Thursday, March 18, 2010

Marcelo Cohen y la propuesta de lo Real-Científico



Tras los crepúsculos de la Vanguardia que terminó llevando al umbral la aniquilación del realismo decimonónico, las escrituras del siglo XXI retoman fragmentos de aquellos lastres de una mimesis que, salvando solo su intensidad y rareza inclasificable, vuelven sobre una la forma de la realidad a través de la dimensión fantástica. Interesando por los descubrimientos en la ciencia, los saberes del campo de la genética y la artificialidad, o en las abstracciones de la física cuántica, no son pocos los escritores que desde la década de los noventa vienen intentando producir una nuevo tipo de escritura que tome como punto de partida los logros virtuales de la ciencia. Novelas como La búsqueda de Klingsor del mejicano Jorge Volpi, El delirio de Turing del boliviano Edmundo Paz Soldan, La Maldición del mundo del alemán Daniel Kelhmann, son muestras de cómo la ficción novelística intenta sobrevivir a la fragmentación espacial a causa de múltiples efectos sociales y políticos de la globalización. Se trata, de alguna forma de una vuelta a las grandes narrativas realistas que metamorfoseaban el mundo fantástico (Edgar A. Poe, Wells, o Ernesto Sábato) con el orden de las cosas del mundo contemporáneo. Salvo que estás últimas obras no inventan mundos alternos, sino que buscan la alteridad en lo más visible de éste. Lo particular de estas escrituras no reside en el hecho que el tema o el argumento comparta la fascinación por las ciencias y el mundo científico, sino que desde lo científico se cuestionan, hasta llegar a proponer otro sistema de representación, lo que es la realidad en el mundo de la virtualidad absoluta.
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Ese paso del PC al pc “personal computer”, no es del todo un abandono de la meta-narrativa del gran Realismo, sino un mundo, acaso hostil y oblicuo, de imaginar otras mesetas donde pueda activarse aquello que es real. O como diría Vicente Luis Mora, de echar el bote por la cibervía. Mezcla de ciencia ficción (influyo que marca una genealogía que gira desde la obra de Thomas Pynchon hasta Philip Dick), transformaciones del espacio y niveles oníricos, una de las formas de entender la producción literaria mas inmediata es leerla como una excentricidad entre una realidad que no puede ser descifrada, y que, como en la teoría del caos, es solo cuantificada desde ciertas posibilidades y preceptos de un futuro tácito.

La obra de Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1952- ), escritor y traductor argentino exiliado en Barcelona desde la década del periodo de la Junta Militar Argentina, evidencia como la literatura aun tiene algunos aciertos en la realidad y como la vanguardia se ha dejado a través para avanzar en los recursos de una fantasía del delirio. Cohen piensa que el charco por lo posmoderno fue solo eso (un charco); y que el impuso de la escritura sigue estando presente a través del móvil de la imaginación. Aunque encerrar a la Vanguardia bajo particularidades – como el azar, el caos, la ira contra el mimesis, la politización de la vida, la autonomía del espacio literario – corre el albur de tropezar con inexactitudes (pues Cohen comparte algunas de los aspectos enumerados), la estética de Cohen apuesta por un mundo fantástico que, como en las distopías especulares de Mario Levrero o George Orwell donde el poder es abstracto, se reconocen a si mismas desde la realidad y a partir de los eventos. Pero como Levrero, a Cohen le fascinan los accidentes y de ahí, entonces, su discurso científico sobre lo Real. Sin esconderse desde los saberes de la física cuántica y de las teorías más incomprensibles de la ciencia, Marcelo Cohen define a la literatura, o al menos a su “quehacer literario”, como la imaginación del error. Una imaginación que, como la teoría del caos y la física cuántica, tiene la fuerza morfogenica para cambiar, alterar, y perturbar la realidad:

“…En realidad la imaginación ya hizo la síntesis; después no hay elección, sino contigüidad…Bohr postulo que en el nivel de los acontecimientos microscópicos existen una totalidad interrumpida imposible de dividir en partes o eventos. Para la mecánica cuántica la realidad es de carácter estadístico. Aunque si siente la incertidumbre, las teorías del caos – que derivan del a mecánica clásica – prefieren en cambio hablar de un horizonte de previsibilidad” [1] (p.143 “Realmente fantástico!”).

