Destinados a una recepción del asco, los cuerpos que figuran en las obras de Jenny Saville son siempre excesos materiales, masas que obstruyen el espacio corpóreo y aglutinador de nuestra mirada. El disgusto que se desprende de las obras de Saville se debe, más que a la gordura de estos cuerpos, al énfasis en ciertos espacios de la gordura. Es por ello que la artista es una maestra de la sinécdoque: una pantorrilla más grande que la cabeza, o un dedo más grueso que un pie, aquí cobran dimensiones desproporcionadas e inverosímiles. En otras palabras, la obesidad se presenta como un tedio de un cuerpo que está al borde de la desintegración. Cuerpos sufridos, y sujetos que intentan huir de sus cuerpos, son algunos de los movimientos que discernimos en las piezas que ha venido construyendo Jenny Saville desde una poética de lo abyecto y la finitud de los cuerpos. Lo corpóreo aparece aquí con un híper-realismo abismal, como una potencia tanto de la extra-alimentación que ocurre en los sistemas capitalistas, en ese transito por la muerte que nos depara el mismo sistema que nos hace consumir a la vez que nos consume.

Imposible de entrever el cuerpo, sin entender el consumo. Imposible también no tener en cuenta la historia iconográfica de la estética del cuerpo, o los aposentos del jouissance femenino. Todos estos parámetros se desmoronan en la máquina de innovadora cuerpos de Saville: la carne invade (desde dentro) los sujetos, y cada uno de ellos intenta, no sin poca lucha, zanjarse de sus pieles y glúteos. Como la obra de Ana Mendieta, Ana Abramovic, Enrique Marty, Orlan, y primero que todos, Francis Bacon, el cuerpo en la obra de Jenny Saville se ha llevado hacia los límites, casi místicos, de una postura monstruosa por la carne. No encontramos cordura, eros, o ventilación para el lenguaje, pues desde todas las posiciones es el cuerpo el que desforma al forma posibles de una expresión sobre estas obras. Y sin embargo, estos cuerpos no se esconden de la mirada extranjera, sino que sienten cierto placer macabro por demostrar sus excesos y cerramientos carnales. De modo que el verdadero personaje de los cuadros de Saville – ya sea cuando pinta un rostro incrustado en un cristal, el desgarro del estomago por una mano asesina, o el pubis femenino en la forma de Courbet – lo que persiste y parece no agotarse es la carne antes de morir. La carne que, como lo advirtió Julia Kristeva con su concepto de lo abyecto, es cerrazón y deterioro, fragmentación y enfermedad. Se nos niegan la propia existencia sujetiva desde adentro.
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Estos cuerpos, en su tosquedad visceral, nos revelan precisamente el lugar de la muerte: el lugar donde ocurrirá el delirio de los gusanos de la ultratumba (si se me permite esta metáfora barroca). Es en ese movimiento dialéctico, entre exceso de carne y negación de vida, donde se colocan la producción estética de los cuerpos de Saville.

Una disertación estética que viene estudiando las dietas de la sociedad occidental en su última fase de capitalismo tardío, donde la dominación de los cuerpos, como ya lo veía venir Michel Foucault en sus conferencias sobre la bio-política, controla más por el cuerpo por la fuerza, y más por un sistema económico dietético que por la falta de alimentos. Si en los países del Tercer Mundo apenas es posible mantener un equilibrio de una dieta alimenticia para niños, en la sociedad post-industrial los excesos se acumulan y excretan los desechos de una comunidad (ciudad: otro recinto de continuos residuos) en los propios cuerpos humanos. Aquí el cuerpo se vuelto una máquina, capaz de cualquier cosa como también de nada, al decir de Deleuze en sus análisis sobre la potencia del cuerpo, solo el poder puede trazar su mapa sobre la vida. Ampliando las proporciones de este poder, los cuerpos obscenos de estas mujeres han sido trastocados, ya no por el proceso de la maternidad, sino por los preceptos de la ruina de las comodidades.
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Más que humanas, estas mujeres esfinges son tropos de lo monstruoso, o mejor: monstruos vueltos mujeres. En su estudio sobre la ciencia y la patología, Saber y vida, Georges Canguilhem advierte que el monstruo pertenece a la categoría de lo humano, ya que su exclusión, cuando ocurre a través de la historia, se debe a su marginalidad de la norma y a su transgresión de las identidades. Lo monstruoso tiene una íntima afinidad con el cuerpo de la mujer al menos desde la Revolución Protestante, y aquí vuelve a tomar el lugar de la mujer. Mujer como enfermad y como exceso. La mujer ya no vestida de monstruo, sino el cuerpo de la mujer obesa como un monstruo del consumo moderno. La femenino es el monstruo precisamente porque aparece aquí desfigurada de las pulsiones libidinales que reproduce un sistema.

Criticada por las feministas y los gordos, los movimientos de liberación multicultural y los ideólogos de la sociedad liberal, las gordas que aquí presenciamos han podido aceptar sus cuerpos desde una posición repulsiva del cuerpo. Están conformes, porque el deseo del consumo es su único aliento, es decir, su propulsión al sustento de la vida. Y he ahí la ética de la resistencia; la resistencia, como queria Peter Weiss, del acto del exceso que marca la diferencia ante el poder. Estos cuerpos quizá, además de su extrañamiento, son capaces de prevenir la vida fascista del consumo y la eugenesia. El cuerpo como puerta al caos y a las miserias, se inserta de esta forma como reciento destabilizador de las políticas del orden y la uniformidad.
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Gerardo Munoz
Marzo 10, 2010
Gainesville, FL.

2 comments:

Lu* said...

Me dejastes boqui abierta.
Una entrada que me hace pensar mucho.
El cuerpo, los excesos, la aceptación.

Gerardo Muñoz said...

Gracias, me alegro que te haya gustado amiga.
un abrazo,

G