Rotulados bajo el paródico título de Realmente fantástico! los aforismos de Cohen, dispersos y muchas veces inconexos, gravitan sobre una misma preocupación: cómo definir la realidad en mundo donde lo virtual ya es parte de la configuración de nuestra experiencia. Partiendo de un leyenda taoísta de Lie Zi – que no le hubiese desagradado del todo al Borges de los laberintos orientales y de las parábolas de los dos reyes – donde un joven siente que ha llegado a su país natal, solo para después encontrar que sido engañado, de todas formas la mentira tiene efectos sentimentales muy profundos, o lo que es mas: la realidad misma es maleable y hábil de ser alterada a través de una mentira. Es con esta parábola que Cohen atraviesa sus ideas acerca de la realidad, lo simbólico, el poder del lenguaje, y la función de la literatura. Como Pessoa y Houellebecq, Cohen no niega que la literatura y el escritor es el arte de fingir, sin embargo, lo que mas le interesa al escritor de Hombres Amables es poder trazar un paralelo entre la obra de ficción y la realidad, ambas como entidades reales, donde una puede afectar, o crear eventos o accidentes, al decir de Aristóteles en sus causas, sobre la otra desde la misma inmanencia. Estos efectos para Cohen, como también para John Cage y Cesar Aira, son probabilidades del azar, instancias donde se rompe la capacidad del hombre (como también la del escritor) como “pequeño dios” o fabulador que está en control total de su arte y su cuento. A nivel teórico – y los fragmentos de Marcelo Cohen pasan muchas veces por la especulación metafísica o el escolio científico – la narrativa, los personajes, y la realidad forma en estas ficciones un abismo entre el acto y la palabra, entre la acción y los sucesos, tal y como había propuesto David Hume en su tratado sobre epistemología. Pues aquí no se encontraran simetrías para accesar el mundo de las causas y los efectos. Como en una especie de mónada, todo es universal desde lo particular como accidente, es decir, como algo impredecible, pero que de todos modos habita en el espacio de los sucesos narrativos.

“La obra estaría entonces sobre todo un andamiaje de secretos que se gobiernan unos a otros sin que ninguno de ellos tenga ningún valor universal” decía Michel Foucault en su estudio sobre Raymond Roussel [2]. De igual modo, a Cohen le fascina la idea de una literatura que se equipe de pequeños puntos aleatorios (como una explosión de partículas en una fusión de anti-materia), o como en los pequeños puntos de dispersión que trabajan, como verdaderos “puntillistas” de la era digital, algunos artistas y curadores del New-Media art.

De ahí que para Cohen la imaginación tenga una función casi material, es decir, un destello que activa la escritura. A diferencia de los posmodernistas y deconstruccionistas, el proceso de Cohen, como el de Roussel, salta a la página desde la tinta de la imaginación, un pequeño chispeo, o una tirada de dados que puede termina dando con una estructura, previamente ignorada por el autor, que comienza a tomar forma (morfogénesis, le atribuiría el realismo deluziano) como un espacio tan real dentro de la virtualidad de lo falso. Los personajes de El País de la Dama Eléctrica, Hombres Amables, e Impureza -además de sus artículos de Realmente fantástico! – se mueven por un mundo que los trasfiguran y que ellos terminan por recomponer. Cirugías, cambios incesantes de identidades, la convivencia en la era del control digital hacen de estos seres perfectos nómadas de la excentricidad. Aislamiento del centro, y fugas de la ciudad. Las transformaciones ocurren ya no en el lenguaje como en los juegos surrealistas, sino en la descripción del significante: en la imaginación creadora y material, como la veía Gastón Bachelard en sus estudios sobre la imaginación y los elementos narrativos.
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Estos parajes mutan en lugares de la mente, diminutos koans, o territorios donde lo fantástico ya no es más una categoría de la extrañeza como pensaba Todorov, sino como recintos de una indiferencia total por un mundo que ha aceptado vivir en las mutaciones y monstruosidades tecnológicas del post-humanismo.
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Gerardo Munoz
Marzo 17, 2010
Gainesville, FL.
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*Notas:
[1] Realmente fatastico! y otros ensayos. Marcelo Cohen. Buenos Aires 2003.
[2]. Raymund Roussel. Michel Foucault. Siglo XXI Editores 1973.

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